miércoles, 9 de febrero de 2011

Todo merece TU amor


Nada merece tu estrés.

Nada.

¿Mejorará la situación económica del país por tu estrés?

¿Mejorará tu trabajo?

¿Mejorará el estado anímico de tu jefe?

¿Mejorará tu cuenta bancaria?

¿Mejorará el presidente que gobierna?

¿Mejorará el cambio climático?

¿Mejorará la salud de tus familiares o la tuya propia?

¿Mejorará tu matrimonio?

¿Mejorará a la factura de la luz, la del gas, la del teléfono?

No. Por el contrario, ocasionará que con el poco dinero que ganas, en tu aburrido trabajo, y mientras tú pareja te critica, tengas que ir a pagar la factura del teléfono, con el dolor de cabeza que tenías pero elevado a la enésima potencia. Tendrás el mismo dolor de cabeza, pero enriquecido con insomnio, y por tanto cansancio. Tendrás dolores en la espalda y el cuello, y por tanto más dolor de cabeza. Tendrás miedo de enfermarte y por tanto pensarás las cosas más horribles que alguien se puede imaginar, y por tanto, tendrás más insomnio, y más dolor de cabeza y más tensión muscular. Tus familiares te verán, y se asustarán, y por tanto, a ellos también les dolerá la cabeza y pensarán que tu muerte se acerca. Al ver que tus familiares comienzan a tener dolores, tú empeorarás, y te sabotearás y pensarás cosas más y más descabelladas y tendrás más dolores y más enfermedades. Tu jefe verá que estás muriendo y te despedirá. Tú empeorarás por haber perdido tu trabajo. Tu familia sufrirá y tendrán más dolores y más enfermedades. Al final tu morirás, y ellos al verte morirán. Nadie pagará la factura. Y el presidente, el cambio climático, la cuantía de los servicios, las ofertas de trabajo, la crisis económica y tu cuenta bancaria seguirán siendo los mismos.

Nada merece tu estrés.

Todo merece tu amor. Con tu amor, se duerme, se sueña, se crea, se anima, se llena de paz, se atrae, se acaricia, se cree, se sana, se entiende, se espera, se es feliz.

Afuera puede que todo siga siendo igual, pero si dentro opera el amor, todo lo de fuera irá necesariamente cambiando.

lunes, 7 de febrero de 2011

Happy-Noticias


Si leemos detenidamente el periódico podemos llegar a tomar muchas decisiones erradas: irte del país porque morirás de hambre, dejar de buscar trabajo porque no lo encontrarás, dejar de trabajar con entusiasmo porque al final seguirás ganando lo mismo, dejar de pensar en que todo mejorará porque el Fondo Monetario Internacional amenaza con cerrar el grifo, comenzar a pensar en no tener hijos porque no podrán ir a la universidad, dejar tu carrera porque cuando la termines de estudiar te pagarán una miseria de sueldo, renunciar a tu trabajo e irte a China porque allá sí que pagan bien, llegar a china y darte cuenta de que si no hablas chino no te dan trabajo…

Muchas veces, cuando no reencontramos con alguien a quien tenemos mucho tiempo sin ver, sucede lo siguiente:

-¡Hola! Le saludo con todo el afecto que siempre le he tenido.

-¡Hola Gaby! Me responde ella.

-¡Pero qué bonita estas! ¿Cómo te ha ido? ¿Sigues trabajando en….? Pregunto todo lo que pueda haber cambiado desde la última vez que le haya visto.

-¡Ah! Si yo te contara….

Y, señores, se desencadenan las historias de telenovelas. Pero no cualquier telenovela. Sino esas que hacen ahora entre Miami, México y Venezuela. –Son una fusión mortífera con el perdón de mis amigos productores-. Durante una hora, me cuenta que ha denunciado a su anterior jefe por acoso sexual, que el actual no valora su trabajo, que se ha roto un tobillo y que estuvo 3 meses en cama, que la casa del pueblo donde solía ir a veranear se ha inundado, y pare de contar. Finalmente, cuando nos despedimos dice:

-¡Ah, por cierto! ¿Te dije que estoy embarazada?

- ¿…?

¿Por qué no habló de la buena noticia durante los 60 minutos que estuvimos reunidas? ¿Por qué centró toda su conversación-monólogo en situaciones negativas y oscuras? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Porque nos hemos olvidado de hablar de las cosas buenas, de los que nos gusta, de lo que soñamos…

Pareciera que ya no sucedieran cosas buenas en el mundo, que todo estuviese dominado por el señor oscuro, pero esto no es más que una ilusión. Es una ilusión porque en la realidad suceden muchas cosas buenas. Solo que, por alguna extraña razón, no está de moda hablar de lo bueno, sino de lo malo. Pero esto debe y tiene que cambiar. Mi misión, y tú misión, es imponer la moda.

Nunca pensé que los pantalones pitillo y los blazers con hombreras volverían ha estar de moda. Y ¿Qué ha pasado? Ahí están, expuestos en todas las tiendas.
Entonces, si algo tan escalofriante como los blazers con hombreras han vuelto a las pasarelas y a las calles del mundo ¿Por qué no podría volver el interés y la tertulia por las buenas noticias?

Es una cuestión de naturaleza. Si nos enfocamos en noticias buenas, y hablamos sobre ellas, éstas se multiplicarán. Así funciona nuestro universo.

Es por ello que hoy, me tomo el atrevimiento de contar con cada uno de Ustedes. Cada uno de Ustedes conoce una buena noticia, un milagro, un giro inesperado, una razón para sonreír, una muestra de amor. No tenemos que irnos lejos para buscar una noticia positiva porque los protagonistas somos cada uno de nosotros. Aunque creas que en tu vida no ha ocurrido nada bueno durante este mes, o este año, piénsalo y encontrarás no una, sino miles de buenas noticias que compartir con el mundo. Compártelas. Cuéntalas al universo. Aunque te parezca algo insignificante. Nada es insignificante –hasta el simple aleteo de una mariposa desencadena un efecto en el universo-.

Este blog ya va recibiendo varias decenas de visitas todas las semanas –muchísimas gracias a todos los lectores-, lo que quiere decir que, tras algunas semanas, muchas personas habrán leído y comentado una buena noticia.Lo mas importante: habrán sido conscientes de todo lo bueno que les sucede. Y así comenzará ha operar el cambio. Estas buenas noticias atraerán más y más milagros. Y, cuando menos lo esperemos, la noticia positiva acompañará a los pantalones pitillos, las hombreras y el rojo carmín en los labios.

Muchas gracias por formar parte de esta, ya imparable, cadena de Happy-Noticias

¡Cuéntale al mundo tu Happy-noticia!

domingo, 6 de febrero de 2011

No acepte imitaciones


Todas las tardes jugábamos a las escondidas. Durante esas horas éramos las personas más felices del mundo. No existía el tiempo ni el espacio. Todos nuestros pensamientos se enfocaban en encontrar ese lugar imposible de hallar. Debía ser un lugar en el que pudiéramos introducirnos y mantenernos en silencio para no poder ser capturados. La adrenalina se apoderaba de nosotros. Nuestro corazón latía con más fuerza mientras escuchábamos la voz de nuestro perseguidor llamándonos por nuestro nombre.

Un estornudo, una carcajada inesperada, un ataque de hipo nervioso o un movimiento incontrolado terminaban por dejarnos en evidencia ante nuestro adversario, y tras un último intento de escape éramos atrapados. Y esta secuencia se repetía una y otra vez.

En nuestro grupo, yo era de las más fáciles de hallar. Y, esto por dos razones fundamentales: siempre elegía el mismo lugar para esconderme –tenía un favoritismo inexplicable por los cestos de ropa sucia- y mi risa me delataba una y otra vez. Por tanto mi adversario solo tenía que hacer dos cosas: ir al cesto de la ropa sucia –en todas las casas había uno- y/o escuchar con atención por donde caminaba. Sin embargo, tuve el placer de jugar a las escondidas con artistas natos. Se mimetizaban con la naturaleza que les rodeaba. Recuerdo una tarde en la que nunca encontré a un niño –se llamaba Gaspar-. Grité durante 2 horas que saliera de donde estaba pues el juego había terminado. El nunca me creyó pues ésa era una técnica que solíamos emplear para hacer que la persona saliera de su escondrijo y luego atraparle. Esa tarde me fui a casa y nunca logramos saber donde había estado Gaspar.

A la mañana siguiente, la madre de Gaspar llamó a la mía y le informó que su hijo estaba en el hospital. Según le comentó, le había encontrado dentro de la nevera. No se trató de nada grave. Los médicos le diagnosticaron una hipotermia no muy severa y un catarro bastante respetable. Nada que una sopa de pollo y una buena mantita no pudiera solventar.

Nunca supimos a ciencia cierta cómo Gaspar logro vaciar la nevera para introducirse en ella en tan corto tiempo. ¿Dónde guardó los alimentos que había sacado? ¿Cómo pudo soportar durante tanto tiempo? Gaspar era un artista en este juego. Era de estos niños que no temían a nada. El se escondía dentro de lavadoras, chimeneas, y sobre los tejados. Razón tuvo su madre al prohibirle categóricamente que jugara a las escondidas durante los años que le quedaran de vida.

Me gustaría saber de Gaspar, ¿A que se dedicara? ¿Será policía? ¿Creativo? ¿Diseñador de interiores? ¿Analista financiero? Me gustaría saber si sigue escondiéndose…

A los 6 años, el juego de las escondidas era un reto, una aventura, un momento maravilloso en el que con toda la astucia que pudiésemos albergar en nuestro intelecto –muy poca en mi caso- poníamos a prueba la labor investigadora del adversario. No existía el miedo. No existía el mañana. No existía el hambre. No importaba si ganábamos o perdíamos pues, seguiríamos intentándolo.

Hoy, han pasado muchos años desde aquél momento. Y si pudiera volver a jugar a las escondidas volvería a elegir el cesto de la ropa sucia. Y es que, la mayoría de las decisiones que tomamos a los 6 años, siguen vigentes hasta que mueres. En ese momento ya somos nosotros y por tanto, lo que seremos en el transcurso de nuestras vidas. Somos ésa personita de 6 años con ciertos añadidos que vamos recopilando durante años. En mi caso, ambas situaciones siguen en vigor: el favoritismo por esconderme en cestos de ropa sucia, y la risa nerviosa que continúa delatándome ante cualquier intento de engaño.

Yo quisiera jugar a las escondidas otra vez. Pero a éste juego, el original. No al otro que juegan muchos adultos.

En varias ocasiones, acepté, bajo engaño, jugar a este mal llamado “las escondidas”. La dinámica del juego es bastante parecida, pero, sin embargo, la esencia es totalmente distinta. Es una imitación. Y es muy pero que muy peligroso.

-¡Juguemos a las escondidas! Dijo él.

Habían transcurrido más de 15 años desde la última vez que había jugado. Automáticamente regresé a aquellos momentos. La emoción me embargó casi instantáneamente. De forma inmediata comencé a pensar si habría un cesto de ropa sucia en aquella casa. “Tiene que haberlo” me dije.

-¡Sí! ¡Juguemos! Respondí. Ya mi corazón latía aceleradamente.

-Pero… Yo cuento y tú me buscas ¿Te parece? Dijo él.

-¡De acuerdo! ¡Comienzo a contar! Dije con entusiasmo. Me giré hacia la pared. Me cubrí los ojos con el antebrazo y me apoyé lentamente sobre él. Comencé a contar. Conté hasta 50 tal y como lo habíamos acordado.

- 48…49… y 50. El número cincuenta se gritaba, para que la persona supiera que ya comenzaría la búsqueda.

Se trataba de una vivienda de una sola planta. Dos habitaciones, un baño, el salón y la cocina. Sería fácil. Era un espacio reducido y mis años de práctica en este juego me daban cierta pericia en el arte de buscar. Comencé por el cesto de la ropa sucia. Busqué en armarios, debajo de las camas, dentro de la bañera, dentro de la nevera –en honor a Gaspar-, detrás de muebles, etc. Nada. Transcurrieron poco más de 2 horas. Ya comenzaba a desesperarme. ¡Sal de donde estés! ¡Ya no es divertido! ¡No quiero jugar más! Gritaba mientras deshacía el camino recorrido una y otra vez. Nunca recibí respuesta. Aquella tarde me fui de su casa sin saber donde se había escondido.

Cada tarde, decidí ir a casa de mi amigo. Le llamaba insistentemente. Busqué en los sitios más descabellados. Golpeaba con los nudillos en paredes, armarios y en el suelo en búsqueda de pasadizos secretos. “Si suena un vacío es que hay algo…” pensaba.

Pasaron muchos años. El decidió no salir nunca más de su escondrijo. Quizás, al principio, quiso salir, pero con el tiempo, se acostumbró a quedarse ahí, en ese lugar. ¡Sal de ahí! ¡Por favor! ¡Que ya no hay crisis en España! Nada funcionaba. Y nada funcionó. No volví a verle. El decidió no salir de ese lugar. Decidió apagarse y apartarse de todo lo que a su alrededor sucedía. Decidió abandonarnos y sumirse en el silencio de su propio ego.

Otras dos personas me engañaron de la misma manera. Me invitaron a jugar. Advirtieron que yo tenía que contar y que ellos se esconderían. Y nunca, jamás, pude encontrarles.

Ahora, cada vez que alguien me invita a jugar a las escondidas, solicito el sello de garantía. Pues me niego a aceptar la imitación.

Ese lugar en el que se encuentran acabará cediendo. Ese agujero se iluminará. Esa balda se romperá. Está bien esconderse alguna vez. Por algún tiempo. Probar un poco del lado oscuro para aprender a valorar la grandeza de la luz. Pero no permitas que pase mucho tiempo. Acabarás adaptándote y olvidando que aquí fuera, estamos buscándote.

Sé que a ellos les gusta estar informados. Y que donde están tienen conexión de internet. Y que, con casi total seguridad estarán leyendo esto.

Por una cuestión de protección de datos de carácter personal, no diré tu nombre, ni el tuyo, ni tampoco el tuyo. Solo quiero que sepan que aquí fuera, tenemos a todos los cuerpos de seguridad en alerta. Tus fotos tapizan las calles de la ciudad. Esa felicidad que buscabas está aquí y no ahí donde estas. Ahí no estás viendo todos los milagros que suceden cada día. Solo tienes que tomar la decisión. Hazlo. Estaremos aquí fuera esperándote. Siempre.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

XGames 2010




Un deporte extremo es aquel cuya práctica lleva inmersa una inminente peligrosidad. Es un deporte en el que por algún momento arriesgamos nuestras vidas, y que, durante su práctica genera una cantidad de adrenalina que provoca una especie de éxtasis en el ser humano. Este riesgo que arropa el deporte extremo, puede crear adicción, o, en mi caso, miedo. Mucho miedo. Tanto miedo que tras haber intentado practicar varios deportes de esta categoría, terminé entendiendo que nunca podría disfrutarlos. Claro, los llevaba a cabo, ¿Cómo no hacerlo? Una vez que estas arriba tienes que saltar ¿no?

La decisión de saltar o no desde un avión se toma en tierra, no en el avión. En el avión ya no hay vuelta atrás. Y así sucede en todos los deportes extremos. Una vez que estás arriba, saltas. Porque una característica primordial de estas actividades de riesgo es que siempre vas acompañado de tres, seis o más personas que te animan a seguir adelante, y si no lo haces, eres, en términos coloquiales, una gallina. Por tanto, si subes, saltas.

Después de saltar, zambullirme, hacer triples-mortales (que no llegaban a ser medio mortal), se desencadenaban en mí tres sentimientos: en primer lugar, el dolor de alguna parte del cuerpo que por antonomasia se lesionaba. En segundo lugar, y detonado por el dolor, sentía agradecimiento por no haber sucumbido segundos antes. Y, en tercer, y último lugar, sentía cansancio. Finalmente, mientras todos se decían el uno al otro quien era el más valiente, yo bostezaba y continuaba agradeciendo a Dios.

Eso fue el 2010. Un año de deporte extremo. Un año lleno de saltos al vacío, de caídas libres por varios kilómetros, de piruetas mortales, de andanzas en cuerdas flojas y de paseos sin brújulas.

Hasta aquél que no disfruta, en lo absoluto, de los deportes extremos los tuvo que vivir. Tuvo que experimentar el riesgo de pérdida, el extravío del control, el contacto directo con lo desconocido y la cercanía absoluta a un yo errante. Todos, durante este año extremo, nos vimos en situaciones realmente atemorizantes. Situaciones que nunca imaginamos vivir y que sin embargo las pudimos superar. Sin darnos cuenta, y cuando ya nos encontrábamos en el avión, a muchos pies de altura, dimos muchos saltos al vacío. A veces creímos que sabíamos exactamente el lugar donde íbamos a aterrizar, y sin embargo, no fue así. No tuvimos tiempo de pensar, o de analizar los movimientos. Fuimos destinados a un ejército sin entrenamiento. Estuvimos perdidos, vagando entre la maleza hasta ubicar nuestro norte. Pensamos que nunca divisaríamos el horizonte que buscábamos.

De pronto un horizonte borroso se perfila frente a nosotros, y nos destina ha seguir adelante. Y, aunque el cansancio ya hace mella en nuestros músculos, seguimos adelante. Seguimos, porque ahora, con los pies en la tierra, podemos sentirnos campeones. Campeón por haber saltado del avión cada vez que te viste en uno. Campeón por haber enfrentado a tantos demonios. Campeón por haberte hecho amigo de ti mismo. Campeones por haber superado todas las pruebas de preparación para un futuro maravilloso. Campeones por haber esperado hasta el final. Campeones por no haber desistido en la lucha. Campeones por haber soportado uno, dos y tres golpes. Campeones que, para el próximo año recibirán como recompensa un trofeo mágico.

El 2010 ha terminado. Durante 365 días hemos estado en una gran caída libre, pero ya hemos llegado a tierra. Ahora es momento de respirar normalmente, de regularizar las pulsaciones de nuestro corazón, de decirle a nuestros cuerpos que ya todo ha pasado. Ahora es momento de sentir esa relajación que sigue a la descarga de adrenalina y de agradecer a Dios por habernos mantenido con vida. Ahora es momento de brindar por todos los campeones que habitan el planeta tierra.

martes, 28 de diciembre de 2010

Herodes, te salió muy mal





Es indiscutible la capacidad que tienen los hombres de terminar celebrando los hechos que durante algunos años pudieron ser conmemorados con las banderas a media asta y ceremonias en silencio. El recordar año tras año un día específico, en el que sucedieron hechos cargados de tristeza, nos lleva, en algún momento, a su obligatoria conversión en un día cargado de fiestas y alegría. Pasa de ser un recuerdo desolado a uno que nos da la oportunidad de reír.

Y, eso fue, precisamente, lo que hicimos con el día de hoy. Del mismo modo ocurre con muchos recuerdos y acontecimientos. Paulatinamente y por mero sentido de supervivencia nos vemos en la imperiosa necesidad de convertir la hiel en miel. Puede que tengan que transcurrir algunos años, pero siempre, siempre operará esa transformación necesaria.

Hace muchos años –todos los de Cristo-, Herodes, un Señor que siempre me ha caído muy mal, decidió mandar ha asesinar a todos los niños varones menores de dos años nacidos en Belén, para acabar con la vida del recién nacido hijo de Dios y verdadero Rey de Reyes: Jesús. Herodes, mientras se comía una jugosa pata de pavo, recibió la visita de los Reyes Magos. Inocentemente –de allí el nombre de la festividad- los reyes magos tuvieron la genial idea de ir a contarle a Herodes que habían adorado al hijo de Dios hacía unos días en un pesebre. Y lo que sucedió después del chisme ya lo sabemos.

Es de suponer que durante muchos años este día significó rememorar a todas aquellas pequeñas vidas que fueron arrancadas de los brazos de sus madres. Puedo imaginar la tristeza que por mucho tiempo embargó al 28 de diciembre. Y, sin embargo, hoy, dos mil diez años después, este día es de algarabía.

Mas que de algarabía, yo diría que es de Alerta Roja.

El sentido del humor de las personas que me rodearon durante mi infancia y adolescencia era realmente extraño. Es decir, ¿Porqué decirle a una niña de 10 años que su tío a muerto? ¿Porqué decirle que su mejor amigo se ha cambiado de colegio? ¿Por qué decirle que el perro se ha comido a su hámster? ¿Porqué decirle que el presidente del país ha dimitido? ¿Porqué decirle 24 horas después que ha regresado al poder?... Y, mientras fui creciendo la intensidad y morbosidad de las mentiras fue en aumento. Año tras año fui temiendo más la llegada de este día. Y, en definitiva, eso fue lo que provocó que cada 28 de diciembre yo encendiera una luz de alerta ante cada noticia, mensaje, palabra dicha o no dicha, expresión, notita secreta, llamada telefónica, etc. La imaginación de las personas evoluciona, y no importa cuantas bromas te hayan gastado en tu vida porque siempre volverás a caer. Hoy no creo, con todo el respeto de mi Señor, ni el padre nuestro.

Pero la etapa crítica es la comprendida entre los 8 y 20 años. Ese es el momento mas alarmante porque durante esos años no existe el temor, ni se tiene conocimiento de la teoría Causa-Efecto. Nada importa y por tanto, las bromas pueden llegar a causar estragos en tu vida. Atentan contra tu integridad psicológica, tus amistades, tus relaciones de pareja, tu sexualidad. Para hacerlo mas trágico y mortíferamente dañino, quien cae en la broma siempre buscará VENDETTA, y durante todo un año, planificará la manera de hacer pagar a su verdugo. ¡Cuánto agradezco a Dios haber pasado por esa humillante etapa y haber salido ilesa!

Hoy leí las noticias del periódico matutino, y sin embargo no las creí, porque, seguramente, eran mentiras. La luz no subió en España, por tanto seguirá costando lo mismo en el 2011, y tampoco hará mas frío. Las temperaturas subirán y un sol radiante nos arropará durante lo que queda de año.

No puedo dejar de pensar en un amigo, y compañero, que cumple años hoy. Imagino a su padre llamando a los familiares:

-¡Que estamos en el hospital! ¡Ha nacido el Bebé!

Y todos respondiendo: “Si, Si, ya…”

-¡Que sí! ¡Que ya nació!

-Si… si… claro…

Al pobre bebe nadie lo visitó hasta el día siguiente.


Una vez más, el bien triunfa sobre el mal. Herodes no logró asesinar a nuestro Señor Jesucristo. Y hoy, en vez de llorar – que seguramente era lo que buscaba – reímos a mandíbula batiente de la inocencia propia y ajena. –Más de la ajena que de la propia-. Te salió mal Herodes. Te salió muy mal.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La apertura de regalos


Quizás la imaginación de cuatro niñas de entre 5 y 7 años, sea realmente poderosa, pero de lo que sí estoy segura, y nadie, nunca, podrá hacerme dudar, es de que nosotras vimos a Santa. La noche del 24 de diciembre del año 1987 –si mi memoria no me falla-mientras nosotras jugábamos en la terraza de la casa de la abuela a detectar la presencia de un fantasma, los adultos debatían en la cocina, sobre el incremento del precio del barril de petróleo. En aquella casa, según se rumoreaba, habitaba el espíritu de un hombre con sombrero que aparecía por las noches. Así pues, y en aras de lograr detectar alguna señal de aquel alma en pena, nos sentamos mirando hacia el cielo. Inmóviles y en completo silencio. Y fue allí, mientras jugábamos a cazar a un fantasma, cuando vimos el trineo de Santa. Y no, no era una estrella fugaz ¡por Dios! En aquél momento ya sabíamos la diferencia entre un trineo, una estrella, un avión y Super Man.

En medio de nuestra estupefacción pudimos entender lo que había sucedido, y rápidamente nos dirigimos al árbol de navidad. Al llegar al sitio, nos embargó una alegría que no se puede explicar con palabras. Allí, junto al árbol, y las miradas expectantes de nuestros padres, tíos, y abuelos, se encontraban nuestros regalos.

Una niña puede que se haya equivocado, pero cuatro niñas no. Nosotras vimos el trineo de Santa.

¿Existe algo más hermoso que ese momento en el que los niños encuentran los regalos bajo el árbol? Es magia pura. No importa lo que este pasando en tu vida. Puede que te hayan despedido de tu trabajo, y que en tu cuenta bancaria esté en números rojos, o puede que estés lejos de los tuyos o que se te haya quemado el pavo en el horno. Pero si estás ahí, en ese momento, en el que un niño encuentra su regalo, y mira a su papa y a su mama enseñándole su tesoro, mientras sonríe y le brillan los ojos, todo se esfuma. No hay tristeza o melancolía que la apertura de regalo de un niño no pueda curar.

Si yo pudiera elegir una profesión en este preciso instante, sería la de “observadora internacional de apertura de regalos”. Me dedicaría a ir de casa en casa justo en el momento en el que los niños encuentran los regalos. Y luego les acompañaría al parque a estrenar la bicicleta y los patines, y les haría un video mientras intentan mantenerse en una pieza. Pero también captaría las caras de los padres. Esos padres que sin importar lo que sucede en sus vidas, disfrutan con sus hijos mientras se caen con los patines nuevos. Grabaría sus carcajadas para luego copiarlas en un CD. Luego, enviaría por correo las imágenes de aquel día. Así nunca olvidarían lo hermoso de aquel momento. Así nunca olvidarían que ese niño, es y siempre será la fuente de sus alegrías e ilusiones.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Cumpleaños Jesús


¡Todo el mundo está de fiesta! Mañana, se celebra el cumpleaños mas celebrado de todos los tiempos. Mañana, cumple años Jesús, y todo debe estar preparado. Todo debe quedar perfecto.

¡Cuánto me hubiese gustado vivir durante aquellos años! Me hubiese encantado conocerle en carne y hueso. Seguramente no hubiera tenido palabras para dirigirme a él. Sé que solo hubiese llorado. Pero después de un rato, o quizás en una segunda o tercera oportunidad, yo hubiera intentado hablar; Me hubiese dicho a mí misma: “¡Por favor! ¡Compórtate! ¡Es tu oportunidad! ¡No la desperdicies!... Él me hubiese secado mis lágrimas. Y con tan solo mirarme a los ojos, Él me hubiera limpiado el corazón.

Si Dios decidiera enviar nuevamente a su hijo ¿Qué pasaría en el mundo?

Si de pronto nos enterásemos que el hijo de Dios ha nacido, y que fue registrado bajo el nombre de Jesús Segundo, ¿Qué haríamos? ¿Quién le creería? ¿Quién intentaría matarle esta vez? ¿Quiénes le defenderían? Yo confío plenamente en mi mundo, y sé que, esta vez, sería diferente. Esta vez, le protegeríamos, y le enseñaríamos todo lo que hemos logrado con sus enseñanzas desde la última vez que vino a la tierra. ¡Sería maravilloso! Yo, particularmente, haría hasta lo imposible por convertirme en su niñera oficial. No pediría nada más. Le arrullaría, la daría el biberón, le cambiaría los pañales, dedicaría toda mi vida solo a cuidarle y a mirarle. Y, si sus padres decidieran que los mejores pañales son los de tela, yo seguiría cambiándole los pañales, y lavaría con ternura, el popó del hijo de Dios.

Me dedicaría a observarle. Esperaría a que diera su primer paso, a que dijera su primera palabra, y a que hiciera su primer milagro. También llevaría a mi madre a conocer al bebé. Ella es su fan. Seguramente, ella crearía el primer Club Oficial de Fans de Jesús Segundo.

Aprovecharía sus primeros años, porque sé que luego, el tomaría su camino. El tendría mucho por hacer fuera de casa. Pero yo le acompañaría mientras estuviera viva. Le compraría un blackberry para mantenerme siempre en contacto con él. Organizaría reuniones y llevaría su agenda. Seguramente iniciaríamos una empresa de coaching en la que él sería el protagonista. Le llevaría a comer jamón ibérico en Madrid, cachapas con queso de mano en Venezuela, pulpo en Galicia, pizza en Roma y perritos calientes en Manhattan. Además, pediría audiencia con algunos presidentes para que Él hablara con ellos, le diría “Por favor, Jesús, hazme este favor, habla con él, hazlo entrar en razón”.

Sé que Él iría a África, y pondría en sus tierras dos o tres ríos caudalosos. Irrigaría esas tierras para que las cosechas fueran prósperas. Multiplicaría 5 vacas en 10.000 millones de vacas para erradicar el hambre, y dividiría los 900 millones de armas entre su mismo número.

En América la pasaría genial. Bailaría salsa, merengue, cumbia, vallenato, reggeton, jazz, samba, rock y bachata. Allí sería donde daría sus mejores conferencias como coach. En América no pondría ríos porque ya tienen. En América, establecería un poco el orden, y también desaparecería varios millones de armas. Los Latin Kings, La Mara, Los Skin Heads, terminarían uniéndose a Él.

En Europa aprendería a hablar italiano, y multiplicaría un poco el producto interno bruto de algunos países para que dejaran de sufrir esa crisis. Pasearía por París, por la Europa del este, por los países bajos y por las islas canarias. De las Islas Canarias se llevaría varios botes de mojo picón. Luego, cuando hubiere perfeccionado su italiano, Él se hubiese acercado al Vaticano y allí, hubiesen tenido una muy, pero que muy larga conversación en secreto.

En Australia hubiese reparado un poco la Gran Barrera de Coral y hubiese buceado hasta agotar todas las botellas de oxígeno. También se hubiese maravillado con los canguros. Por ello, no hubiera comprado los testículos de canguro que venden como souvenir.

En Asia hubiese ampliado el territorio para que las personas se movieran con más comodidad. Además, hubiese creado un sistema de entradas y salidas de los metros con el cual las personas no saliera heridas cada vez que usaran ese medio de transporte. Allí no hubiera comido cucarachas ni ratas. Se hubiese decantado por los simples tallarines salteados con infinidad de ingredientes.

Si, yo creo que le gustaría este mundo… Yo creo que a nosotros nos gustaría tenerle aquí de nuevo.