domingo, 25 de julio de 2010

La Cámara


Llegué a mi trabajo a las 10 de la mañana. Al entrar en mi oficina pude ver la terrible angustia que se dibujaba en los rostros de mis compañeras de trabajo. Por primera vez no pude oír el latido de nuestra oficina –el sonido producido por los 6 teclados que trabajaban sin cesar-. “¡Oh Dios! ¿Qué ha pasado?” pregunté.

Mis compañeras levantaron sus cabezas lentamente y enfocaron sus miradas hacia la cámara de seguridad que se encontraba en una de las esquinas de nuestra oficina. Una de ellas señaló la cámara y dijo: “Lo siento, pero tengo que hacer la pregunta de rigor. Hasta ahora todos han contestado que no. ¿Has sido tú quien puso eso sobre la cámara?” Todas fijaron los ojos en mí. Por momentos me sentí culpable. Pero no, no había sido yo, y, lamentablemente, en ese momento no sabía contra quién formular cargos.

-“No, no he sido yo” respondí mientras estudiaba la escena.

La cámara de vigilancia -ese aparatito blanco con una luz roja que, en circunstancias normales se iluminaba intermitentemente y que, según nuestros jefes no grababa sino en aquellos momentos en los que la seguridad de nuestro despacho se pudiera ver menoscabada-, se hallaba al ras del techo en una esquina de nuestra oficina. Pero, esta vez no había luz, pues la cubría una toalla amarilla. En el suelo, justo debajo de la cámara, se encontraba dispuesta una silla, y sobre la tapicería azul que cubría el asiento de ésta, había quedado plasmada una huella de zapato. “…que pié tan grande” pensé.


Como era de esperarse, y haciendo uso de toda la pericia que ha absorbido nuestra generación de las series policíacas, entre todas logramos recrear la escena del hecho que hasta ahora no podíamos catalogar como crimen: La última persona salió del despacho a las 3 de la tarde. Nadie volvió al despacho hasta aquella mañana a las 8 cuando encontraron la cámara oculta bajo una toalla. Se trataba de una persona, presuntamente varón y de una edad comprendida entre los 14 y los 70 años –la huella era de un pie de gran tamaño, por tanto debía pertenecer a un hombre; Los hombres pueden alcanzar esa talla de calzado a los 14, pero, pasados los 70 ya no suelen subirse a sillas para cubrir cámaras de vigilancia-. El presunto hombre, tomó la toalla del gimnasio que una compañera había dejado en su mesa, arrastró una silla hasta ubicarse debajo de la cámara y se subió a ella para cubrir la misma.

Mientras hacíamos fotografías de la escena, mi mente se inundó de pensamientos:
“Que extraño… el presunto hombre de pie grande entró y no fue visto por la cámara de seguridad de la entrada, luego entró a nuestra oficina y tampoco fue captado por el aparatito… Se sube a una silla…cubre la cámara con una toalla y ¿Tampoco se activa la alarma de seguridad? ¿Qué tipo de seguridad nos brinda entonces este sistema? ¿Cómo puede haber alguien burlado todas las cámaras sin que se activara la alarma? ¡No puede ser!... a menos que…”

“¡Lo tengo!” Dije en voz alta. No debí. Todas me miraron con curiosidad. “No, no es que ya sepa a ciencia cierta quién ha sido, pero creo saber donde trabaja” respondí con cautela. No quería dar información sin antes comprobar su veracidad. “No se preocupen, averiguaremos quien ha sido el intruso, y sobre el caerá: Todo el peso de la… ¿Ley?” dije antes de irme rápidamente a mi ordenador. Tenía mucho trabajo que hacer –no de aquel por el que me pagaban claro está-.

“El nombre debe estar por aquí… en algún sitio” pensaba mientras buscaba entre las facturas que había recibido el Despacho el último mes. La empresa de seguridad había instalado las cámaras unas tres semanas atrás, así que allí tendrían que estar. Pero, no fue así, no había rastro de factura ni recibo ni orden de entrega. Nada.

-¿Hola? Respondió mi jefe a mi llamada telefónica
-¡Hola! ¡Soy tu esclava! ¿Qué tal la mañana de Juzgados?
-¡Muy bien! ¡Hemos machacado a Hielos Calientes S.A.!
-¡Que bien! ¡Enhorabuena! ¡Eso hay que celebrarlo con un aumento de sueldo!
-¿Qué?
-Eh... nada… Oye, ¿Puedo hacerte una pregunta?
-Sí, dime, rápido que voy entrando en Sala
-¿Cómo se llama la empresa que instaló las cámaras de seguridad?
Silencio.
-¿Hola? ¿Estás ahí? Inquirí.
-Eh, sí, sigo aquí. Estaba intentando recordar. ¿No han emitido factura?
-No
-¡Que extraño! ¡Dame un segundo! Creo que me dieron una tarjeta de presentación. ¡Sí! ¡Aquí la tengo! Se llaman Magic Security 3000 S.L.
-¡Gracias! Le respondí a manera de despedida.
-Pero… ¿Pasó algo? ¿Para qué necesitabas saber el nombre? Preguntó mi jefe.
“No, no puedes decir nada… no hasta que logres desenmascarar al presunto hombre de pies grandes” pensé rápidamente.

-¡No! No ha pasado nada, solo que han entrado a robar en casa de mi tía y quería ponerla en contacto con esta maravillosa empresa de seguridad. La pobre está aterrorizada. Y, ¿Quién mejor que Magic Security? ¿No es así?
-Así es. Buena idea. Es mejor que sea alguien de confianza. Bueno, te dejo que ya entro en Sala. ¡Ah! Y saluda de mi parte a Francisco.
-Sí… lo haré. Adiós.

¿Francisco? Su nombre se quedó grabado en mi memoria mientras me dispuse a buscar en la mejor base de datos de todos los tiempos: Google.

“No puede ser…” pensé. “No…” “¡No existe tal empresa!” Intenté una y otra vez la búsqueda. “Security Magic: resultado de su búsqueda 0” “Magic of Security: resultados de su búsqueda 0” “Security of Magic: resultados de su búsqueda 0”. Nada. No existían. Mi investigación comenzaba a desvanecerse.

Si no existía Magic Security ¿Quiénes habían instalado las cámaras de seguridad? ¿Quién estuvo observándonos durante un mes? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Estamos solos? Decidí callar. Si decía la verdad a mis compañeros de trabajo, si declaraba un estado de Alerta Roja reinaría el caos, y eso… sería el final.

Quedaba una única forma de saber la verdad. Una única salida. Y, por riesgosa que ésta pudiera ser había que hacerlo. Nuestras vidas estaban siendo observadas por alguien desconocido. El despacho estaba siendo evaluado por alguna mente… Sentía escalofríos de solo imaginar que algún asesino en serie estuviese planificando nuestras muertes. “¡No!” “¡No lo harás!” pensé con una mezcla de terror y valentía.

Sherlock Holmes, A. Hitchcock, Dexter Morgan, Horatio Caine, la Familia Cullen –si, los Cullen también- han sido reiteradamente defensores de una regla. La regla de oro: El asesino siempre regresa a la escena del crimen. Y, aunque cubrir una cámara de seguridad con una toalla no sea un crimen, ni el autor del hecho un asesino, era totalmente aplicable la regla.

“Nos organizaremos por parejas. Cada pareja se ocultará y vigilará el Despacho durante 2 horas cada una. He instalado una cámara que grabará en todo momento lo que ocurra durante la noche. ¿Alguna pregunta?” Todos me miraban atónitos. Su silencio me sirvió para rezar dos padres nuestros.

“Y… si viene el intruso ¿Cómo le atraparemos?” preguntó Ana.

-Suponemos que el intruso no está armado. Pero si llegaren a verle algún tipo de arma aborten la misión y escóndanse en el archivo hasta que llegue la policía. Esta misión es para salvar al Despacho, no para poner en peligro la vida de quienes lo integramos ¿Queda claro? ¡No quiero héroes! Respondí con expresión de Ministro de Seguridad Nacional.

Los diálogos que decía los había extraído de una página de internet. Tenía que sonar convincente ante mis compañeros.

“Ahora, fórmense en parejas y les adjudicaré un turno a cada una” “Id a vuestras casas a buscar provisiones: galletas, yogures, palomitas de maíz, bocadillos, sudokus, revistas de corazón, pinturas de uñas, café, bebidas energéticas, lo que quieran… esta noche será muy larga…”

Antes de que alguien pudiera pronunciar palabra dije: “¡Tu! ¡Simón! ¡Conmigo!” “¡Tu y yo comenzamos la ronda de vigilancia!”. Esta decisión me hizo sentir un poco mal, pero tenía un presentimiento. Necesitaba estar con alguien capaz de defenderse ante el ataque de un intruso. Simón Harley era, además de compañero de trabajo en el Despacho, profesor de artes marciales, así que, la persona idónea para defender la integridad de nuestro grupo tenía un nombre: Simón. “¡Le machacaremos!” pensé.

Los turnos fueron repartidos. Esa tarde mi jefe se quedó trabajando en su oficina hasta las 20:00 horas.

-¿Qué haces aquí? Preguntó mi jefe al salir de su oficina para abandonar el despacho.
-¡Ah! ¡Sigues aquí! Estoy tan concentrada en esta demanda que no me percaté de tu presencia. Mentí
-¿Ah sí? ¿De qué se trata? Dijo acercándose a mi mesa.

“Oh Dios… Ilumíname con alguna idea” pensé.

-¡Puf! Estafa en una venta de productos financieros… ¡Todo un horror! ¡Está tan enmarañado que creo que dormiré en el sofá de la sala de espera! Dije con cara de cansancio.
-No te preocupes, el sofá es cómodo, yo he dormido ahí muchas veces. Bueno, suerte con el viaje al mundo financiero. ¡Hasta mañana! Dijo mi jefe.

Simón llegó 2 minutos después con un kilo de nueces.

A las 22:00 horas nos situamos en nuestra zona de vigilancia: debajo del mueble de la recepción. Allí teníamos acceso a internet, y podíamos ver las imágenes que captaba la cámara escondida. El tiempo transcurrió lento. Y nuestros alimentos se agotaron antes de lo que habíamos imaginado.

“¿Volverá a la escena? ¿Vendrá a buscar algo que olvidó? O ¿A dejarnos otra señal?” pensaba sin cesar cuando, de repente Simón me miró con ojos de espanto

-¿Has escuchado eso?

Mi corazón dejó de latir. “No” respondí.

-¡Va a entrar! Susurró.

“¡Oh Dios! ¡Protégenos!” Mi visión comenzaba a nublarse. Tan solo podía escuchar el tormentoso latido de mi corazón.

Clic…Clac… se escuchaba a la persona forzando la cerradura. De pronto silencio. El chirrido de la puerta al abrirse hizo eco en el despacho vacío. Las pisadas del hombre, como era de esperarse se oían fuertes y causaban una casi imperceptible vibración en el lugar donde nos encontrábamos. Poco a poco se fue aclarando la imagen que veíamos por la cámara escondida.

“Es…es… enorme” susurré. Lentamente deslicé mi mano sobre el escritorio de la recepción y me hice con una grapadora que solía utilizar para grapar demandas de más de 150 páginas. Esa era mi única arma de defensa.

El hombre medía entre 2 y 2.50 metros. Era alto e iba vestido con un impecable traje oscuro de tres piezas. “Muy buen gusto” susurró Simón. Al parecer, esto le divertía. El intruso miró hacia ambos lados y continuó su camino hasta mi oficina. Fue en ese momento que Simón decidió, unánimemente, detener al malhechor. “¡No!” dije. Pero ya era tarde.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Detente! Dijo mientras se ponía en posición de… ¿Kun fu?

El hombre giró lentamente y nos mostró su rostro, que, para sorpresa nuestra resulto ser encantador. Una sonrisa pacífica se dibujaba en sus labios y la mirada era, en cierta forma mágica, como la empresa ficticia. Yo, que ya había encontrado fuerzas suficientes para ponerme de pié, me encontraba junto a Simón, en posición de defensa, y, armada con una grapadora industrial.

-¿Quién eres? Preguntó agresivamente Simón
-¡Hola! ¡Les estaba esperando! He de pedirles, antes que nada, disculpen mi intromisión en este Despacho, pero, solo he hecho mi trabajo. Mi nombre es Francisco, tal y como te lo dijo tu jefe. Dijo mientras me miraba con alegría. Y continuó:

-Sé que querrán hacerme muchas preguntas. Y para eso he venido hasta aquí. Pero, primero le pediré a esta señorita que baje el arma. ¿Podrías dejar la grapadora en el escritorio? Me hace sentir incómodo.

Pensé durante unos segundos. Hasta ahora todo parecía indicar que los hechos no estaban relacionados con un asesino en serie, así que, dejé la grapadora en el escritorio, pero lo suficientemente cerca como para poder cogerla rápidamente en caso de algún ataque.

-Gracias -dijo Francisco con esa sonrisa que parecía hipnotizarme-, ¡Vamos! Acompáñenme al sitio donde comenzó todo.

Simón, aún cargado de adrenalina para responder al ataque del depredador, y yo, pensando que arma podría reemplazar a la grapadora, seguimos a Francisco hasta la oficina donde se habían desarrollado los hechos delictivos.

-Verán, tal y como lo han podido comprobar, Magic Security 3000 S.L. no existe. Como tampoco existe Francisco. Todo lo que hemos hecho aquí, es una investigación en aras de comprobar cierta información que llegó a oídos de mi jefe.

-Y, si tú no eres Francisco ¿Quién eres? Pregunté.
-Soy un ángel. No tengo nombre fijo en la tierra. Suelo adoptar nombres que suenen familiares en cada caso particular. Y, aquí el nombre de Francisco es común ¿no? Comenzó a reír a carcajadas.

“¿Qué? ¿Un ángel?...Si él es un ángel, entonces su jefe es… ¿Dios?” pensé.

-¡Sí! ¡Claro! Y ¿A qué viene todo esto? ¿Vienes a embarazarme? Dijo Simón.

Ignorando el comentario de Simón, el ángel francisco prosiguió con su relato

-Desde hace décadas los sitios de trabajo no son muy… amenos que se diga. Mi jefe ha visto como poco a poco el compañerismo, la lealtad, la fidelidad, el respeto y la confianza ha ido desapareciendo entre quienes comparten horas trabajando en el mismo lugar. Los lugares de trabajo, se han convertido en una especie de jungla: 5 o 10 o 15 animales salvajes se pelean ferozmente por quedarse con el trozo de carne. Se pelean por un puesto, por un elogio del jefe, por un respeto, por el poder.

Mis oídos no daban crédito a lo que escuchaban.

-Hace dos meses, una persona que fue cliente de este despacho murió, y, al llegar al cielo, como es costumbre, nos contó toda su vida. Así fue como supimos de ustedes. En defensa de los sitios de trabajos el nos informó que había conocido un lugar donde todo era distinto. Donde el principio fundamental era el del respeto entre cada uno de ellos. Donde cada uno vigilaba el bienestar del otro. Donde se estaba como en casa. Donde convivían como en una gran familia numerosa.

-¿Quién es ese cliente que murió? Preguntó Simón.

-Lo siento, pero él prefiere mantenerse en el anonimato. En todo caso, la identidad de esta persona no es importante. El está muy bien ahora y se encuentra realizando una misión en Hawái.

“Necesitábamos saber si lo que decía esta persona era cierto. Para ello me hice pasar por gerente de ventas de una Compañía de Seguridad. Fui yo mismo quien instaló las cámaras. Y, las imágenes capturadas durante las 24 horas del día fueron analizadas por mi jefe”

-¿Estábamos siendo observados por… Dios? Pregunté sin poder reprimir las lágrimas. Yo nunca había dudado el hecho de que Dios nos observara, pero que haya puesto cámaras en el Despacho había sido un tratamiento ciertamente halagador.

-Así es señorita, y ha quedado muy satisfecho. Gracias a ustedes Dios sabe que aún quedan lugares de trabajo de los que a Él le gustan.

-Perdone. Interrumpió Simón. “Sigo sin entender por qué cubrieron la cámara y dejaron huellas y nos hicieron desplegar toda esta investigación policíaca…”

-Esa era la última prueba. Al haber descubierto que alguien había burlado la seguridad del Despacho muchos hubieran abandonado el campo de batalla. Sin embargo, y debido al nexo que los une a todos en este lugar el efecto fue el que esperábamos. Se unieron para descubrir que había sucedido aquella noche. Y, aunque no suela pasar muy seguido, me descubrieron a mí.

Francisco se incorporó y se acercó a nosotros. Nos abrazó y se despidió, prometiendo no reincidir en su delito. Simón y yo nos fuimos al sofá de la sala de espera y allí estuvimos un rato, llorando lágrimas de alegría, de emoción, de esperanza. A las 23:00 horas llegaron las dos personas que reemplazarían la vigilancia. Les contamos lo sucedido. Y así continuamos con todas las parejas que fueron llegando al Despacho en el transcurso de aquella madrugada milagrosa. A las 6:00 de la mañana ya habían llegado todos.

A las 8:00 horas decidí bajar al bar a comprar café para todos. Lo necesitaríamos. Cuando me disponía a pagar una mano se posó en mi hombro
-¡Ah! ¡Eres tú! ¡Buenos días! Saludé a mi jefe con naturalidad.
-¡Que cara! ¡Es evidente que dormiste en el sofá! ¿No?
-Eh… sí… los productos financieros son mucho más complicados de lo que pensé…

“Yo pago” Le dijo mi jefe a la señorita que me atendía.

-Y, ¿Para quién es todo este café?
-¡Ah! ¿Estos? Son para todos, para celebrar que he descubierto la magia del mundo financiero.
-Me parece muy bien. ¡Ah! Por cierto, ya me he enterado de que alguien entró en el despacho. ¡Qué porquería de cámaras! ¡Gracias a Dios no se llevaron nada de valor!
-Sí, gracias a Dios… gracias a Dios
-¿Te parece bien que contratemos un nuevo sistema de vigilancia con otra compañía?
-No, no será necesario… El Despacho está muy bien vigilado.

domingo, 11 de julio de 2010

LA MANO QUE MECE TU CUNA


El día tiene 24 horas, de las cuales dormimos 8 horas ó menos, quedando, por tanto, 16 horas que pueden ser empleadas a diestra y siniestra…

-¡No tengo tiempo para nada! Le dije a mi madre en un ataque de desesperación cuando hablaba con ella por teléfono. Ella, como siempre, me escuchaba pacientemente y luego me atacaría con alguna de sus armas detonadoras.

-¿Si? ¿Qué has hecho hoy? Preguntó –con un ligero tono de risilla que solo por los años que me unen a ella pude sentir-.

-eh… Pues, me desperté, me duche, me prepare una taza de café, y me fui al ordenador con mi café y un trocito de biscocho; Leí el periódico, revisé los correos, respondí algunos y luego…bueno, he estado mirando cosas en internet.

-Parece que ahora mismo no estás muy ocupada… ¿O sí?

-Bueno, ahora mismo no… Pero tengo que hacer un montón de cosas… y no me alcanzaran las horas para terminarlas todas

-Pues haz hoy las que puedas, y mañana haces las que queden sin hacer. Preocúpate por las de hoy ¿Si? ¿Me lo prometes?

Una vez más, mi madre había sembrado en mí la semilla de la duda. ¿Por qué no alcanza el tiempo? ¿Qué es el tiempo? ¿En qué gasto mis horas? ¿Qué mano mece mi cuna? Decidí iniciar una nueva investigación que radicaría básicamente en calcular cuantas horas de mi agitada vida eran manejadas por la mano diestra, y cuantas por la mano siniestra, tomando para todo ello, la expresión “diestra” como la positiva y la de “siniestra” como la negativa.

Ese domingo, decidí terminar de hacer algunas cosas que había dejado en la lista: “Para hacer el fin de semana”. Escribí a varias amigas, organicé mi habitación, lave ropa, planche otro tanto, y finalmente me acosté a dormir. De alguna manera el tiempo en mi vida estaba siendo consumido por alguna cosa o ser invisible y durante esa semana lograría descubrir qué o quién era. ¡No permitiré que me arrebates mis momentos diestros! ¿Es que acaso el mundo está lleno de pequeños monstruos? Decía en voz alta mientras terminaba de quitarle una arruga rebelde a la falda de lino.

“Riiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnngggggggggggg” oí a lo lejos, y segundos después entendí que era el despertador que me daba la orden de ponerme en pie y comenzar una semana más de incesante negociaciones con deudores, arbitraje en batallas campales de esposos en vías de divorcio, negociaciones con contrarios, negociaciones con fiscales, negociaciones con el cliente, negociaciones con mi jefe, negociaciones con la vida…

Mientras me cepillaba los dientes, me duchaba, me servía la taza de café y me vestía de “Lunes” mi cerebro se fue llenando de pensamientos. Supongo que todos los días eran así, pero el ser consciente de ello, y analizar el contenido de los mismos resultó ser bastante agotador. Al salir de casa ya estaba un poco cansada. Sin embargo, continué, y me llegué al despacho a buena hora.

Al entrar a la oficina, y divisar en mi mesa al menos 23 expedientes apilados otra ola de pensamientos atacó mi mente: ¡No podré terminar la demanda a tiempo! ¡La de Carpinterías González y González vence mañana! ¡Pero, ¿Cómo es posible que este trabajando en 23 asuntos al mismo tiempo con este sueldo?! ¿Mi jefe lo sabrá? ¿Creerá que no soy productiva? ¿Por qué nunca le digo que no? ¡Si le dijera que no a algún asunto me daría tiempo para terminar los que ya tengo pendientes! ¡No, se molestaría! ¿Por qué todos los divorcios para mí? ¿No es evidente que lo de divorciar gente no me agrada? ¿Qué significa esa inscripción manuscrita de mi jefe “urgente, comentar”? ¿No son todos urgentes?

No podía creer que un cerebro pudiera pensar tantas cosas al mismo tiempo. “Que agotador...” me dije mientras le ordenaba a mi cabeza que por favor dejara de jugar sucio. Me dispuse a limpiar mi mesa, es decir, a cerrar acuerdos, terminar una que otra demanda, enviar escritos a juzgados y al final de la tarde, en mi mesa solo quedaron unos cuatro o cinco expedientes. ¡Buen trabajo! Me dije. Posteriormente tomé la decisión de recompensarme con un helado.

Mientras comía mi helado veía como la gente entraba y salía del lugar sin mirarse entre ellos, sin mirar si quiera su propio helado. Al igual que yo, se encontraban escuchando 3.000 pensamientos por segundo –cifra que puede ser incluso mayor-. Al terminar, me fui a casa con la larga lista que había apuntado ese día.

Durante los siguientes seis días continué apuntando todo lo que hacía, lo que pensaba, lo que no pensaba, lo que decía, y lo que no. Durante seis días fui mi propio detective privado, y, aunque parezca extraño me gustó haberlo hecho. Compré un corcho de 2 X 2 metros y lo fui tapizando con notas, post its, tickets, y demás -como los de las películas-. Tras varios intentos fallidos, deseché la idea de auto-fotografiarme para hacer más hollywoodense el corcho.

Finalizada la recolección de datos, llegó el día hacer números. Para lograr conocer la cifra real, le adjudiqué a cada cosa que había realizado durante el día una puntuación que iba del 1 al 5, en virtud de cuan diestras o siniestras eran, siendo el 1 para las mas diestras y el 5 para las más siniestras.

1. Muy diestra
2. Diestra
3. Poco diestra
4. Siniestra
5. Muy Siniestra

Desde que el despertador sonó aquella mañana del día 1, mi mente se ocupó en pensamientos agotadores, y ocasionó que dejara de ver muchas otras señales positivas. La crisis matutina de pensamientos negativos duró unos 20 minutos y lo clasifiqué como “Muy Siniestro”. ¡La Auto-distracción del ser humano, mediante pensamientos lesivos debería estar contemplada en el código penal!

Entre el día 1 al 6 (ambos inclusive), el camino desde mi casa hasta el trabajo lo realicé, como siempre, en metro; Leí durante todo el trayecto, por lo que, estos 40 minutos fueron “Diestros”. Luego caminaba hasta el Despacho. Las caminatas parecieron más bien carreras de relevo, y, no veía nada. ¿Nada? Me pregunté con curiosidad. Tras buscar en mis recuerdos comprobé que, ciertamente, no había visto absolutamente nada. Aquellas caminatas de 20 minutos fueron totalmente “Siniestras”. Las avalanchas de pensamientos que disparaba mi mesa cubierta de expedientes fue constante durante todos los días, y no ameritó ser examinada: 30 minutos diarios “Muy Siniestros”.

Subsiguientemente, durante aquél día 1, cuando abrí mi monedero para pagar el helado-recompensa a la señorita de la conocida cadena de comida rápida, me atacó otra ola de pensamientos: ¿Me alcanzará para un helado? ¿No estaré malgastando el dinero? ¿Me subirá el sueldo mi jefe? ¿Conseguiré un mejor trabajo? ¿Y si no lo consigo? Transcurrido algún tiempo di la orden de silencio a mi cerebro. El resultado: 45 minutos muy pero “muy siniestros”. El tema “Insuficiencia de sueldo” apareció durante al menos 5 horas de aquellos 6 días (Siniestralidad absoluta)
Luego iba a casa. Durante el camino en el día 5, hubo unos 5 minutos muy siniestros desencadenados por el titular del periódico de un viajero que señalaba, y cito “Durante este verano los españoles no podrán viajar”.

Las horas en casa fueron las que realmente me impresionaron. El resultado fue de casi un 70% de siniestralidad. Los pensamientos se agudizaban, y en su mayoría tenían que ver con el mañana. Mi cerebro planificaba todo y lo que más me molestaba de todo este asunto es que lo hacía a mis espaldas. ¿Quién te crees que eres? ¿Tú crees que te mandas solo? ¿Ah? ¿Sesitos? ¿Me escuchas? –le regañé haciendo uso del manual: Guía para padre-madre de hijos de 6 a 11 años-.

El resultado de mi investigación era evidente, sin embargo, sumé las puntuaciones. ¡Oh Dios… ¡ pensé al leer los números: 30 puntos a los diestros frente a una arrolladora victoria de los siniestros con 70 puntos.

¿Qué había hecho durante todo el día? ¿Qué me había mantenido ocupada? ¿Qué me había interrumpido una conversación con mi amiga? ¿Por qué no llamé a mi madre a preguntarle cómo estaba? ¿Por qué no pude escribir hoy? Todas estas preguntas se respondían con la misma respuesta. La realidad era que el 70% de ese tiempo libre estaba siendo manejado por una mano siniestra. Los momentos diestros eran pocos, y la posibilidad de que se dieran, eran aplacadas por la fuerza de la mano siniestra.

Habiendo analizado las diferencias entre los momentos diestros y los siniestros, tomé la decisión de iniciar la semana con un nuevo lema: POR UN MUNDO DIESTRO –sin ofender a los zurdos-. Esa noche volví a escribir, porque tuve tiempo. Además, hablé con muchas personas, escribí a muchas otras, leí, soñé, reí a solas en mi habitación. Entendí que debía estar alerta porque a cada minuto la mano siniestra intentaría mecer mi cuna.

Aquella noche dormí tranquila porque sabía que a partir de aquél día la mano diestra mecería mi cuna.

jueves, 17 de junio de 2010

La Cobaya de Pavlov



Desde sus primeros meses demostró tener una inteligencia muy superior a la que le adjudicaban los científicos. Javier, mi Cobaya, a sus 6 meses de edad era capaz de identificar los sonidos provenientes de su amo, y al hacerlo, emitía sonidos de alegría, de hambre, de calor y de sed. El sonido mas divertido que emitía Javier era el que hacía cada vez que yo abría el refrigerador y sacaba sus lechugas de la bolsa plástica donde éstas venían. El ruido emitido por la bolsa plástica era para él como la campana de Pávlov. Bien lo había dicho Iván Pávlov: “Cuando dos cosas suelen ocurrir juntas, la aparición de una traerá la otra a la mente".

El ruido de la bolsa plástica le producía la aparición de la siguiente idea a su mente: “Lechuga… Alimento de Dioses… Tengo hambre”, y comenzaba a hacer ese divertido ruido que pasó a ser el hilo musical de mi casa. Javier era para mí como los dos pajaritos enjaulados para mi vecina, y, después de analizarlo intensamente durante muchos meses, concluí que el cautiverio practicado por mi vecina era mucho mas grave que el mío. Pues, a decir verdad, Javier fue libre en el concreto. Durante las tardes el solía dar paseos por mi apartamento, pero siempre, sin excepción, su paseo terminaba en una esquina de la terraza, lugar donde se encontraban los paquetes de heno, de alimento y de zanahorias frescas. En ese lugar el encontraba refugio, y, como era de esperarse comía sin ningún tipo de control. Al principio pensé en reposicionar sus provisiones para que así no se indigestara todas las tardes, pero luego decidí que las dejaría allí. La búsqueda de alimentos con su olfato le enseñaría a rastrear. Y con el tiempo, se convirtió en un gran rastreador.

De acuerdo con el Veterinario, Javier no debía bañarse más de dos veces al año, pues, según él, su especie no necesitaba más que eso, y, además, podría afectarle la piel. “¡Tonterías!” pensaba yo, mientras el galeno de cobayas continuaba con su explicación antihigiénica de los años 40.

Mi abuela solía tener el mismo pensamiento anti-agua. Por algún motivo que desconozco, yo, sin importar cuantas horas hubiese jugado en el barro, no podía ducharme después de caer el alba. “¡No! ¡Ni se te ocurra ducharte a estas horas! ¡Agarrarías un pasmo!”. Yo, al ser 50 años menor que ella debía seguir sus consejos, y al regresar a casa, mis padres me desvestían con caras de asco y me dejaban en remojo durante 30 minutos en la bañera: “¿Por qué estas tan sucia? ¿Te duchaste? ¿Que es un pasmo?” me preguntaban mientras fregaban mi cuerpo con esponjas y jabón. Mis padres, a diferencia de sus progenitores, eran la antítesis a ese pensamiento anti-agua. Ellos amaban el agua, y por ello nos duchaban cuantas veces fueran necesarias para mantener nuestros cuerpos blancos y limpios. Y, esa fue la teoría que adopté: “Amo el agua, Amo ducharme 3, 4, 5 o 6 veces al día, El agua me limpia el stress…” Por ello, a Javier le bañaba todas las veces que podía, y él, al igual que yo disfrutaba sus baños en la vieja cacerola con agua tibia y jabón especial de gatos –no existía uno para cobayas-.

Los baños le relajaban, pero la tristeza de su dueña le preocupaba.

Ya no puedo recordar que sucedía en mi vida en aquél momento, pero lo cierto es que me encontraba muy triste. Es de esas épocas que sirvieron para aprender algo y el resto, decidí eliminarlo de mi memoria para dejar espacio a mejores recuerdos.

A lo largo de una semana, o quizás mas días, Javier vio y sintió que su dueña estaba muy triste. La vio llorar. E incluso la escuchó hablar sobre lo que le sucedía.

Pasada la tormenta decidí ponerme en pié nuevamente y, el primer paso fue darle un buen baño a Javier, pues durante la crisis de tristeza no lo había hecho. Mientras le bañaba descubrí que en su rabo no tenía pelos. “¡Oh Dios!...pero… ¿Qué es esto?” grité. Envolví a Javier en una toalla de manos, corrí hasta mi coche y me dirigí excediendo todo límite de velocidad existente al veterinario más cercano.

Luego de examinarle minuciosamente, el veterinario pronunciaría una frase que marcaría un antes y un después en mi vida.

-El animal está bien
-Javier, se llama Javier. Dije con tono de reproche
-Ah, bueno, si, que Javier está muy bien. Es una cobaya que está en muy buen estado de salud. Un poco pasadito de peso, pero bien. “Obvio…” pensé.
-¿A que se debe esa pérdida de pelo en su rabo? Le pregunté.
-Es extraño. No tiene nada en la piel. Al parecer se lo ha arrancado el mismo. Se ha ido mordiendo hasta quitarse todos los pelos de rabo. Y eso, eso tiene una única explicación.
-¿Si? ¿Cuál es esa explicación? Pregunté ya en tono desesperado.
-Estrés señorita. El animal ha pasado por una situación que le ha estresado.

Sin mediar mas palabra tomé a Javier en mis brazos, le pagué al veterinario y me fui de ese lugar. En el coche lloré durante varios minutos y le pedí que me perdonara. Mi tristeza le había afectado. Mis lágrimas le habían pelado su rabo. “Todo va a estar bien Javier…Ya verás… muy pronto volverás a lucir ese rabo peludo que tanta atención recibía…Y nunca más volveré a estar tan triste… mi tristeza te ha pelado tu rabo”. Pasados 2 meses, Javier lucía un largo mechón de pelo suave y brilloso en el rabo.

Hoy Javier se ha ido al cielo, y tal y como lo establecía Ivan Pavlov, cuando dos cosas ocurren juntas, la aparición de una ha traído la otra a mi mente. La partida de Javier me ha recordado que quienes te aman, y te rodean pueden sentir tu tristeza, y por ello sufren, y se pelan sus rabos con los dientes mientras te ven sin poder hacer nada. La muerte de Javier me ha hecho recordar que no importa cuan inesperada, preocupante, o desastrosa sea la situación por la que estas pasando. Siempre debemos limpiar rápidamente nuestras lágrimas y buscar el rayo de luz. Siempre debemos buscar la puerta de salida más cercana. Siempre debemos fabricar alegría para que quienes se encuentran a nuestro alrededor no se pelen sus rabos.

Yo creo en una vida hermosa después de la muerte en este plano, y por ello, creo firmemente que Javier nunca mas se arrancará los pelos de su rabo. Creo firmemente que comerá millones de zanahorias celestiales y lechugas frescas del olimpo. Creo que el está leyendo esta historia mientras emite ese sonido de felicidad que le producía su campaña: el ruido de la bolsa de plástico.

martes, 8 de junio de 2010

El pequeño detalle de les Sabots


Ese día cumplía 33 años, y Tomás se sentía, a diferencia de todos sus amigos, bastante deprimido.

“33 años… y ¿Qué tengo?” era el pensamiento que se repetía constantemente en la mente de Tomas. Ese día era para él como ver esa película que, según las historias de quienes han logrado regresar del más allá, nos reproducen a los pocos minutos de haber muerto.

“Que deprimente… sin pareja, sin esposa, sin casa, sin hijos, sin perro, y… gordo” Me dijo Tomás cuando lo llamé para felicitarlo por su cumpleaños. Su voz era realmente preocupante, pero mi tranquilidad se mantuvo incorrupta, pues sabía que las ventanas de la casa de Tomás tenían rejas, y además, la casa era de una sola planta.

“No, no se puede lanzar por la ventana… y no… Tomás nunca atentaría contra su vida” Pensé mientras me arreglaba para ir a comprar el regalo de Tomas.

Tomás era una de las personas mas enérgicas que había conocido en mi vida. Estar a su lado era como introducir un dedo en un tomacorriente. Además, él era un generador. Mientras más energía lograba transmitir a quienes les rodeaban, mas generaba. Sin embargo, desde hacía tiempo, había un apagón en la vida de Tomas.

¿Qué podría regalarle a Tomás? Decidí que tenía que ir a visitarle antes de comprar algo para él. Solo así podría saber que necesitaba mi amigo para acelerar sus partículas.

La casa de Tomás era hermosa. La había recibido como herencia por parte de un tío francés. –sí, ese tío rico y desconocido que todos esperamos que aparezca-. Al llegar noté como un manto de abandono se cernía sobre sus paredes. “Oh Oh… esto es grave… ¡las flores del jardín se han marchitado!” dije mientras continuaba analizando los cambios que saltaban a la vista en la casa. Para Tomás hacer jardinería era un mantra; durante horas él podía estar en su jardín en un estado de catarsis realmente envidiable. Tomás me enseñó que habían mas flores además de las rosas y los claveles.

-¡Tomás! ¡Felicidades!
-Ya me habías felicitado… ¿O es que me vas a felicitar 33 veces… una por cada año de mi fracasada vida? Respondió Tomás con un tono frío y lleno de amargura.

“¿Qué? ¿Le habrá pasado algo y no lo sé? Pero… no lo creo… ¿Qué será?” pensé mientras él me dio la espalda y se dispuso a sentarse en el sofá del salón. Luego se incorporó y caminó hasta la cocina. Yo le seguí.

-¿Quieres una cerveza? Preguntó mientras el abría el refrigerador y sacaba dos botellas. “¿Para que me pregunta si me la va a dar igualmente? Pensé. Inmediatamente, Tomás destapó las botellas con los dientes. ¿Por qué lo hace? ¿No tiene destapador? ¿Sabrá él el coste de una prótesis dental?

-Gracias. Le dije mientras daba un trago a mi cerveza. Mi reloj marcaba las 10:00 horas. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo e inmediatamente sentí como mi estómago daba una señal de rechazo absoluto. “Que asco” pensé.

- Y… cuéntame… ¿Qué tal estás? Le pregunté con un tono jovial.

Como era usual en Tomás, intentó relatarme una docena de cuentos a la vez, y yo, tuve que pedirle que ordenara sus ideas: ¡Para! Respira profundo. Muy bien. Eso es. Ahora bien, ¿Quién es Ana? ¿Tu jefe te dijo que? ¿Qué fue de esa entrevista de trabajo? ¿Saliste con Fernanda? O ¿Era Ana? ¿Ana es la chica que te gustaba de tu grupo de comedores de chocolate compulsivos?

-Lo siento, es que tengo mucho tiempo alejado de Ustedes, mis amigos…Hay muchas cosas que no sabes… dijo con una tristeza inmensa en sus ojos

-Sí, porque tu así lo has querido Tomás. Me he hecho expertas en monólogos hablados –con tu contestador del teléfono- y escritos –con tu email-…Pero bueno, aquí estamos ¿No? Cuéntame… le dije

Tomás comenzó a hilar correctamente las historias. Inició su relato con la historia de una mujer que había llegado a su vida a través del grupo de comedores de chocolate compulsivo al que asistía Tomás una vez a la semana. Se llamaba Ana, y durante los meses que habían sido compañeros había mostrado un especial interés en Tomás. Todos lo sabían, menos Tomás –o al menos eso parecía-.

-Ana siempre me invita a tomar un café al salir de las reuniones. Pero yo me he negado porque la cafetería que tenemos cerca del centro sirve cafés exóticos; muchos de ellos con chocolate. ¡No puedo soportar el olor del cacao en polvo sobre la crema del café con leche! ¡Es exquisita! ¡Recaería nuevamente! Llevo 3 meses sin probar el chocolate.

-¿Y porque no la invitas TU a otra cafetería? Pregunté con curiosidad

-La otra cafetería está muy lejos. Hubiésemos tenido que caminar 500 metros y Ana siempre lleva tacones muy altos. Seguramente se hubiera negado.

Eran evidentes dos cosas hasta el momento: Ana estaba perdidamente enamorada de Tomás -¿Invitación a tomar café durante tres meses consecutivos? y ¿Uso de tacones altos para asistir a una reunión de comedores de chocolates compulsivos con sede en una casa abandonada del vecindario? Si, amor puro y duro. Y la segunda cosa era que algo andaba mal con Tomás. ¿Cómo podía obviar todas estas señales? “Algo le pasa… estoy segura…” pensé mientras el continuaba contándome sobre su vida.

Tomás continuó hablando sobre su trabajo. Yo aproveché su descuido para derramar lenta y sigilosamente el contenido de mi botella de cerveza en la planta que estaba a mi lado. Tomás me había dicho una vez, que la cebada les venía bien, o al menos eso creí escuchar.

Durante nuestros años de adolescencia, Tomás y yo siempre habíamos estado de acuerdo en que nunca trabajaríamos por dinero. Habíamos firmado un pacto en el que nos comprometíamos a trabajar en algo que amáramos, a trabajar sin ver el reloj cada media hora, a trabajar en aquello que respetara nuestros principios y creencias, y a trabajar sin desear la muerte del jefe cada 4 días.

-¿Sabes lo que es trabajar vendiendo tóner por teléfono? Me preguntó mientras su rostro se llenaba de angustia y asco. ¡Durante 8 horas coacciono, obligo, miento, y manipulo a personas que no necesitan tóner…que quizás no tengan impresora… pero que caen víctimas de las técnicas del manual y terminan por comprar el preciado producto! Y, además, mi jefe decidió quitarnos las sillas ¡Ahora trabajamos de pié! Dijo que de esa manera nos motivaríamos más. El odio que reflejaba su rostro en este momento era realmente aterrador.

Contuve mis ansias de gritarle que saliera de ahí inmediatamente y prendiera fuego a ese manual manipulador de mentes. El trabajo de Tomás era realmente patético, era de esos que habíamos jurado nunca tener –o mantener-.

-¿Recuerdas el pacto que firmamos en abril de 1998? Le pregunté.
-Si
-Vale. ¿Estás buscando otro trabajo?

Silencio.

¿Qué le pasa? ¿Por qué no responde? Le miré fijamente tratando de encontrar respuesta. Tomás bajó la cabeza y dijo: “Bueno… tuve una entrevista…”

-¡Sí! ¡Estupendo! ¿De qué se trataba? ¿Te gustó? ¿Te han llamado?
-Bueno, a decir verdad me gustó mucho el cargo que me ofrecían. Era para coordinar a los jardineros del Zoológico. Desde las 7:00 horas hasta las 15:00 horas. 1.500 Euros.

“Dios… ¿Porqué nunca habré aprendido jardinería?... Si mi papa me hubiese apuntado a Jardinería en vez de a Karate quizás podría aplicar a esta oferta de trabajo… ahora no soy ni jardinera, ni karateca… ” Se dibujó una sonrisa en mis labios al recordar aquél único combate en el que luchamos cuerpo a cuerpo mi hermana melliza y yo. Aquella pelea no era como las de casa –esas de tipo lucha libre en el colchón grande de papa y mama cuando éstos estaban en el trabajo-. Esa era real. Y no nos gustó. El sensei al ver que no nos golpeábamos decidió suspender el combate. Esa fue la última vez que fuimos al Karate.

Tomás continuó con lo sería la prueba final de su estado de apagón: “No sé si me han llamado…tengo el teléfono de casa estropeado desde hace un mes…y el móvil no lo pago desde hace tres…”

¿Qué? ¿Para qué hace entrevistas de trabajo si sus teléfonos no funcionan? ¿Por qué no arregla sus teléfonos?

El sonido del timbre de la casa interrumpió nuestra conversación. En cierta forma lo agradecí, pues tenía que analizar toda la evidencia que había recabado en cuanto a la situación que estaba marchitando a mi amigo.

Tomás se aproximó a la puerta y abrió.

-¡Bon jour! ¡Mi sobgrino pgrefegido! Gritó una señora mientras se abalanzaba hacia los brazos de Tomás. La mujer era hermosa. En sus setentas guardaba una energía envidiable y por entre sus ropas se podía concluir que tenía más masa muscular que su sobrino.
-¡Tía Charlotte! ¡Que sorpresa! Pasa, pasa por favor, ponte cómoda. Vienes de muy lejos, debes estar agotada. Tomás la guió hasta el sofá donde yo me encontraba sentada.

La tía Charlotte, viuda del tío que legó la casa a Tomás, había venido desde Francia para sorprender a su sobrino el día de su cumpleaños. Y, sin lugar a dudas, lo sorprendería.

Tomás ofreció una cerveza a su tía, pero ella se negó, alegando que su cuerpo solo toleraba el vino y que esa bebida repugnante podía usarla para irrigar las plantas. “Justo…” pensé yo. La tía Charlotte sacó de su maleta dos botellas de su propio vino y nos ofreció una copa a cada uno. Nos contó que era la última de sus cosechas y que había sido premiado como el mejor vino del pueblo.

Durante dos horas, Tomás, la tía Charlotte y yo conversamos alegremente y tras haber bebido aquellas dos botellas de vino el ambiente se tornó perfecto.

La tía Charlotte conocía muy bien a su sobrino, y, aunque Tomás intentó ocultarlo, ella sintió el apagón. Había visto el abandono de las flores, de la energía, y de las pasiones de Tomás.

-Voy al baño. Nos dijo Tomás. Se incorporó y se dirigió hacia el interior del pasillo que conducía al baño.

Charlotte se quedó observando fijamente a su sobrino mientras este caminaba. Su mirada se tornó un tanto oscura. Al ver que en ella también habitaba la semilla de la preocupación, tomé la decisión de contarle todo lo que sabía sobre Tomas.

La señora escucho atentamente. Asentía y cerraba los ojos mientras sonreía levemente. Mostraba esa tranquilidad de quien ha vivido muchos años. Esa tranquilidad de quien sabe casi todo.

-Hija, si hay algo que se aprende con los años es prestar atención a los pequeños detalles.

¿Qué detalle podría haber obviado? Me pregunte, mientras me sumergí en la voz de aquella mujer con acento francés.

-Claro que debes preocuparte por Tomás. Ha dejado de hacer lo que le gusta. Y, aunque sabe que no es feliz, no hace nada para cambiarlo. Cuando está cerca de llegar a la meta abandona la carrera sin explicación alguna. Pero eso, cariño, tiene una explicación, y la has tenido durante todo este tiempo frente a tus ojos.

-¿Dónde? ¿Cuál es la explicación Charlotte? Pregunté.

La señora comenzó a reír a carcajadas mientras daba un pequeño trago a su copa de vino. Luego prosiguió:

-La respuesta está en los pies de Tomás; lleva Sabots. Dijo la enigmática señora.

¿Qué tendría Tomás en los pies? Por más que intentaba recordar algún episodio que hubiere afectado a los pies de mi amigo no podía recordar. Y, ¿Qué son los Sabots?

-Durante la Revolución Industrial, los obreros, en lucha por mantener sus puestos de trabajo, decidieron usar Sabots. Los Sabots (vocablo francés que significa sueco de madera) hacían que estos hombres caminaran lentamente y que se movieran ineficazmente. De allí que la ineficiencia organizada se denomine…

-¡Sabotaje!... ¡Vaya!... dije en un susurro.

-Todos somos nuestros propios trabajadores ¿No es así?; Para hacer realidad y llevar a fin todas nuestras metas debemos respetar nuestras propias responsabilidades y obligaciones ¿No es así?... Si te dijera: ineficiencia organizada por el trabajador para impactar negativamente al empleador ¿En qué pensarías?

-En Sabotaje

-Exacto. Durante todos estos meses, Tomás ha estado usando sabots para hacer especialmente ineficaz su trabajo consigo mismo para lograr su felicidad. No llama a Ana. No acepta su invitación a un café. Decide dejar de comer chocolate por creer que esa es la razón de sus problemas. No repara sus teléfonos para recibir llamadas de los empresarios que están dispuestos a contratarle… Sabotaje… puro y duro.

En ese momento Tomás regresó de su largo viaje al baño. Nunca le pregunté porque había demorado tanto, porque en realidad ese tiempo había sido crucial para el esclarecimiento de los hechos que ocupaban mi mente.

Al verlo acercarse miré sus pies. Tal y como lo había dicho Charlotte, Tomás llevaba unos suecos de madera que además de ser bastante ridículos parecían ser sumamente incómodos. De allí que no pudiera moverse eficazmente.

Charlotte me miró y sonrió. Tomás comenzó a sospechar que durante su ausencia algún tipo de complot se había organizado en ese salón.

-Tomás. Dije. En realidad vine porque no sabía que regalarte para tu cumpleaños, y, entre Charlotte y yo, te vamos a regalar algo que te hará sentirte en movimiento otra vez…como en los viejos tiempos… ¿nos acompañas? Pregunté. Tomás dudo un par de minutos y finalmente accedió. Sin cambiarse de ropa nos acompañó al centro comercial.

Charlotte y yo guiamos a Tomas por el Centro Comercial y nos detuvimos frente a la tienda de zapatos más famosa de la ciudad. Allí encontraríamos lo que buscábamos.

-Perdone, buenos días, ¿Podría decirme cual es el zapato más ligero que tiene en stock? Pregunté al vendedor.

-¡Si! Sin duda alguna las zapatillas F1. Son la última generación de zapatillas ultraligeras. El material es una mezcla de aire y goma, lo que hace que sea casi imperceptible para los pies.

“Perfecto” pensé. Charlotte asintió sonriendo.

Tomás miraba de un lado a otro sin entender muy bien el porqué de nuestra exagerada emoción y complicidad para comprar un par de zapatos.

Unos minutos después regresó el carismático vendedor con las zapatillas F1. Las sacó de la caja y las entregó a Tomás.

Tomás se quitó sus sabots y se puso las zapatillas F1. Se incorporó lentamente y fue hasta el espejo más cercano para mirárselas.

“Si…me gustan… y, no sé… me siento muy bien…puedo caminar mejor…¡Que extraño! ¿No les parece?” decía frente al espejo.

-No, no nos parece extraño hijo mío. Respondió Charlotte mientras reía sin parar. Yo me uní al coro y finalmente el vendedor nos acompañó en la alegría.

Sin que ninguno de los presentes pudiera descubrirme yo había tomado los horrorosos suecos de madera y los había tirado a la basura. “No sé si se quede con las F1 pero de estos suecos que se olvide…” pensé.

-¿Por qué no corres un poco alrededor de la tienda y me dices que tal te sientan? Le invitó el vendedor. Al parecer el vendedor era nuestro nuevo miembro en el equipo anti-sabotaje.

Seguidamente Tomás comenzó a correr alrededor de los anaqueles y cajas de zapatos; tropezó con algunos clientes pero, para ese momento, Tomás ya no pensaba en ellos. Se sentía feliz. Podía moverse libremente. Nada le detendría a partir de ese momento. Llamaría a Ana esa misma noche y le invitaría a dos cosas: a salir con él y a tomarse un chocolate caliente con un trozo de brownie.

Charlotte y yo no podíamos dejar de reír mientras veíamos que la luz había vuelto a nuestro Tomás.

-¿Me prestas tus zapatillas F1 para ir a la caja y pagarlas? Le pregunte cuando dejó de correr como un niño de 4 años –mi premura fue motivada más que nada por el destrozo huracanado que ocasionó Tomás en la tienda de zapatos-.

Tomás nos miró, se acercó a nosotras y nos dio un beso a cada una: “¿Darte mis Zapatillas F1? ¡No! ¡Me las llevo puestas!”

jueves, 3 de junio de 2010

Una muela herida


Nada me había dolido tanto en la vida. Varias personas me habían descrito un dolor de muela, pero lo que yo sentía le ganaba por votación unánime.

El problema del dolor de muelas es que no es únicamente la muela lo que duele sino que el dolor se extiende por todo tu cuerpo, porque a mí, particularmente, me dolía hasta una pierna. En general no pude disfrutar de ningún pequeño milagro de la vida pues lo único que ocupaba mi pensamiento era el dolor que se distribuía entre la muela, la mandíbula, el oído, el cuello, que a su vez tensó los músculos de mi espalda y de mi cintura y finalmente culminaba en mi pierna derecha.

Además, no pude ingerir alimento alguno: los fríos causaban dolor, los calientes también, los dulces me hacían palidecer y los salados me producían calambres.

Seis meses atrás había decidido ir al odontólogo para un chequeo y, tras la revisión, éste había marcado con rojo 4 muelas de su tan usual dibujo de dientes. “Hija, tienes varias caries… ¿Quieres que te las arregle?” me preguntó con mirada de gran preocupación.

“¿Será verdad? ¿Será cierto que tengo caries?...Quizás este odontólogo solo quiera dinero… ¡Dios! ¿Cuánto me costará esto?” pensé antes de responderle. Intenté no hacer ningún gesto. “No” respondí con seguridad. Luego le prometí que estudiaría su presupuesto y que en cuanto lo contrastara con mi débil economía le llamaría para coordinar una cita. Me despedí amablemente y regresé a mi rutina diaria. “Si no duele es que está todo bien” me repetía para auto-tranquilizarme.

Los dolores físicos nunca me han causado miedo, pero, el odontólogo era la única excepción. El olor del consultorio del odontólogo me bajaba la tensión automáticamente. Al entrar a ese tenebroso lugar, mis síntomas eran siempre los mismos: rostro terriblemente pálido, sudores abundantes –sin importar a que temperatura se encontrara el lugar-, oraciones a todo Santo que me viniera a la mente, pérdida de visión, aumento instantáneo del sentido de la audición –podía escuchar como la manguerita absorbía la saliva del paciente de turno-, y sueño, mucho sueño. Mi estado de letargo hacía más fácil la actuación del odontólogo, quien se encontraba con una paciente que había perdido todas sus facultades mientras aguardaba en la sala de espera.

Las salas de esperas forman parte de ese pequeño infierno. Forma cuadrangular, algunas sillas y un sofá dispuestos alrededor de las cuatro paredes y en el centro una mesa. Sobre la mesa un florero con flores artificiales del año 1980 y junto a el varias docenas de revistas. Las revistas datan, al igual que las flores, desde el año 1980 –año en el que se inauguró el consultorio- hasta la actualidad y son verdaderamente detestables. La temática de los artículos que puedes leer mientras esperas –o padeces-, consiste en nuevas tecnologías para fijar prótesis dentales, la última generación de cepillos de dientes eléctricos, muchos ancianos sonriendo con dentaduras postizas, y, lo peor de todo, la boda entre una princesa y un príncipe de dos reinos cuya ubicación desconoces.

“Voy a tener que ir al odontólogo” me dije mientras me miraba en el espejo. Mi ojo derecho ya no se abría por completo. Estaba desmayado. Inmediatamente llamé a mi jefe y le pedí la mañana libre.

Seis meses atrás había estado en ese lugar, y me habían intentado evitar este dolor, y, sin embargo, yo no les había creído. En ese momento todo parecía estar tranquilo pero en el fondo, algo andaba mal. Incluso, yo misma, había espantado pensamientos que daban crédito al diagnóstico del odontólogo. “¡Vaya!… como en la vida real…” pensé mientras me sentaba en la sala de espera del odontólogo. ¿Cuántas veces había pasado esto a lo largo de mi vida? Padres, abuelos, grandes amigos habían actuado de la misma manera que el odontólogo y sin embargo, no habían podido evitarme un dolor que era fácilmente previsible para ellos.

Esa espera fue diferente, pues me encontraba analizando a la figura del odontólogo en mi vida, y concluí que había tenido a muchos odontólogos que habían vaticinado un derrumbe, un terremoto, un pesar para mí. Muchas personas intentaron protegerme, pero en vista de mi total ignorancia decidieron esperar en sus consultorios hasta que yo llamara de urgencia y acudiera a sus sillas desfallecida de dolor.

Dos señoras mayores sonreían mientras esperaban, y conversaban entre ellas sobre trivialidades de las prótesis que les habían puesto la semana anterior. “Yo aún no puedo comer con tranquilidad” decía una. “Uf, ten cuidado…Yo me tragué una prótesis hace dos años”. Pero lo que realmente llamó mi atención, fue el orgullo que sentían estas señoras por sus nuevos dientes perfectamente blancos y brillantes.

A diferencia del odontólogo que intenta librarte de un dolor de muelas o de la pérdida de ella, las personas que intentan protegernos no usan herramientas puntiagudas, pero si anestesia –al menos muchas de ellas-. No huelen a consultorio. No te obligan a tener la boca abierta por dos horas. Y, lo mejor de todo, no te cobran... ¡Es gratis!

Todo pensamiento se esfumó al escuchar mi nombre. “Pase, por favor”

“Dios…Dios…Dios…” Nunca dejaría de aterrarme este momento. Sin embargo, debía sanar mi dolor. El odontólogo usaría toda su experiencia para reparar lo que había intentado evitar. Y el dolor pasaría. El tratamiento sería un poco doloroso, pero curaría mi herida. Lloraría, quizás, pero esta era la única manera de salvar mi muela.

El odontólogo me esperaba sonriente en su silla elevada. “Haz venido… finalmente”

“Eh… Si…” respondí.

-Me alegra…Te estaba esperando… Dijo con una sonrisa de complicidad. Me guiñó un ojo y agregó: “Espero que aprendas la lección; Si comienzas a escuchar te darás cuenta de que la vida siempre nos alerta sobre las cosas que no van bien y puedes retirarte a tiempo… si no lo oyes sufres… como ahora… la diferencia está en que lo que puedes perder puede que sea mucho mas importante que una muela…”.

No supe si lo que había escuchado era producto de mis síntomas pre-odontológicos, pero lo cierto es que quise abrazar a quien hasta hacía solo una hora había sido uno de mis peores enemigos. Le abracé, el odontólogo me sonrió y me besó en la frente.

“Recuéstate hija…vamos a empezar” dijo mientras me daba la manguerita absorbe-saliva.

Era mi amigo. Formaba parte de todos los odontólogos que habían pasado por mi vida.

“Pero no para tanto…” pensé.

“¡Anestesia! ¡Por favor!” dije.

miércoles, 26 de mayo de 2010

50 Metros más adelante


La canción que sonó en la radio le transportó a la vieja casa del puerto. Paula recordaba vagamente la distribución de las habitaciones, pero podía describir cada rincón del salón donde en muchas ocasiones se reunió con la Señora Bombón. Podía incluso escucharla reír, verla caminar dando saltitos mientras cantaba las canciones que sonaban en la desvencijada radio portátil que llevaba colgando de su cinturón.

“…Dale a tu cuerpo alegría macarena…”

Paula sonreía recordando a su abuela. Había sido una mujer que desde la tranquilidad, inteligencia y humildad había dejado huella en todo aquel que se le había acercado. Y a la Señora Bombón se le acercaban muchas personas. Por eso le apodaron de esa manera. Solo los familiares cercanos sabían su verdadero nombre: Agripina –de allí que la Señora Bombón haya recibido con bombos y platillos su pseudónimo-. Le agradaba tanto, que se presentaba haciendo uso de éste: “Hola, soy la Señora Bombón” decía.

“…que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas…”

Mientras Paula continuaba atascada en el tráfico de la ciudad rumbo a su trabajo, se perdió en los recuerdos y en las innumerables enseñanzas que la Señora Bombón le había legado a ella y a todos los que tuvieron el placer de mirarla, de escucharla, de tocar sus tibias manos. Era dulce, pero también tenía esa capacidad sobrenatural de cambiar el rumbo de cualquier idea que ocupara la mente de la persona para transformarla en algo nuevo y mas apropiado con las palabras precisas; palabras tan bien pronunciadas, que el oyente sentía que había sido él mismo quien había tomado una nueva decisión -o que había sido hipnotizado-. “¿Sería el Espíritu Santo que descendió sobre mí en forma de lenguas de fuego?” solían pensar. La Señora Bombón tenía ese efecto en todos, y Paula no había sido la excepción.

“Te extraño tanto Señora Bombón” pensó Paula mientras miraba el reloj del coche. “8:20 horas. Llegaré tarde al trabajo. ¡Tengo que mudarme a una aldea muy pronto!”.

“eeeeeeeeeeehhh macarena…”

Había algo de lo que Paula estaba segura, y era que, existen personas inoportunas. No podía explicar el porqué de este razonamiento. Pero ya había conocido a un par de ellas. Aparecían en los momentos menos indicados o decían las palabras menos necesarias, se tropezaban y caían sobre un castillo de arena recién terminado por un niño en la playa, o derramaban su café sobre la camisa perfectamente blanca de un chico rumbo a una entrevista de trabajo. Y, la Señora Bombón era todo lo contrario. Así como existían las personas inoportunas, Paula podía asegurar que también las había oportunas. También había deducido, con conocimiento de causa, que ambos comportamientos eran totalmente inconscientes. Un señor no planificaría minuciosamente su caída violenta sobre un castillo de arena a orillas de la playa mientras disfruta la mirada de horror de un niño, pensaba Paula. La Señora Bombón no premeditaba sus actos. Eran totalmente naturales, como el crecimiento de una flor en plena primavera.

“…Macarena tiene un novio que se llama, que se llama de apellido Vitorino…”

La ciudad donde creció Paula no escapó del furor de La Macarena. Se bailaba en los colegios, en las fiestas de cumpleaños, en los matrimonios, en los aniversarios o en cualquier lugar donde concurriere más de una persona. Para aquél entonces, la Señora Bombón ya era mayor, y su cuerpo no le permitía moverse con la soltura con la que lo hacían Paula y sus amigas, pero, sin embargo, ella enganchaba la vieja radio en su cinturón y baila tanto como podía. “¡Hay que mover el esqueleto!” decía mientras daba saltitos y alzaba los brazos como Paula le había enseñado.

Para este momento, Paula había soltado el volante del coche y con los ojos cerrados hacía el baile de La Macarena moviendo los brazos extendiéndolos delante de su cuerpo, luego detrás de la nuca, rápidamente a la cintura y finalmente hacía un círculo con sus caderas. Aunque estaba sentada en el asiento de su coche, bailaba como si estuviera en medio de la pista de baile de una discoteca. Y, junto a ella, bailaba la Señora Bombón.

“…Dale a tu cuerpo alegría Macarena…”

Paula pensaba que llegaría tarde a su trabajo, pero eso no le preocupaba en demasía. Ella sabía que tenía que desplegar sus alas y volar a otro lugar, y sobre todo, sentía que había una especie de fuerza sobrenatural que la impulsaba a lograrlo. Pero hasta ahora, no había dado el paso definitivo. “¡Que bien! Una hora menos en la cárcel” pensaba mientras subía el volumen de la radio. –el coche se movía como esos que suelen ir ocupados por parejas apasionadas y paran en sitios deshabitados-. La Señora Bombón siempre decía: “Que la fuerza de Dios te envuelva”. Y era esa la fuerza que finalmente le impulsaría a seguir adelante.

“Tu sabías toda la verdad… tu conocías el futuro…A veces me pregunto si ahora también sabrás que va a suceder…” pensó mientras continuaba bailando enérgicamente y cantando a viva voz.

Un estruendoso sonido la hizo volver a la realidad. “¡Pero que…!”. Inmediatamente se dio cuenta de que estaba sudando dentro del coche y que delante de ella ya no había ningún coche. El golpe que recibió su coche desde la parte posterior la arrastró unos 50 metros. Durante los segundos o quizás minutos que transcurrieron Paula dejó de bailar e instintivamente apretó la mandíbula, cerró los ojos y pensó a modo de oración: “Señora Bombón se que no debí bailar la macarena mientras conducía pero por favor, envíame un angelito que me proteja de tan repentina muerte”. Paula abrió los ojos lentamente. El coche se había detenido finalmente. Con extrema cautela y comprobando que podía mover cada parte de su cuerpo apartó su cara del airbag que la aprisionaba, tomo aire y salió del coche. Un temblor le recorrió todo el cuerpo cuando vio el estado en el que había quedado su coche y para su mayor asombro, se alegró por conocer finalmente a un airbag. Para Paula el airbag era una leyenda. Siempre que leía la palabra airbag en los coches pensaba: “¿Qué habrá allí dentro? ¿Se activará siempre? ¿Y si no hay nada?”

¿Qué es esto? ¿Cuánto ha durado la canción? ¿Dónde están todos los coches? Ya no había ningún coche. En la avenida solo estaba ella y…

-“¡wooowww! ¿Pedazo de golpe te he dado no?” dijo un hombre que se acercaba a ella. El hombre reía a carcajadas y mostraba una desconcertante alegría por el hecho de haberse estampado contra el coche de Paula.

-“¡Ahora si que estás donde tienes que estar!” continuó mientras se reía con tantas fuerzas que por momentos le era difícil mantenerse en pié.
Paula no podía salir del shock. ¿Quién era este hombre? ¿Qué tipo de trastorno mental le afectaba? “¡Loco! ¿Esta Usted consciente del daño que me ha hecho?” gritó Paula con indignación y rabia.

-“¿Daño? ¿A ti? A ti no te he hecho nada; solo ha sido un pequeño daño colateral y el afectado, lamentablemente, ha sido tu coche” respondió el hombre
En la calle solo se encontraban dos personas: Paula y el señor. Uno de ellos se mostraba abiertamente demente y la otra comenzaba a perder el poco de cordura que le quedaba. Sin embargo, todo comenzó a tener sentido cuando el hombre pudo dejar de reír como una hiena. Al ver como el hombre, de pronto, comenzaba a enseriarse, Paula respiró profundo, y se acercó más a este.

-¿Me va a pagar el choque? ¿Verdad?, preguntó Paula.

- ¿Pagarte? Nop… contestó el señor con una leve sonrisa. El “nop” le daba un tono jovial a la conversación que hasta ahora no tenía ningún sentido para Paula.

- ¿Esta usted siendo medicado con algún fármaco que olvidó tomar esta mañana?

- No, estoy más cuerdo que nunca. Además estoy muy orgulloso del golpetazo que te he dado. ¡Nunca había arrastrado a alguien tantos metros! Respondió el señor con una muy notable felicidad.

-¿Qué? ¿Se siente orgulloso? ¿Arrastrarme?

El señor se acercó a Paula y le apuntó con el dedo índice de su mano; le tocó el hombro con el dedo y le dijo: “Te choqué porque me dio la gana” haciendo especial énfasis en “me dio la gana”. Seguidamente comenzaron las risas compulsivas. “Ahora estas donde tienes que estar… A 50 metros de donde estabas”

-¿Qué? ¿50 metros más adelante? Pero… ¿Porqué? Paula no dejaba de observar con tristeza la carrocería de su coche. No entendía porque estaba pasando todo esto. Era una tormenta que llegó sin avisar y que ahora quizás le costaría mucho dinero. En realidad le dolía la pérdida. “Mi pobre corcel” pensó mientras la rabia comenzaba a disiparse con la resignación.

- Tenías que moverte, tenías que salir del atasco, así que aproveche tu baile de la macarena para estampar mi coche contra el tuyo y ¡Funcionó! La carrocería de tu coche ciertamente está destrozada. Pero tenías que avanzar y llevabas mucho tiempo atascada. ¿No te molestan los atascos? Cualquier tipo de atasco es horroroso… ¿No te parece? ¡Piénsalo! La vida está hecha para que fluya, de lo contrario es caótica. ¡Todo nace para que se mantenga en movimiento! Piensa en un atasco de cañerías ¿Costoso y sucio no?, ahora en un atasco en tus intestinos ¿Doloroso e incómodo no?, y ¿que tal un atasco en las aguas de un río? ¿Desbordantemente peligroso no?...

Paula comenzaba a entender el porqué había sido arrastrada 50 metros mas adelante. Sabía que de alguna manera este empujón era el que necesitaba para reaccionar y continuar el flujo natural de su vida y de todos los sueños que construía día a día. Ya no había ira en su corazón. Ahora, reinaba la paz. Sentía esa calma que sigue a las fuertes descargas de adrenalina.

Paula reflexionó sobre las palabras que había pronunciado el Señor. Ella no sabía como este desconocido podía tener conocimiento sobre su vida, pero, ciertamente estaba atascada y acababa de ser “laxada”. Este arrastre y/o empujón le había hecho llorar la pérdida de su coche, pero también le había devuelto al movimiento. Indudablemente los empujones duelen, y los laxantes producen dolores de barriga, pero el efecto más importante de ellos es que te devuelven el flujo de lo que por naturaleza debe mantenerse en movimiento.

Mientras Paula sentía ahora la necesidad de moverse en pro de expandir sus alas a nuevos mundos, a nuevos sueños, el señor caminó rumbo a su camión, y mientras lo hacía dijo: “Que la luz de Dios te envuelva”

El corazón de Paula se llenó de alegría y con una gran sonrisa miró al cielo y agradeció.

jueves, 20 de mayo de 2010

El Dorado


Durante muchos años les supliqué a mis padres que me llevaran a La Gran Sabana (El Parque Nacional más hermoso de Venezuela). Desde muy pequeña soñaba con ir a la selva amazónica y poder ver personalmente algún indígena con guayuco o taparrabo. Nunca dejé de insistir en mi solicitud, y mis padres nunca dejaron de darme la misma contestación: ¡no!

La idea siguió revoloteando incasablemente en mi cabeza y dejé que pasaran los años, hasta que un día, cuando ya era mayor de edad decidí llevarme yo misma a La Gran Sabana.

-¿Qué? Respondió mi padre con ojos de león hambriento
- Que me voy a la Gran Sabana respondí suavemente para no incrementar su furia
-¿Tu crees que eso es Nueva York? ¿Cómo te vas a ir sola? Continuó.
- Papa, tranquilo, voy con un grupo de señoras, y, además, hoy en día la Gran Sabana tiene luz eléctrica y ¡hasta los indígenas llevan teléfonos móviles! Voy a estar bien… serán solo quince días.

Durante las dos semanas que precedieron mi inminente viaje a la Gran Sabana mi padre me explicó diversas técnicas de supervivencia:

-¡Nunca te pongas los zapatos antes de sacudirlos! ¡Los alacranes se meten dentro!; ¡Si duermes en algún campamento debes rodear la tienda de campaña con kerosene, para que las serpientes no entren!; ¡cuidado con las hormigas carnívoras!; ¡no te bañes en ningún río! ¡Hay pirañas!; ¡Cuidado con los cocodrilos!; ¿Llevas suero antiofídico?, ¿Antialérgico? ¿Te vacunaste contra la fiebre amarilla?

Llegado el día, me despedí de mis padres, introduje en mi mochila la cajita de primeros auxilios que me habían preparado, y me enrumbé a lo que sería uno de los mejores viajes de mi vida.

Cada cuatro o cinco horas el chófer del autobús paraba. Fueron más de 20 horas de viaje para llegar al corazón de nuestro País. Habíamos llegado a la Gran Sabana. En ese momento supe porque siempre había querido ir. Era lo más hermoso que había visto. Y, hasta hoy, nada ha superado esa belleza, porque, además de ser inigualable, es mía, es de mi Venezuela querida.

Durante el sexto día de nuestro paseo, el guía turístico que nos acompañó durante toda la travesía nos comenzó a deleitar con la historia que envolvía el paisaje:

-Esta carretera por la que vamos transitando fue construida durante la Dictadura de Pérez Jiménez. A los presos los enviaban aquí para trabajar en la construcción de la carretera, y durante las obras, en la espesa y virginal selva amazónica, muchos hombres murieron. Unos por la fiebre amarilla, y otros miles atacados por animales: monos, serpientes, arañas, alacranes, tigres, osos.

“¡Vaya! Mi padre olvidó decirme como defenderme de un oso?” pensé.

Mientras pensaba en la agonía de los pobres hombres que habían muerto durante la creación de la carretera por la que yo me encontraba paseando tranquilamente, descubrí porque había hecho ese viaje.

Todos, en algún momento de nuestras vidas hemos ido a la selva sin querer. En búsqueda del Dorado –de nuestro dorado- hemos emprendido algún viaje, alguna expedición que, por casualidad, o causalidad, nos ha llevado a lo más profundo de la selva. Pero, el hecho de llegar inesperadamente a la selva solo significa que debemos usar la cajita de primeros auxilios para curar las heridas producidas por los animales y bichos de la zona y, una vez recuperados, seguir en búsqueda de Nuestro Dorado. Esa parada en la selva, las mordeduras de alacranes en los pies, el ataque de un oso hambriento, nos han preparado para encontrar Nuestro Dorado.

Y es que, en la vida, somos como un trozo de pescado.

Cuando Dios creó el mundo dijo: “Hágase la luz…”, posteriormente hizo a las flores, a los animales –incluyendo, lamentablemente, a las cucarachas- y finalmente hizo al hombre y a la mujer. Sin embargo, los evangelios no cuentan toda la verdad, y es que, luego de haber creado al hombre, Dios dijo: “y metedlo en un sartén”.

El contenido del antiguo testamento no podía incluir la frase que Dios le había revelado al profeta, pues, en aquél entonces, no existían los sartenes. Es por ello, que los editores, al no entender el significado de la revelación, decidieron no incluirlo en el Génesis. Pero el hombre creó el sartén, y es ahora, cuando debemos conocer la verdad: En la vida, somos un fresco trozo de pescado que se va cocinando lentamente, y minuto a minuto, día a día se va terminando de hacer. Si nos salimos del sartén antes de tiempo nos quedamos crudos, y si nos quedamos más tiempo nos quemamos… Un tiempo en la selva profunda nos cocina un poco mas… nos prepara para que encontremos Nuestro Dorado ¡A punto!

Mientras iba de regreso a mi ciudad, añadí un mandamiento más a la lista de 10 que me habían enseñado: “Amarás a Dios sobre todas las cosas…Honrarás a tu padre y a tu madre… No dirás falsos testimonios… y ONCE: RESPETARÁS TU TIEMPO DE COCCIÓN.