domingo, 27 de marzo de 2011

El Gran Mago



Recuerdo que cuando era niña, una de las cosas que más me disgustaba hacer, era buscar el significado de las palabras en el diccionario. Mis compañeras tenían el diccionario del tipo “bolsillo”, por lo que, para ellas, se trataba de una tarea fácil ir al pequeño y compacto libro y buscar la palabra en cuestión. Sin embargo, mi madre, amante de nuestra lengua, solía comprar el diccionario más grande que existiera en el mercado –de esos que llevan incorporados, además de una decena de significados por palabra, el origen etimológico de la palabra y su evolución hasta la actualidad, todos los sinónimos, todos los antónimos, y hasta las pronunciaciones-

-¿Mamá? Preguntaba yo, con ojos de cordero

-¿Si?

-¿Qué significa “planear”? Soltaba la pregunta rápidamente, para que ella, del mismo modo, respondiera sin dilación alguna –que tontos somos los hijos-.

-¿Planear? Repreguntaba. Y hacía esa pausa silenciosa que era realmente torturante. Y seguidamente decía, con una ligera sonrisa: ¿Por qué letra empieza?

Esa era su respuesta.

Seguidamente, yo, con cara de pocos amigos, me dirigía hacia el colosal tomo en búsqueda de la palabra que empezaba por la letra P. Me dirigía yo hacia él porque a mi corta edad no podía cargar con él. Mi madre lo había dispuesto todo. Le había mandado a hacer una mesilla al Diccionario. Así que operaba de esa manera, las niñas iban al salón, se acercaban a la mesilla de madera donde reposaba el cuerpo literario, y allí, de pié, pasábamos unos minutos, o a veces horas, buscando el significado de la palabra. Para una niña con déficit atencional, esto podía suponer toda una tarde, pues, leía el significado de la palabra dos veces, me lo repetía mentalmente, y caminaba rápidamente hacia mi habitación para escribir en mi cuaderno el significado, pero, cuando tomaba el lápiz y el papel, ya no recordaba nada. Unos meses después, mi madre decidió mudar al Diccionario y su respectiva mesa a mi habitación. Cuatro años más tarde, sucedió un milagro: El Internet llegó a mi ciudad. Tras varias sesiones familiares, alrededor de la mesa de la cocina, mis padres decidieron donar el preciado Diccionario a la Biblioteca Pública.

Y ese fue el primer milagro que recuerdo haber vivido en carne propia. La inesperada salida de aquel monstruoso libro lleno de letras negras y la entrada en escena del Internet como herramienta de búsqueda de información. Nunca, Jamás, pude siquiera imaginar que un milagro así sucedería. ¡Ni siquiera lo había pedido! Y sin embargo, sucedió, así, sin más.

Desde aquel momento decidí hacerme una cazadora de milagros. Mi madre, mujer observadora por naturaleza, me inició en el arte de encontrar el hecho milagroso en cualquier situación. Me enseñó a abrir mis sentidos, para vivir, de manera consciente, la constante materialización del amor aquí, entre los mortales. De la misma manera que me indujo a buscar el significado de palabras de más de quince consonantes en aquel horroroso texto, me guió en la tarea de buscar, por mí misma, el significado del poder del amor.

La palabra Milagro, proviene de la voz “miraglo” –si, una evolución en la palabra muy parecida a lo que supongo que sucedió con el cocodrilo español y crocodilo inglés-. Y, que, la Real Academia de la lengua española, define como: 1. m. Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. (Definición obtenida tras una búsqueda realizada en tan solo 0,14 segundos haciendo uso de la milagrosa herramienta de búsqueda)

En este juego de la vida, la característica más importante del Milagro es su imprevisibilidad. ¿Qué pasaría si lográramos vaticinar el milagro que está a punto de suceder? La vida sería real y totalmente aburrida.


-Hola, ¿Qué haces?

-Ah, es que dentro de 11 minutos exactamente, conoceré al hombre con quien pasaré el resto de mi vida



-¿Porqué no estás estudiando? ¿No se supone que tienes el examen final de química mañana? Pregunta la madre a su hijo adolescente

-Nop, no estudiaré. Mañana en la mañana el profesor de física no irá al Colegio. Le dará diarrea.


No tendría ningún sentido este juego. El intrincado y a veces agobiante juego de la vida.

Los milagros son como las obligaciones en un contrato: pueden ser de hacer –acción- o de no hacer –omisión-. El milagro puede ser un hecho pero también puede tratarse de que un hecho no se lleve a cabo. El milagro puede ser un pájaro, que en medio del nerviosismo que le ha provocado una señora con un paraguas, se abalanza sobre tu cabeza. En un primer momento piensas que el pájaro tiene la férrea intención de comerte los sesos, pero luego, mientras corres hacia el sentido contrario en el que ibas caminando, gritando “¡Auxilio! ¡Auxilio!” logras ver el número del edificio que llevabas 20 minutos buscando y al que tenías que llegar puntual por tratarse de tu entrevista de trabajo.

El milagro, en muchas ocasiones, es un acto de magia, que logra que enfoques tu atención en un punto distinto a aquel en el que la tenías fijada. Los magos, suelen hacerlo muchas veces en sus presentaciones, en las que mientras hacen el truco del sombrero, estalla un fuego artificial al final del escenario, y, mientras todos miran embelesados la belleza de aquellos colores, el mago busca un conejito peludo y lo introduce en el sombrero. En cuanto desaparecen los coloridos chispazos, la audiencia vuelve a enfocar su mirada en el sombrero del mago, y ¡voila! De su interior aparece el animalito.

La mayoría de los milagros ocurren sin que nosotros seamos realmente conscientes de ellos, pues, no conocemos de qué nos protege o hacia donde nos lleva. Solo, en algunas ocasiones, son tan evidentes que no nos queda ninguna duda. Nos hemos salvado de un accidente de tráfico en cadena en la avenida que solemos tomar, por haberse estropeado la batería de nuestro coche. O quizás, hemos llegado tarde a una entrevista de trabajo en una empresa que unas semanas después se declara en bancarrota.

Esa canción que te atraviesa el alma y te llena de alegría y entusiasmo durante un frío domingo de invierno. Esa conversación inesperada con una vieja amiga sobre trivialidades en la que logras dar respuesta a muchas de tus interrogantes. Esa planta que te regalan y que ahora llena de vida tu habitación. Ese niño que se te acerca a preguntarte algo y te ilumina con su sonrisa y te hace olvidar ese pensamiento maligno que rondaba tu cabeza. Ese chico ciego que conoces en el vagón del metro que te cuenta que es programador y que te empuja irremediablemente a agradecer por tus ojos y a trabajar con más entusiasmo. Todos son milagros. Y debemos ser conscientes de que estan sucediendo. Esa huelga de controladores aéreos que te impide viajar al otro lado del mundo, ese tiempo en solitario contigo mismo, ese despido injustificado, son, aunque nos cueste definirlo como tal en ese preciso momento, milagros. Son actos de magia que te hacer levantar la mirada, y fijar tu atención en dirección contraria. Y mientras tú miras hacia el destello de luz, algo grandioso sucede. Son la materialización del amor del mejor mago. Son la materialización del amor de Dios por nosotros.

De no ser por ese estallido inesperado, orquestado por el Gran Mago, que nos hace desviar la mirada desde el punto A hasta el punto B, no podríamos sentir, en nuestra propia piel, ese nuevo milagro que está a punto de suceder en nuestras vidas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Todo merece TU amor


Nada merece tu estrés.

Nada.

¿Mejorará la situación económica del país por tu estrés?

¿Mejorará tu trabajo?

¿Mejorará el estado anímico de tu jefe?

¿Mejorará tu cuenta bancaria?

¿Mejorará el presidente que gobierna?

¿Mejorará el cambio climático?

¿Mejorará la salud de tus familiares o la tuya propia?

¿Mejorará tu matrimonio?

¿Mejorará a la factura de la luz, la del gas, la del teléfono?

No. Por el contrario, ocasionará que con el poco dinero que ganas, en tu aburrido trabajo, y mientras tú pareja te critica, tengas que ir a pagar la factura del teléfono, con el dolor de cabeza que tenías pero elevado a la enésima potencia. Tendrás el mismo dolor de cabeza, pero enriquecido con insomnio, y por tanto cansancio. Tendrás dolores en la espalda y el cuello, y por tanto más dolor de cabeza. Tendrás miedo de enfermarte y por tanto pensarás las cosas más horribles que alguien se puede imaginar, y por tanto, tendrás más insomnio, y más dolor de cabeza y más tensión muscular. Tus familiares te verán, y se asustarán, y por tanto, a ellos también les dolerá la cabeza y pensarán que tu muerte se acerca. Al ver que tus familiares comienzan a tener dolores, tú empeorarás, y te sabotearás y pensarás cosas más y más descabelladas y tendrás más dolores y más enfermedades. Tu jefe verá que estás muriendo y te despedirá. Tú empeorarás por haber perdido tu trabajo. Tu familia sufrirá y tendrán más dolores y más enfermedades. Al final tu morirás, y ellos al verte morirán. Nadie pagará la factura. Y el presidente, el cambio climático, la cuantía de los servicios, las ofertas de trabajo, la crisis económica y tu cuenta bancaria seguirán siendo los mismos.

Nada merece tu estrés.

Todo merece tu amor. Con tu amor, se duerme, se sueña, se crea, se anima, se llena de paz, se atrae, se acaricia, se cree, se sana, se entiende, se espera, se es feliz.

Afuera puede que todo siga siendo igual, pero si dentro opera el amor, todo lo de fuera irá necesariamente cambiando.

lunes, 7 de febrero de 2011

Happy-Noticias


Si leemos detenidamente el periódico podemos llegar a tomar muchas decisiones erradas: irte del país porque morirás de hambre, dejar de buscar trabajo porque no lo encontrarás, dejar de trabajar con entusiasmo porque al final seguirás ganando lo mismo, dejar de pensar en que todo mejorará porque el Fondo Monetario Internacional amenaza con cerrar el grifo, comenzar a pensar en no tener hijos porque no podrán ir a la universidad, dejar tu carrera porque cuando la termines de estudiar te pagarán una miseria de sueldo, renunciar a tu trabajo e irte a China porque allá sí que pagan bien, llegar a china y darte cuenta de que si no hablas chino no te dan trabajo…

Muchas veces, cuando no reencontramos con alguien a quien tenemos mucho tiempo sin ver, sucede lo siguiente:

-¡Hola! Le saludo con todo el afecto que siempre le he tenido.

-¡Hola Gaby! Me responde ella.

-¡Pero qué bonita estas! ¿Cómo te ha ido? ¿Sigues trabajando en….? Pregunto todo lo que pueda haber cambiado desde la última vez que le haya visto.

-¡Ah! Si yo te contara….

Y, señores, se desencadenan las historias de telenovelas. Pero no cualquier telenovela. Sino esas que hacen ahora entre Miami, México y Venezuela. –Son una fusión mortífera con el perdón de mis amigos productores-. Durante una hora, me cuenta que ha denunciado a su anterior jefe por acoso sexual, que el actual no valora su trabajo, que se ha roto un tobillo y que estuvo 3 meses en cama, que la casa del pueblo donde solía ir a veranear se ha inundado, y pare de contar. Finalmente, cuando nos despedimos dice:

-¡Ah, por cierto! ¿Te dije que estoy embarazada?

- ¿…?

¿Por qué no habló de la buena noticia durante los 60 minutos que estuvimos reunidas? ¿Por qué centró toda su conversación-monólogo en situaciones negativas y oscuras? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Porque nos hemos olvidado de hablar de las cosas buenas, de los que nos gusta, de lo que soñamos…

Pareciera que ya no sucedieran cosas buenas en el mundo, que todo estuviese dominado por el señor oscuro, pero esto no es más que una ilusión. Es una ilusión porque en la realidad suceden muchas cosas buenas. Solo que, por alguna extraña razón, no está de moda hablar de lo bueno, sino de lo malo. Pero esto debe y tiene que cambiar. Mi misión, y tú misión, es imponer la moda.

Nunca pensé que los pantalones pitillo y los blazers con hombreras volverían ha estar de moda. Y ¿Qué ha pasado? Ahí están, expuestos en todas las tiendas.
Entonces, si algo tan escalofriante como los blazers con hombreras han vuelto a las pasarelas y a las calles del mundo ¿Por qué no podría volver el interés y la tertulia por las buenas noticias?

Es una cuestión de naturaleza. Si nos enfocamos en noticias buenas, y hablamos sobre ellas, éstas se multiplicarán. Así funciona nuestro universo.

Es por ello que hoy, me tomo el atrevimiento de contar con cada uno de Ustedes. Cada uno de Ustedes conoce una buena noticia, un milagro, un giro inesperado, una razón para sonreír, una muestra de amor. No tenemos que irnos lejos para buscar una noticia positiva porque los protagonistas somos cada uno de nosotros. Aunque creas que en tu vida no ha ocurrido nada bueno durante este mes, o este año, piénsalo y encontrarás no una, sino miles de buenas noticias que compartir con el mundo. Compártelas. Cuéntalas al universo. Aunque te parezca algo insignificante. Nada es insignificante –hasta el simple aleteo de una mariposa desencadena un efecto en el universo-.

Este blog ya va recibiendo varias decenas de visitas todas las semanas –muchísimas gracias a todos los lectores-, lo que quiere decir que, tras algunas semanas, muchas personas habrán leído y comentado una buena noticia.Lo mas importante: habrán sido conscientes de todo lo bueno que les sucede. Y así comenzará ha operar el cambio. Estas buenas noticias atraerán más y más milagros. Y, cuando menos lo esperemos, la noticia positiva acompañará a los pantalones pitillos, las hombreras y el rojo carmín en los labios.

Muchas gracias por formar parte de esta, ya imparable, cadena de Happy-Noticias

¡Cuéntale al mundo tu Happy-noticia!

domingo, 6 de febrero de 2011

No acepte imitaciones


Todas las tardes jugábamos a las escondidas. Durante esas horas éramos las personas más felices del mundo. No existía el tiempo ni el espacio. Todos nuestros pensamientos se enfocaban en encontrar ese lugar imposible de hallar. Debía ser un lugar en el que pudiéramos introducirnos y mantenernos en silencio para no poder ser capturados. La adrenalina se apoderaba de nosotros. Nuestro corazón latía con más fuerza mientras escuchábamos la voz de nuestro perseguidor llamándonos por nuestro nombre.

Un estornudo, una carcajada inesperada, un ataque de hipo nervioso o un movimiento incontrolado terminaban por dejarnos en evidencia ante nuestro adversario, y tras un último intento de escape éramos atrapados. Y esta secuencia se repetía una y otra vez.

En nuestro grupo, yo era de las más fáciles de hallar. Y, esto por dos razones fundamentales: siempre elegía el mismo lugar para esconderme –tenía un favoritismo inexplicable por los cestos de ropa sucia- y mi risa me delataba una y otra vez. Por tanto mi adversario solo tenía que hacer dos cosas: ir al cesto de la ropa sucia –en todas las casas había uno- y/o escuchar con atención por donde caminaba. Sin embargo, tuve el placer de jugar a las escondidas con artistas natos. Se mimetizaban con la naturaleza que les rodeaba. Recuerdo una tarde en la que nunca encontré a un niño –se llamaba Gaspar-. Grité durante 2 horas que saliera de donde estaba pues el juego había terminado. El nunca me creyó pues ésa era una técnica que solíamos emplear para hacer que la persona saliera de su escondrijo y luego atraparle. Esa tarde me fui a casa y nunca logramos saber donde había estado Gaspar.

A la mañana siguiente, la madre de Gaspar llamó a la mía y le informó que su hijo estaba en el hospital. Según le comentó, le había encontrado dentro de la nevera. No se trató de nada grave. Los médicos le diagnosticaron una hipotermia no muy severa y un catarro bastante respetable. Nada que una sopa de pollo y una buena mantita no pudiera solventar.

Nunca supimos a ciencia cierta cómo Gaspar logro vaciar la nevera para introducirse en ella en tan corto tiempo. ¿Dónde guardó los alimentos que había sacado? ¿Cómo pudo soportar durante tanto tiempo? Gaspar era un artista en este juego. Era de estos niños que no temían a nada. El se escondía dentro de lavadoras, chimeneas, y sobre los tejados. Razón tuvo su madre al prohibirle categóricamente que jugara a las escondidas durante los años que le quedaran de vida.

Me gustaría saber de Gaspar, ¿A que se dedicara? ¿Será policía? ¿Creativo? ¿Diseñador de interiores? ¿Analista financiero? Me gustaría saber si sigue escondiéndose…

A los 6 años, el juego de las escondidas era un reto, una aventura, un momento maravilloso en el que con toda la astucia que pudiésemos albergar en nuestro intelecto –muy poca en mi caso- poníamos a prueba la labor investigadora del adversario. No existía el miedo. No existía el mañana. No existía el hambre. No importaba si ganábamos o perdíamos pues, seguiríamos intentándolo.

Hoy, han pasado muchos años desde aquél momento. Y si pudiera volver a jugar a las escondidas volvería a elegir el cesto de la ropa sucia. Y es que, la mayoría de las decisiones que tomamos a los 6 años, siguen vigentes hasta que mueres. En ese momento ya somos nosotros y por tanto, lo que seremos en el transcurso de nuestras vidas. Somos ésa personita de 6 años con ciertos añadidos que vamos recopilando durante años. En mi caso, ambas situaciones siguen en vigor: el favoritismo por esconderme en cestos de ropa sucia, y la risa nerviosa que continúa delatándome ante cualquier intento de engaño.

Yo quisiera jugar a las escondidas otra vez. Pero a éste juego, el original. No al otro que juegan muchos adultos.

En varias ocasiones, acepté, bajo engaño, jugar a este mal llamado “las escondidas”. La dinámica del juego es bastante parecida, pero, sin embargo, la esencia es totalmente distinta. Es una imitación. Y es muy pero que muy peligroso.

-¡Juguemos a las escondidas! Dijo él.

Habían transcurrido más de 15 años desde la última vez que había jugado. Automáticamente regresé a aquellos momentos. La emoción me embargó casi instantáneamente. De forma inmediata comencé a pensar si habría un cesto de ropa sucia en aquella casa. “Tiene que haberlo” me dije.

-¡Sí! ¡Juguemos! Respondí. Ya mi corazón latía aceleradamente.

-Pero… Yo cuento y tú me buscas ¿Te parece? Dijo él.

-¡De acuerdo! ¡Comienzo a contar! Dije con entusiasmo. Me giré hacia la pared. Me cubrí los ojos con el antebrazo y me apoyé lentamente sobre él. Comencé a contar. Conté hasta 50 tal y como lo habíamos acordado.

- 48…49… y 50. El número cincuenta se gritaba, para que la persona supiera que ya comenzaría la búsqueda.

Se trataba de una vivienda de una sola planta. Dos habitaciones, un baño, el salón y la cocina. Sería fácil. Era un espacio reducido y mis años de práctica en este juego me daban cierta pericia en el arte de buscar. Comencé por el cesto de la ropa sucia. Busqué en armarios, debajo de las camas, dentro de la bañera, dentro de la nevera –en honor a Gaspar-, detrás de muebles, etc. Nada. Transcurrieron poco más de 2 horas. Ya comenzaba a desesperarme. ¡Sal de donde estés! ¡Ya no es divertido! ¡No quiero jugar más! Gritaba mientras deshacía el camino recorrido una y otra vez. Nunca recibí respuesta. Aquella tarde me fui de su casa sin saber donde se había escondido.

Cada tarde, decidí ir a casa de mi amigo. Le llamaba insistentemente. Busqué en los sitios más descabellados. Golpeaba con los nudillos en paredes, armarios y en el suelo en búsqueda de pasadizos secretos. “Si suena un vacío es que hay algo…” pensaba.

Pasaron muchos años. El decidió no salir nunca más de su escondrijo. Quizás, al principio, quiso salir, pero con el tiempo, se acostumbró a quedarse ahí, en ese lugar. ¡Sal de ahí! ¡Por favor! ¡Que ya no hay crisis en España! Nada funcionaba. Y nada funcionó. No volví a verle. El decidió no salir de ese lugar. Decidió apagarse y apartarse de todo lo que a su alrededor sucedía. Decidió abandonarnos y sumirse en el silencio de su propio ego.

Otras dos personas me engañaron de la misma manera. Me invitaron a jugar. Advirtieron que yo tenía que contar y que ellos se esconderían. Y nunca, jamás, pude encontrarles.

Ahora, cada vez que alguien me invita a jugar a las escondidas, solicito el sello de garantía. Pues me niego a aceptar la imitación.

Ese lugar en el que se encuentran acabará cediendo. Ese agujero se iluminará. Esa balda se romperá. Está bien esconderse alguna vez. Por algún tiempo. Probar un poco del lado oscuro para aprender a valorar la grandeza de la luz. Pero no permitas que pase mucho tiempo. Acabarás adaptándote y olvidando que aquí fuera, estamos buscándote.

Sé que a ellos les gusta estar informados. Y que donde están tienen conexión de internet. Y que, con casi total seguridad estarán leyendo esto.

Por una cuestión de protección de datos de carácter personal, no diré tu nombre, ni el tuyo, ni tampoco el tuyo. Solo quiero que sepan que aquí fuera, tenemos a todos los cuerpos de seguridad en alerta. Tus fotos tapizan las calles de la ciudad. Esa felicidad que buscabas está aquí y no ahí donde estas. Ahí no estás viendo todos los milagros que suceden cada día. Solo tienes que tomar la decisión. Hazlo. Estaremos aquí fuera esperándote. Siempre.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

XGames 2010




Un deporte extremo es aquel cuya práctica lleva inmersa una inminente peligrosidad. Es un deporte en el que por algún momento arriesgamos nuestras vidas, y que, durante su práctica genera una cantidad de adrenalina que provoca una especie de éxtasis en el ser humano. Este riesgo que arropa el deporte extremo, puede crear adicción, o, en mi caso, miedo. Mucho miedo. Tanto miedo que tras haber intentado practicar varios deportes de esta categoría, terminé entendiendo que nunca podría disfrutarlos. Claro, los llevaba a cabo, ¿Cómo no hacerlo? Una vez que estas arriba tienes que saltar ¿no?

La decisión de saltar o no desde un avión se toma en tierra, no en el avión. En el avión ya no hay vuelta atrás. Y así sucede en todos los deportes extremos. Una vez que estás arriba, saltas. Porque una característica primordial de estas actividades de riesgo es que siempre vas acompañado de tres, seis o más personas que te animan a seguir adelante, y si no lo haces, eres, en términos coloquiales, una gallina. Por tanto, si subes, saltas.

Después de saltar, zambullirme, hacer triples-mortales (que no llegaban a ser medio mortal), se desencadenaban en mí tres sentimientos: en primer lugar, el dolor de alguna parte del cuerpo que por antonomasia se lesionaba. En segundo lugar, y detonado por el dolor, sentía agradecimiento por no haber sucumbido segundos antes. Y, en tercer, y último lugar, sentía cansancio. Finalmente, mientras todos se decían el uno al otro quien era el más valiente, yo bostezaba y continuaba agradeciendo a Dios.

Eso fue el 2010. Un año de deporte extremo. Un año lleno de saltos al vacío, de caídas libres por varios kilómetros, de piruetas mortales, de andanzas en cuerdas flojas y de paseos sin brújulas.

Hasta aquél que no disfruta, en lo absoluto, de los deportes extremos los tuvo que vivir. Tuvo que experimentar el riesgo de pérdida, el extravío del control, el contacto directo con lo desconocido y la cercanía absoluta a un yo errante. Todos, durante este año extremo, nos vimos en situaciones realmente atemorizantes. Situaciones que nunca imaginamos vivir y que sin embargo las pudimos superar. Sin darnos cuenta, y cuando ya nos encontrábamos en el avión, a muchos pies de altura, dimos muchos saltos al vacío. A veces creímos que sabíamos exactamente el lugar donde íbamos a aterrizar, y sin embargo, no fue así. No tuvimos tiempo de pensar, o de analizar los movimientos. Fuimos destinados a un ejército sin entrenamiento. Estuvimos perdidos, vagando entre la maleza hasta ubicar nuestro norte. Pensamos que nunca divisaríamos el horizonte que buscábamos.

De pronto un horizonte borroso se perfila frente a nosotros, y nos destina ha seguir adelante. Y, aunque el cansancio ya hace mella en nuestros músculos, seguimos adelante. Seguimos, porque ahora, con los pies en la tierra, podemos sentirnos campeones. Campeón por haber saltado del avión cada vez que te viste en uno. Campeón por haber enfrentado a tantos demonios. Campeón por haberte hecho amigo de ti mismo. Campeones por haber superado todas las pruebas de preparación para un futuro maravilloso. Campeones por haber esperado hasta el final. Campeones por no haber desistido en la lucha. Campeones por haber soportado uno, dos y tres golpes. Campeones que, para el próximo año recibirán como recompensa un trofeo mágico.

El 2010 ha terminado. Durante 365 días hemos estado en una gran caída libre, pero ya hemos llegado a tierra. Ahora es momento de respirar normalmente, de regularizar las pulsaciones de nuestro corazón, de decirle a nuestros cuerpos que ya todo ha pasado. Ahora es momento de sentir esa relajación que sigue a la descarga de adrenalina y de agradecer a Dios por habernos mantenido con vida. Ahora es momento de brindar por todos los campeones que habitan el planeta tierra.

martes, 28 de diciembre de 2010

Herodes, te salió muy mal





Es indiscutible la capacidad que tienen los hombres de terminar celebrando los hechos que durante algunos años pudieron ser conmemorados con las banderas a media asta y ceremonias en silencio. El recordar año tras año un día específico, en el que sucedieron hechos cargados de tristeza, nos lleva, en algún momento, a su obligatoria conversión en un día cargado de fiestas y alegría. Pasa de ser un recuerdo desolado a uno que nos da la oportunidad de reír.

Y, eso fue, precisamente, lo que hicimos con el día de hoy. Del mismo modo ocurre con muchos recuerdos y acontecimientos. Paulatinamente y por mero sentido de supervivencia nos vemos en la imperiosa necesidad de convertir la hiel en miel. Puede que tengan que transcurrir algunos años, pero siempre, siempre operará esa transformación necesaria.

Hace muchos años –todos los de Cristo-, Herodes, un Señor que siempre me ha caído muy mal, decidió mandar ha asesinar a todos los niños varones menores de dos años nacidos en Belén, para acabar con la vida del recién nacido hijo de Dios y verdadero Rey de Reyes: Jesús. Herodes, mientras se comía una jugosa pata de pavo, recibió la visita de los Reyes Magos. Inocentemente –de allí el nombre de la festividad- los reyes magos tuvieron la genial idea de ir a contarle a Herodes que habían adorado al hijo de Dios hacía unos días en un pesebre. Y lo que sucedió después del chisme ya lo sabemos.

Es de suponer que durante muchos años este día significó rememorar a todas aquellas pequeñas vidas que fueron arrancadas de los brazos de sus madres. Puedo imaginar la tristeza que por mucho tiempo embargó al 28 de diciembre. Y, sin embargo, hoy, dos mil diez años después, este día es de algarabía.

Mas que de algarabía, yo diría que es de Alerta Roja.

El sentido del humor de las personas que me rodearon durante mi infancia y adolescencia era realmente extraño. Es decir, ¿Porqué decirle a una niña de 10 años que su tío a muerto? ¿Porqué decirle que su mejor amigo se ha cambiado de colegio? ¿Por qué decirle que el perro se ha comido a su hámster? ¿Porqué decirle que el presidente del país ha dimitido? ¿Porqué decirle 24 horas después que ha regresado al poder?... Y, mientras fui creciendo la intensidad y morbosidad de las mentiras fue en aumento. Año tras año fui temiendo más la llegada de este día. Y, en definitiva, eso fue lo que provocó que cada 28 de diciembre yo encendiera una luz de alerta ante cada noticia, mensaje, palabra dicha o no dicha, expresión, notita secreta, llamada telefónica, etc. La imaginación de las personas evoluciona, y no importa cuantas bromas te hayan gastado en tu vida porque siempre volverás a caer. Hoy no creo, con todo el respeto de mi Señor, ni el padre nuestro.

Pero la etapa crítica es la comprendida entre los 8 y 20 años. Ese es el momento mas alarmante porque durante esos años no existe el temor, ni se tiene conocimiento de la teoría Causa-Efecto. Nada importa y por tanto, las bromas pueden llegar a causar estragos en tu vida. Atentan contra tu integridad psicológica, tus amistades, tus relaciones de pareja, tu sexualidad. Para hacerlo mas trágico y mortíferamente dañino, quien cae en la broma siempre buscará VENDETTA, y durante todo un año, planificará la manera de hacer pagar a su verdugo. ¡Cuánto agradezco a Dios haber pasado por esa humillante etapa y haber salido ilesa!

Hoy leí las noticias del periódico matutino, y sin embargo no las creí, porque, seguramente, eran mentiras. La luz no subió en España, por tanto seguirá costando lo mismo en el 2011, y tampoco hará mas frío. Las temperaturas subirán y un sol radiante nos arropará durante lo que queda de año.

No puedo dejar de pensar en un amigo, y compañero, que cumple años hoy. Imagino a su padre llamando a los familiares:

-¡Que estamos en el hospital! ¡Ha nacido el Bebé!

Y todos respondiendo: “Si, Si, ya…”

-¡Que sí! ¡Que ya nació!

-Si… si… claro…

Al pobre bebe nadie lo visitó hasta el día siguiente.


Una vez más, el bien triunfa sobre el mal. Herodes no logró asesinar a nuestro Señor Jesucristo. Y hoy, en vez de llorar – que seguramente era lo que buscaba – reímos a mandíbula batiente de la inocencia propia y ajena. –Más de la ajena que de la propia-. Te salió mal Herodes. Te salió muy mal.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La apertura de regalos


Quizás la imaginación de cuatro niñas de entre 5 y 7 años, sea realmente poderosa, pero de lo que sí estoy segura, y nadie, nunca, podrá hacerme dudar, es de que nosotras vimos a Santa. La noche del 24 de diciembre del año 1987 –si mi memoria no me falla-mientras nosotras jugábamos en la terraza de la casa de la abuela a detectar la presencia de un fantasma, los adultos debatían en la cocina, sobre el incremento del precio del barril de petróleo. En aquella casa, según se rumoreaba, habitaba el espíritu de un hombre con sombrero que aparecía por las noches. Así pues, y en aras de lograr detectar alguna señal de aquel alma en pena, nos sentamos mirando hacia el cielo. Inmóviles y en completo silencio. Y fue allí, mientras jugábamos a cazar a un fantasma, cuando vimos el trineo de Santa. Y no, no era una estrella fugaz ¡por Dios! En aquél momento ya sabíamos la diferencia entre un trineo, una estrella, un avión y Super Man.

En medio de nuestra estupefacción pudimos entender lo que había sucedido, y rápidamente nos dirigimos al árbol de navidad. Al llegar al sitio, nos embargó una alegría que no se puede explicar con palabras. Allí, junto al árbol, y las miradas expectantes de nuestros padres, tíos, y abuelos, se encontraban nuestros regalos.

Una niña puede que se haya equivocado, pero cuatro niñas no. Nosotras vimos el trineo de Santa.

¿Existe algo más hermoso que ese momento en el que los niños encuentran los regalos bajo el árbol? Es magia pura. No importa lo que este pasando en tu vida. Puede que te hayan despedido de tu trabajo, y que en tu cuenta bancaria esté en números rojos, o puede que estés lejos de los tuyos o que se te haya quemado el pavo en el horno. Pero si estás ahí, en ese momento, en el que un niño encuentra su regalo, y mira a su papa y a su mama enseñándole su tesoro, mientras sonríe y le brillan los ojos, todo se esfuma. No hay tristeza o melancolía que la apertura de regalo de un niño no pueda curar.

Si yo pudiera elegir una profesión en este preciso instante, sería la de “observadora internacional de apertura de regalos”. Me dedicaría a ir de casa en casa justo en el momento en el que los niños encuentran los regalos. Y luego les acompañaría al parque a estrenar la bicicleta y los patines, y les haría un video mientras intentan mantenerse en una pieza. Pero también captaría las caras de los padres. Esos padres que sin importar lo que sucede en sus vidas, disfrutan con sus hijos mientras se caen con los patines nuevos. Grabaría sus carcajadas para luego copiarlas en un CD. Luego, enviaría por correo las imágenes de aquel día. Así nunca olvidarían lo hermoso de aquel momento. Así nunca olvidarían que ese niño, es y siempre será la fuente de sus alegrías e ilusiones.