martes, 9 de noviembre de 2010

La Segunda es la Vencida


Durante mi vida he recibido únicamente dos bofetadas: una me la merecía, la otra no. Aquella que no merecía no surtió ningún efecto, salvo perpetuar la burla hasta el último de mis días. La que merecía cambió mi vida.

Por alguna extraña razón, en ambas ocasiones la bofetada me fue propinada con público. Siendo por tanto doblemente dolorosa, pues el ardor de la piel pasa a los pocos minutos, pero los comentarios de los testigos pueden ser devastadores: ¡Te hubieses visto la cara! ¿Te dolió? ¡Es que casi te caes! –Todos estos acompañados con rizas asfixiantes para mayor desgracia-. Incluso, un par de amigas siguen manifestando su deseo de poner alguna inscripción aludiendo a este hecho en mi tumba.

La primera bofetada la recibí de mi abuela. Nos encontrábamos en la fiesta de cumpleaños de mi hermanito, junto a unos 30 invitados que disfrutaban de la celebración. Ella, mujer fuerte, vigorosa y bastante temperamental se negaba rotundamente a que yo, niña de 10 años con cámara fotográfica nueva le tomara una foto. En un leve descuido de mi abuela, tomé mi cámara y me acerqué lentamente hacia el lugar donde se encontraba. “Clic” se escuchó. Inmediatamente se levantó de su silla y sin mediar palabras se abalanzó sobre mí. Yo le miré con ojos de corderito, pero, lamentablemente mi técnica no surtió el efecto que deseaba. Me acorraló en una esquina del recinto mientras mi grupo de amigas –unas 8 o 10 aproximadamente- miraban con curiosidad el espectáculo. Levantó su musculoso brazo y me asestó la bofetada. Los segundos posteriores al golpe no los puedo recordar. Quizás sea amnesia post-traumática, pero lo cierto es que unos minutos después yo estaba con mi cámara nueva retozando por entre los invitados y captando imágenes para inmortalizarlas en el tiempo.


La segunda fue ocho años después.

La segunda y última ocasión en la que recibí una bofetada fue presenciada, una vez más, por un grupo de amigas. Estas eran otras y ninguna había formado parte del público de la primera.

Ocho años después me encontraba yo en el momento más álgido de la crisis existencial ocasionada por la adolescencia. Me revelaba frente al mundo y cantaba: “Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír…”.

De pronto, la opinión de mis padres ya no podía ser tomada como cierta y buscaba la verdad absoluta –como si yo pudiera encontrarla- fuera de las cuatro paredes del hogar donde había crecido. Comenzaba a cuestionarlo todo, y cuando digo todo, me refiero a todo. –el sistema de gobierno, el horario del colegio, la dieta que se seguía en casa, el uso indiscriminado del triturador de alimentos, el consumo de pollos estresados, la apatía de nuestros alcaldes ante la destrucción del medio ambiente, la lentitud con la que transcurrían los años, la existencia de usos y costumbres impuestos por la sociedad, la obligación de tener que usar trajes y chaquetas en la facultad de derecho, las normas, la inminente presencia de normas en todo ámbito que me rodeaba, entre otros-.

Aquella noche, a sabiendas de que mi madre me respondería con un frío “NO”, yo había solicitado el permiso de ir al cine con mis amigas a mi padre, quien había accedido ante mis manipulaciones con un “SI” no muy seguro.

En mi habitación nos encontrábamos mi hermana, mis tres amigas y yo, haciendo ese ritual que precedía a las salidas: Cada una traía su mochila con la ropa que había escogido meticulosamente dos días antes, incluso habían comprado algún accesorio que hiciera juego con sus zapatos o el color de la camiseta. Sin embargo, en ese momento nadie se sentía conforme con lo que había elegido 48 horas antes –lo que entenderíamos años después es que nadie se sentía conforme con nada en aquellos años- y comenzaba el intercambio textil: “¿Me prestas tus pantalones?” ¿Me veo bien? ¿Puedo ver lo que tienes en tu armario? ¡Si claro, usa lo que necesites! Este proceso se desarrollaba únicamente con hilo musical. La música formaba parte de todos nuestros actos. Sin música no comíamos, no bailábamos, no hablábamos, no nos vestíamos. La música era elegida en función de nuestro estado de ánimo, por ejemplo, para momentos de rebeldía extrema optábamos por Silvio Rodríguez (trovador cubano), para cuando sentíamos incomprensión ante los ataques injustos de la sociedad preferíamos el estilo rockero, y de cuyo gran abanico, escogíamos una mas o menos intensas dependiendo de la gravedad del daño moral que hubiésemos sufrido.

Finalmente, y mientras terminaba de sonar la última canción del disco de Metallica, me dirigí hacia la habitación de mi madre.

-¡Mamá, ya me voy! Mis palabras fueron rápidas, como también lo fue la reacción de mi progenitora.

-¿Perdón? Respondió ella, ladeando su cabeza y mirándome tan fijamente que sentí ansiedad y una necesidad inmediata de correr.

Mi respiración se aceleró. Solo tenía unos pocos segundos antes de que mi madre lograra entrar en mi cabeza y pudiese saber todo lo que yo había planeado. Ella tenía ese poder. Ella podía leer mis verdades hasta en el más mínimo movimiento que hicieran mis pupilas. Tenía que haber sido más rápida. Pero claro, yo olvidaba en aquel momento que ella me ganaba en edad, experiencia, y sobre todo, en inteligencia.

- Termina de entrar. Y cierra la puerta. Dijo ella.

“Cierra la puerta”. Esta frase llevaba inmerso un significado sumamente grave para mí. Significaba que iba a hablar conmigo. Había descubierto mi plan. Lo que iba a decirme era tan grave, que no podía siquiera ser escuchado por mi hermana que se encontraba en la habitación contigua. “¡Dios! ¡Dios! ¡Protégeme!” pensé.

- ¿A dónde vas? Me preguntó, mientras que, con la serenidad que le identifica, continuaba zurciendo un agujero que le había hecho mi hermano a uno de sus pantalones.

- Al cine. Respondí intentando mantener en secreto mis emociones
-¿Ah sí?

La ironía. Era de esperarse. La depredadora jugaba con su presa antes de aniquilarle.

-Y, si se puede saber, ¿A quien le has pedido permiso? Continuó

Como quien guarda esa última carta bajo la manga en una partida de póker, llené mis pulmones de aire, y respondí, con orgullo:

- a MI PAPÁ.

Mi madre dejó a un lado el pantalón, y, afortunadamente, también apartó de sus manos las tijeras y la aguja. Se incorporó y me dijo: “Pues, lamento decirte que no vas. Y no pierdas tu tiempo intentando que cambie de decisión”. Seguidamente cogió su teléfono, llamó a mi padre y acordaron revocar inmediatamente el permiso que me había sido otorgado.

En aquel momento, mi madre supo que había hecho caso omiso al orden jurisdiccional que reinaba en mi casa. Había obviado “su instancia” y con premeditación, me había dirigido directamente al “juzgado superior en jerarquía” (mi padre), y esto era algo sumamente grave. Así pues, mi madre decidió, haciendo uso de su poder discrecional, solicitar, de oficio, la nulidad inmediata de todo y cuanto permiso se hubiere podido haber otorgado a mi favor.

El estado de indefensión en el que me encontré generó en mí un sentimiento nunca antes visto en mí: Ira. Así que, frente a los hechos, y en defensa de mis intereses rebatí las alegaciones de mi madre.

-¿Me has quitado el permiso que me dio mi Papá? Pregunte con la cabeza en alto y el pecho afuera mientras le miraba desafiante.

-Si. Respondió secamente

-¿Porqué? Insistí

-¡Porque aquí hay normas y hoy no puedes salir!

-ah ¿Si? En este punto yo ya había perdido toda mi cordura, y continué: “O sea, yo pido permiso para ir al cine y tu vas y me lo quitas porque eres muy lista ¿no?”

(Nota del Autor: en realidad la palabra que dije a mi madre fue otra. Un poco mas fuerte y cuyo significado real solo puede entender un venezolano. Para los venezolanos, dije: “O sea, yo pido el permiso para ir al cine y tu vas y me lo quitas porque te la das de rata ¿no?)

Silencio.

Desde donde yo estaba podía escuchar como se aceleraba la respiración de mi madre. Sus músculos se tensaron inmediatamente. Yo, como el ratoncillo que está dentro del terrario con la serpiente, intenté escapar. Agaché la cabeza y encorvé mi torso como una reacción instintiva para proteger a mi corazón. Había faltado al respeto de mi madre. Ella, llevaba soportando mis respuestas temperamentales de adolescente durante mucho tiempo y esa había sido la última gota que derramaría su vaso –uno muy grande-.

Se incorporó rápidamente y caminó hacia donde yo estaba. Yo, con la visión nublada de terror, abrí la puerta de su habitación y salí hacia el pasillo. En el mismo momento, mi hermana y mis amigas se personaron en el pasillo. Y allí estábamos, yo en una esquina, mi madre acercándose cada vez más a mi encuentro, y un público atento a lo que sucedería. No tenía escapatoria. Estaba atrapada entre la pared y mi madre.

Cuando se encontraba a unos 50 centímetros de distancia de mí, mi madre comenzó a elevar su brazo derecho. Y, así fue como supe que, por segunda vez en mi vida, recibiría otra bofetada. Esta vez por ser estúpida e insistentemente rebelde ante la simple normativa que existía en el Reino de mi casa.

El dolor que me causó esta bofetada fue tan fuerte que no recuerdo las expresiones de las personas que estuvieron presentes, como tampoco recuerdo sus comentarios. Esta vez el dolor no fue físico –pues, en realidad, ella no empleó fuerza-, sino moral. Mi madre, mujer serena, amorosa, y muy, muy paciente, había sucumbido ante mis constantes agresiones verbales y había tenido que tomar una medida extrema. Unos meses después ella confesó: “Esa bofetada me dolió mas a mí que a ella”. Y, le creo.

El efecto de esta segunda y última bofetada se ha prolongado durante muchos años. Este golpe surtió el efecto de “bofetada a un histérico”-y créanme que estoy totalmente en contra de la violencia-. La histeria producida por un novio nuevo a los 18 años, o por la libertad que te asegura alcanzar la mayoría de edad, debía ser controlada. Debía entrar en razón y entender que: todo en la vida tiene su momento, que para cosechar una planta primero hay que sembrar una semilla, que mi familia siempre jugaría en mi equipo, que antes de correr hay que aprender a caminar, que gracias a la existencia de ciertas normas de convivencia la humanidad no ha desaparecido, que vivir cada minuto como si fuera el último no significaba ir a todas las fiestas a las que me invitaran, que la paciencia era un ingrediente clave para mi felicidad, y que tenía que comenzar a desarrollar trabajando arduamente y sin descanso.

Un poco mas de ocho años han transcurrido desde aquella noche y comienzo a creer que las crisis existenciales del ser humano suceden, justamente, cada 8 años, pues, alcanzados los 26 años, comenzó una nueva búsqueda de la verdad, una nueva rebeldía interna que me impulsaba a contradecir las normas que agentes externos intentaban imponerme. Esta vez, circunstancias como la de emigrar a un mundo nuevo, abandonar mi zona de confort para enrumbarme hacia lo desconocido, el hecho de integrarme activamente en la sociedad y el ámbito laboral, descubrir que no todo es tan rápido como lo pensé, y, contraer matrimonio mientras sucedía todo lo anterior, generó en mí una nueva crisis, pero que, a diferencia de las otras, no me ha supuesto una bofetada mas, pues, cada vez que siento la necesidad de correr en vez de caminar, o de cosechar un árbol sin haberlo sembrado, recuerdo aquella noche en la que la vida me enseñó que a veces las cosas no suceden como y cuando uno las quiere, pues “todo sucede en el lugar y el momento perfecto”. Además, si cada vez que intente burlar la normativa del ritmo natural de las cosas voy a recibir una bofetada, como ha venido ocurriendo, estadísticamente hablando, opto por seguir marchando al compás que me marque la vida.

jueves, 5 de agosto de 2010

La Luciérnaga


I
ATRAPADA



El oxígeno se agotaba. Podía sentirlo. Su respiración se hacía cada vez más forzada. Ella había escuchado en varias ocasiones que la cantidad de oxígeno que podría haber en un lugar cerrado dependía de los metros cúbicos que tuviera el área. Pero en ese momento no podía pensar en medir las paredes que le tenían presa del miedo y la desesperación.

Había transcurrido mucho tiempo. Quizás una hora o quizás fueron solo unos minutos.

“¿Por qué no funciona mi luz? ¡Enciéndete! ¡Enciéndete!... Por…Por favor…” La orden se desvaneció en un lamento. Ella creía conocer todos los detalles de su biología.

“¡Por favor! ¿Dónde estoy? ¿Hola? ¿Alguien puede ayudarme? ¡Auxilio! ¡Auxilio!” gritaba mientras tiritaba de miedo. Nadie respondió. Estaba sola.

“¡Que tonta fui! ¡Tonta! ¡Mil veces Tonta!” La ira empeoró la situación. El oxígeno era cada vez más escaso. Su respiración se aceleró mientras recordaba el trágico suceso que la había llevado a esta cárcel. “¡Idiota!”

“No puedo res…” no pudo terminar de pronunciar la palabra. Sus alas no pudieron moverse. Su diminuto corazón redujo los latidos al mínimo. Su cuerpo se preparaba para sobrevivir y ella cedió ante la naturaleza. Se tumbó en el suelo, cerró los ojos, y entre lágrimas se entregó a la muerte. Su metabolismo comenzó a hacerse cada vez más lento.

El estado de hibernación se vio interrumpido por un fuerte ruido. Parecía que algo muy grande hubiese caído muy cerca de donde ella se encontraba, pues, junto con el estruendoso sonido se generó una especie de terremoto que la hizo rebotar de un lado a otro. De pronto salió despidida a una gran velocidad del lugar donde se encontraba atrapada y todo se iluminó violentamente. Sus pupilas no se habían adaptado a tan brusco cambio pero sabía que era libre. “¡Oh Dios! ¡Gracias por darme una segunda oportunidad! ¡Era muy joven para morir!” pensó.

La luz la cegó durante unos segundos, pero, paulatinamente, sus pupilas se fueron adaptando a la claridad. Pudo ver donde estaba. Junto a ella, se encontraba lo que parecía ser la tapa que cubría una caja –en la que había estado encerrada-. Se acercó y leyó una etiqueta que tenía adherida:

________________________

Pret A Manger SL
Gran Vía nº 210
Madrid, España

Contenido: 20 kg Escargots
__________________



Al leer la etiqueta revivió la decisión que por poco le quita la vida. “¡Tonta!”

II
EL ORÍGEN


Durante las últimas semanas, debido a la sequía, no había podido alimentarse apropiadamente. La Selva Venezolana estaba atravesando por una de las sequías más crueles. Ella, una luciérnaga joven, vivaz y alegre, decidió explorar una casa a la que nunca había entrado. Nunca había entrado a ningún lugar donde habitaran humanos, pues su madre se lo había prohibido: “¡Ni se te ocurra! ¡Los humanos son peligrosos! ¡Te matarían!”.

Esa mañana, su madre, la Sra. Mariluz, había regresado a casa con las manos vacías. Ella, como madre al fin, intentó mostrarse positiva, pero en el fondo estaba aterrada con la idea de que su familia pudiera morir de inanición. La hija pudo notar el miedo en los ojos de su madre.

- ¡Adiós mamá! Regreso en un rato
- ¿A dónde vas?
- A jugar con Átomo. Me está esperando en el río
- Muy bien… ¡Cuídate mucho! ¿Si? ¡Y cuidadito con inventar alguna tontería!
- ¡Tranquila mamá! Adiós.

Átomo le explicó como llegar a la ciudad.

Cuando el sol se hizo más fuerte y comenzaba a deshidratarla llegó a la ciudad. Ella desconocía el método con el cuál los hombres contaban el tiempo. Pero su estómago le indicaba que era hora de hacerse con alimentos ricos en proteínas para ella y su familia. De pronto, y mientras se escabullía por entre algunos árboles de un restaurante sintió el aroma de su comida preferida –y de todas las luciérnagas: caracoles-. Su estómago comenzó a rugir, pero se concentró en estudiar la situación.

“¿Cómo puedo llegar a ellos? ¡Solo me llevaré tres! ¡Uno para cada uno de nosotros! ¡Luego vendré a por mas!” pensaba. La idea de proveer de alimento a los suyos le llenó de tanta alegría que se iluminó una y otra vez.

Ella logró divisar, desde el borde de la ventana, una especie de objeto cuadrado en cuyo interior yacían decenas de caracoles. De pronto sintió una corriente de aire casi imperceptible que provenía de la rendija que separaba las dos hojas de la ventana. “¡esta abierta! ¡Allá voy!” se dijo mientras se introducía suavemente por el espacio de la ventana entreabierta.

- ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Reía y gritaba de emoción.

Se dejó caer en el contenedor de Caracoles y allí fue la luciérnaga más feliz del mundo. Nadaba en caracoles. Comió uno y jugó con el resto mientras pensaba en como transportar la mayor cantidad posible a su hogar. De pronto vio como algo venía sobre ella, y con ello se quedó en la más completa oscuridad que jamás había visto.

¡Auxilio! ¡Estoy aquí! ¿Por qué está todo tan oscuro? ¿Hola? Comenzó a llorar de miedo.

III
LA PRUEBA


¿Pero…Que son Escargots? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Ella pensaba que se había enfrentado al único miedo que tenía pero lo cierto es que la verdadera batalla estaba por comenzar.

La oscuridad le aterraba. Y era lógico en ella pues al ser bioluminiscente podía iluminar todo cuanto quisiera y cuando quisiera. Sin embargo, esta vez, mientras estuvo encerrada en la caja de caracoles su colita no se iluminó.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una voz muy grave que la aterró. Se escondió rápidamente tras unas piedras.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Tú, gusanito, sal de ahí! ¡No te voy a hacer daño!

Respiró profundo y salió lentamente de la piedra tras la cual se mantenía escondida. Estaba en un jardín hermoso. ¡Cuantas flores! Dijo mientras por primera vez estudiaba todo lo que le rodeaba en aquel momento.

-¡Eh! ¡Gusanito! ¿Eres sordo?

-¿Dónde estas? Y ¡No soy sorda!, dijo un poco irritada.
- ¡Aquí! ¡Soy el árbol que esta un poco más cerca de las rozas blancas! ¡Mira hacia tu derecha gusanito!

Inmediatamente pudo ver al árbol. Era realmente imponente. Simplemente precioso “Una lástima que sea tan mal educado” pensó mientras se acercaba a él.

-¡Hola! ¿Cómo te llamas gusanito? Preguntó el árbol.
-¡Vale ya! ¡Que no soy un gusano!
-¿No? ¡Pues lo pareces! Respondió mientras sus carcajadas retumbaban en el jardín.
-¡Pues no!
-y ¿Qué eres? ¿Un pato? Se ahogó de risa nuevamente.
- ¡Soy una Luciérnaga! ¿No lo ves? Intentó encender su cola y por segunda vez en el día no funcionó. “¿Qué está pasándome?” pensó aterrada.

-¡Vale! Dijo el árbol. ¿Cómo te llamas?
- Lucy
-¡Que original! La luciérnaga “Luci”… El Árbol “Ar”…
-¿Podrías dejar de hacer chistes y ayudarme? Dijo Lucy mostrando en su totalidad el enfado que la embargaba.
-¡Si! ¡Claro! Por cierto, no me llamo “Ar”, me llamo Cotoperí. Un placer
-El Placer es mío. -¿Lo era?-. Esto… Cotoperí ¿Podrías decirme dónde estoy?
-En el jardín trasero del restaurante La Amazona, calle 23, nº 3, Santa Elena de Uairén, Venezuela.
-Eh…y ¿Por qué la etiqueta de la caja dice Madrid?
-Lucy, ¿Conoces algo que se llama Correo? ¿Te suena…? ¿Cartas…? ¿Postales de feliz cumpleaños…? ¿Quizás?

La ironía de Cotoperí comenzaba a irritar a Lucy, sin embargo, era él quien podía responder muchas de sus preguntas – ¿o quizás todas? -.
Cotoperí llevaba 50 años en ese jardín, y lo sabía todo sobre el restaurante: sus empleados (quienes se refugiaban bajo su sombra para llorar o para despotricar del jefe), su jefe (quien se refugiaba bajo su sombra para llorar o para despotricar de sus empleados), sus clientes (quienes se refugiaban bajo su sombra para llorar o para despotricar de los empleados y el jefe de ese restaurante).
El árbol Cotoperí, le explicó a Lucy, que a ese restaurante llegaban alimentos desde distintos lugares del mundo y que eran enviados por correo. Así pues, se apilaban cajas y embalajes en el jardín para luego ser almacenados y posteriormente cocinados en un plato exquisito.

-Pe… Pero la caja estaba en la cocina… ¿Por qué llegó aquí... al Jardín?
-¡Ah! ¡Un error! ¡Pasa mucho! La caja venía desde Madrid, y al abrirla, se dieron cuenta de que ellos no habían pedido Escargots –que no son mas que simples caracoles a los que llaman así para venderlos 50 veces más caros-. Por eso la cerraron –contigo dentro- y la han puesto aquí. En unas horas la enviarán de regreso a Madrid.

-Madrid… repitió Lucy como haciendo un eco.

Lucy siempre había querido ir a Madrid. Era su sueño. La Selva amazónica era quien la había hecho crecer y rodearse de muchos amigos. Pero Europa era donde soñaba vivir. Su madre, Mariluz, le apoyaba y le decía que muy pronto aparecería esa oportunidad mágica que la llevaría al lugar que ella quisiera.
-Cotoperí, ¿Sentiste el terremoto?
-¿Eh?
-¡Sí! Todo retumbó. Yo estaba dentro de una caja y de pronto salí despedida. ¿Lo sentiste?
-¡Ah! ¡Si! Claro… verás estaba lloviendo muy fuerte y además con descargas eléctricas –muy común en estas zonas-. Un rayo golpeó a mi amigo Siempreverde.

La voz de Cotoperí se entrecortó y se hizo suave. Por primera vez parecía estar hablando en serio.

-Que Dios lo tenga en su gloria. Continuó. ¡Míralo! ¡Era un árbol de su casa! ¡Padre de familia! ¡Deportista! ¡Nunca le hizo daño a nadie!

Lucy miró hacia donde se encontraba Siempreverde. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Temblaba de solo ver el tamaño de ese árbol. Su respiración se aceleró y de pronto sintió la necesidad de salir huyendo. Quería irse de ese lugar. “¡Tengo que salir de aquí! ¡Ese árbol… ¡ No, no puedo…” pensaba. Estaba aterrada.

-¡Eh! Lucy… ¿Estas bien? ¡Pareces que has visto un muerto!...bueno… si… está muerto… pero es un árbol muerto… y esos no dan miedo.. ¿O si? Preguntó Cotoperí.

-No… estoy bien… Lucy intentó controlar su respiración. Inhala. Exhala. Inhala. Exhala.

La conversación se extendió hasta el anochecer. Cotoperí resultó ser especialista en “Luciérnagas” ya que solían anidar en la corteza de su tronco. Así pues, le explicó a Lucy que cuando se siente amenazada su luz no enciende. Por ello no encendió mientras estuvo encerrada en la caja de escargots. La luz de las luciérnagas es una alabanza a la alegría. Es como para los humanos una sonrisa indeleble. Solo cuando se sienten plenas, felices, y en paz consigo mismas pueden alumbrar. Solo cuando los humanos se sienten plenos, felices, y en paz consigo mismos pueden mostrar una sonrisa indeleble. Son dos formas de alumbrar: una con una lucecita en su cola y el otro con un brillo en los ojos que encandila.

Cotoperí había desarrollado dos virtudes en su larga vida: era paciente como ningún otro ser vivo. Y además, sabía escuchar. Era, a decir verdad, el psicólogo del Reino Vegetal. Al caer la noche Lucy le había confiado toda su vida al árbol.

-Lucy… ¿Te gustaría irte a Madrid? Preguntó el árbol sabiendo de antemano la respuesta que recibiría
-Eh… ¡Sí! ¡Me encantaría!
-¡Pues manos a la obra! ¡Te ayudaré! ¡Tienes que entrar en la caja! ¡En unas horas la cerrarán y la enviarán de regreso a Madrid! Dijo el árbol con entusiasmo.

Lucy pensó en su familia. ¿Cómo podría dejarlos? ¿Quién les llevaría alimento? ¿Podría vivir lejos de ellos? Cotoperí, acostumbrando a estudiar el lenguaje corporal de quienes se refugiaban bajo su sombra, descifró los pensamientos de la luciérnaga.

-Lucy… ¡No te preocupes por tu familia! ¡Ellos estarán bien! ¡La sequía está por terminar! ¡Lo siento en mi cuerpo! Bueno… en mis hojas.

La melancolía embargaba a Lucy, pero decidió que la oportunidad de ir a un nuevo mundo quizás no se repetiría. Era ahora o nunca.

-Lucy debes ir a la caja ahora mismo. Están cerrando el Restaurante. Le inquirió el árbol.
-Si, lo sé.
-¡Anda, ve, la caja esta detrás de Siempreverde! ¡ve y escóndete dentro!

Lucy dejó de respirar.

-¡Lucy! ¡Comienzas a preocuparme! ¿Qué te pasa? ¡A la caja! ¡Ya! Exigió. Pero Lucy estaba catatónica. No podía pensar. Solo podía ver la magnitud del árbol. Tendría que subir por su tronco y escalar hasta el otro lado. ¡No! ¡No podré hacerlo! Pensaba.

-Eh… No, Cotoperí, lo siento, pero no puedo. Me voy a casa.
-¿Qué? ¿Qué no puedes? ¿De que hablas?
-No puedo ir hacia el otro lado. No puedo acercarme a… al árbol muerto… es muy grande… no… y se derrumbó en un mar de lágrimas.
-Lucy, tranquila. ¡Es un árbol! ¡Muerto! ¡Solo tienes que subirte en su tronco y caminar sobre el hacia el otro lado! ¡Detrás está la caja!
-No
-¿Por qué?
-Porque es muy grande
-¿Y?
-¡Y me aterra!
-¿Por qué?
-¡No lo sé! ¡No sé que hay detrás! Respondió.

Cotoperí se quedó en silencio. Nunca había conocido a una luciérnaga que le tuviera miedo a los árboles caídos. ¿Qué puede ser? ¿Qué tipo de…? “Ah… quizás…” pensó el árbol.

-Lucy… Detrás de ese árbol está la caja que te llevará a hacer tu sueño realidad. Esta mañana comenzó como un día cualquiera, y mira hasta donde te ha traído. Estuviste encerrada en una caja durante horas. Luego hubo una tormenta eléctrica que derribó a Siempreverde. El impacto de él sobre el suelo hizo que salieras despedida de la caja. Tú y la tapa quedaron de este lado, y la caja del otro lado. Y te conocí. ¡Durante las últimas 15 horas, han ocurrido milagros en cadena! Y todo para que tu, mi pequeña Lucy, hagas tu sueño realidad…

Lucy yacía en una piedra y escuchaba atentamente a Cotoperí.

-El tronco de ese árbol es muy grande. Lo sé. Y, quizás no sepas que hay tras él. Lo desconocido siempre da un poco de miedo. Pero, imagina que no está el tronco del árbol… ¿Qué ves? Preguntó Cotoperí.

-Eh… supongo que está la caja.
-¡Exacto! Y ¿A dónde te llevará la caja?
-Eh… a ¿Madrid?
-¡Correcto! Lucy, puede que no sepas muchas cosas, pero lo único que realmente importa es que sabes lo que hay detrás de este obstáculo. Detrás de él está tu sueño. Detrás de el esta tu felicidad. La vida es como este jardín: para llegar a donde soñamos llegar hay que enfrentarse a obstáculos enormes y cuya magnitud nos impiden ver más allá, pero lo importante es saber que detrás de él está lo que buscamos.

Lucy no sabía si lloraba de tristeza o de alegría. Ella sintió como un enigma que mantenía guardado en su ser de pronto se había resuelto y le daba fuerzas para seguir adelante –no sin temor-.

-Lucy, tu crees que eres pequeña, diminuta, insignificante ante la grandeza del mundo que te rodea, y quizás por eso temes enfrentarte a este gran árbol caído. Pero quiero que sepas que no eres pequeña. No muchos hubiesen emprendido un viaje a la ciudad en busca de alimento. ¿Cuántos hubieran hecho lo que tú? Muy pocos hubieran tenido tu valentía. ¡Eres grande! ¡La naturaleza te ha dado luz para que ilumines todo cuanto te rodea! ¡Y debes estar feliz para hacerlo! Y, si sabes donde está tu felicidad pues haz lo que tengas que hacer para que alumbres ese lugar.

-Si… es justo lo que voy a hacer. ¡Voy a iluminar todo Madrid! Dijo Lucy mientras el llanto se confundía con carcajadas. Se puso en pié –o en patas-, y se dirigió hacía el tronco del difunto Siempreverde. ¡Gracias Cotoperí! ¡Muchas gracias por todo! ¡Gracias por...! La despedida se vio interrumpida por una voz que llamó a Lucy: ¡Lucy! ¡Lucy!

Lucy giró su cuerpo y a lo lejos pudo divisar a un pequeño cuerpo. Podía reconocerlo a muchos metros de distancia. El cuerpo se fue acercando cada vez más.
-¡Mamá! ¡Que bueno que estás aquí! Gritó Lucy mientras corría hacia ella. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras se aferraba al cuerpo de su madre.

-¡Hija! ¡Lucy! ¿Cómo estás? ¡Estábamos preocupados! ¡Átomo nos dijo que habías venido a la ciudad! Y, supusimos que estarías aquí.

-¡Estoy bien mama! Eh… mamá… del otro lado del árbol caído está una caja que me llevará a Madrid. ¡No quiero dejarte! ¡Ven conmigo!

Mariluz sonrió y abrazó nuevamente a su hija.

-Hija, yo cuando tenía tu edad hice todo lo que pude para ser feliz. Luego naciste tú, y tus hermanos. Desde ese momento mi felicidad radica en que ustedes hagan todo lo que puedan para ser felices. Y si tu felicidad es ir a Madrid, la mía es ver como lo haces. No puedo dejar a tus hermanos hija. Además no me gusta la comida mediterránea. Yo soy más del Caribe. Ve hija. Anda y haz tu sueño realidad.

Lucy abrazó a su madre y así estuvieron hasta que la voz grave de Cotoperí les alertó. “¡Vamos! ¡Es hora! ¡Ya viene el Chef a recoger la caja!”

Lucy se enrumbó hacia el tronco. Su madre la acompañó. En varias ocasiones Lucy sintió que se le nublaba la vista del pánico, pero sujetó la mano de su madre. De pronto todo pasó. Ya estaba del otro lado. ¡Si! ¡Lo logré! ¡No había nada malo tras el tronco! ¡Solo la caja! ¡Solo mi sueño! Gritaba Lucy.

Se abrazaron madre e hija una vez mas y Lucy entró en la caja. Se escondió tras los escargots.

-¡Eh! Sra. Mariluz. ¡Venga! ¡Escale por mi corteza para que pueda ver el despegue de su hija! ¡Por cierto! ¡Un placer conocerla! ¡Tiene ud. una hija maravillosa!
-¡Si! ¡Lo sé!

El chef del Restaurante La Amazona salió por la puerta trasera y se dirigió hasta el lugar donde él recordaba haber dejado la caja de escargots. Se dibujó una mirada de desconcierto en su rostro mientras buscaba. Se horrorisó ante el árbol Siempreverde derrumbado por la tormenta y finalmente encontró la caja. Marilúz y Cotoperí observaban en silencio. El Chef tomó la caja, miró en su interior y luego la cubrió con la tapa.

El chef caminó con la caja en el regazo, y mientras se alejaba, Mariluz y Cotoperí pudieron ver en el interior como una luz se encendía y se hacía cada vez más brillante.

domingo, 25 de julio de 2010

La Cámara


Llegué a mi trabajo a las 10 de la mañana. Al entrar en mi oficina pude ver la terrible angustia que se dibujaba en los rostros de mis compañeras de trabajo. Por primera vez no pude oír el latido de nuestra oficina –el sonido producido por los 6 teclados que trabajaban sin cesar-. “¡Oh Dios! ¿Qué ha pasado?” pregunté.

Mis compañeras levantaron sus cabezas lentamente y enfocaron sus miradas hacia la cámara de seguridad que se encontraba en una de las esquinas de nuestra oficina. Una de ellas señaló la cámara y dijo: “Lo siento, pero tengo que hacer la pregunta de rigor. Hasta ahora todos han contestado que no. ¿Has sido tú quien puso eso sobre la cámara?” Todas fijaron los ojos en mí. Por momentos me sentí culpable. Pero no, no había sido yo, y, lamentablemente, en ese momento no sabía contra quién formular cargos.

-“No, no he sido yo” respondí mientras estudiaba la escena.

La cámara de vigilancia -ese aparatito blanco con una luz roja que, en circunstancias normales se iluminaba intermitentemente y que, según nuestros jefes no grababa sino en aquellos momentos en los que la seguridad de nuestro despacho se pudiera ver menoscabada-, se hallaba al ras del techo en una esquina de nuestra oficina. Pero, esta vez no había luz, pues la cubría una toalla amarilla. En el suelo, justo debajo de la cámara, se encontraba dispuesta una silla, y sobre la tapicería azul que cubría el asiento de ésta, había quedado plasmada una huella de zapato. “…que pié tan grande” pensé.


Como era de esperarse, y haciendo uso de toda la pericia que ha absorbido nuestra generación de las series policíacas, entre todas logramos recrear la escena del hecho que hasta ahora no podíamos catalogar como crimen: La última persona salió del despacho a las 3 de la tarde. Nadie volvió al despacho hasta aquella mañana a las 8 cuando encontraron la cámara oculta bajo una toalla. Se trataba de una persona, presuntamente varón y de una edad comprendida entre los 14 y los 70 años –la huella era de un pie de gran tamaño, por tanto debía pertenecer a un hombre; Los hombres pueden alcanzar esa talla de calzado a los 14, pero, pasados los 70 ya no suelen subirse a sillas para cubrir cámaras de vigilancia-. El presunto hombre, tomó la toalla del gimnasio que una compañera había dejado en su mesa, arrastró una silla hasta ubicarse debajo de la cámara y se subió a ella para cubrir la misma.

Mientras hacíamos fotografías de la escena, mi mente se inundó de pensamientos:
“Que extraño… el presunto hombre de pie grande entró y no fue visto por la cámara de seguridad de la entrada, luego entró a nuestra oficina y tampoco fue captado por el aparatito… Se sube a una silla…cubre la cámara con una toalla y ¿Tampoco se activa la alarma de seguridad? ¿Qué tipo de seguridad nos brinda entonces este sistema? ¿Cómo puede haber alguien burlado todas las cámaras sin que se activara la alarma? ¡No puede ser!... a menos que…”

“¡Lo tengo!” Dije en voz alta. No debí. Todas me miraron con curiosidad. “No, no es que ya sepa a ciencia cierta quién ha sido, pero creo saber donde trabaja” respondí con cautela. No quería dar información sin antes comprobar su veracidad. “No se preocupen, averiguaremos quien ha sido el intruso, y sobre el caerá: Todo el peso de la… ¿Ley?” dije antes de irme rápidamente a mi ordenador. Tenía mucho trabajo que hacer –no de aquel por el que me pagaban claro está-.

“El nombre debe estar por aquí… en algún sitio” pensaba mientras buscaba entre las facturas que había recibido el Despacho el último mes. La empresa de seguridad había instalado las cámaras unas tres semanas atrás, así que allí tendrían que estar. Pero, no fue así, no había rastro de factura ni recibo ni orden de entrega. Nada.

-¿Hola? Respondió mi jefe a mi llamada telefónica
-¡Hola! ¡Soy tu esclava! ¿Qué tal la mañana de Juzgados?
-¡Muy bien! ¡Hemos machacado a Hielos Calientes S.A.!
-¡Que bien! ¡Enhorabuena! ¡Eso hay que celebrarlo con un aumento de sueldo!
-¿Qué?
-Eh... nada… Oye, ¿Puedo hacerte una pregunta?
-Sí, dime, rápido que voy entrando en Sala
-¿Cómo se llama la empresa que instaló las cámaras de seguridad?
Silencio.
-¿Hola? ¿Estás ahí? Inquirí.
-Eh, sí, sigo aquí. Estaba intentando recordar. ¿No han emitido factura?
-No
-¡Que extraño! ¡Dame un segundo! Creo que me dieron una tarjeta de presentación. ¡Sí! ¡Aquí la tengo! Se llaman Magic Security 3000 S.L.
-¡Gracias! Le respondí a manera de despedida.
-Pero… ¿Pasó algo? ¿Para qué necesitabas saber el nombre? Preguntó mi jefe.
“No, no puedes decir nada… no hasta que logres desenmascarar al presunto hombre de pies grandes” pensé rápidamente.

-¡No! No ha pasado nada, solo que han entrado a robar en casa de mi tía y quería ponerla en contacto con esta maravillosa empresa de seguridad. La pobre está aterrorizada. Y, ¿Quién mejor que Magic Security? ¿No es así?
-Así es. Buena idea. Es mejor que sea alguien de confianza. Bueno, te dejo que ya entro en Sala. ¡Ah! Y saluda de mi parte a Francisco.
-Sí… lo haré. Adiós.

¿Francisco? Su nombre se quedó grabado en mi memoria mientras me dispuse a buscar en la mejor base de datos de todos los tiempos: Google.

“No puede ser…” pensé. “No…” “¡No existe tal empresa!” Intenté una y otra vez la búsqueda. “Security Magic: resultado de su búsqueda 0” “Magic of Security: resultados de su búsqueda 0” “Security of Magic: resultados de su búsqueda 0”. Nada. No existían. Mi investigación comenzaba a desvanecerse.

Si no existía Magic Security ¿Quiénes habían instalado las cámaras de seguridad? ¿Quién estuvo observándonos durante un mes? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Estamos solos? Decidí callar. Si decía la verdad a mis compañeros de trabajo, si declaraba un estado de Alerta Roja reinaría el caos, y eso… sería el final.

Quedaba una única forma de saber la verdad. Una única salida. Y, por riesgosa que ésta pudiera ser había que hacerlo. Nuestras vidas estaban siendo observadas por alguien desconocido. El despacho estaba siendo evaluado por alguna mente… Sentía escalofríos de solo imaginar que algún asesino en serie estuviese planificando nuestras muertes. “¡No!” “¡No lo harás!” pensé con una mezcla de terror y valentía.

Sherlock Holmes, A. Hitchcock, Dexter Morgan, Horatio Caine, la Familia Cullen –si, los Cullen también- han sido reiteradamente defensores de una regla. La regla de oro: El asesino siempre regresa a la escena del crimen. Y, aunque cubrir una cámara de seguridad con una toalla no sea un crimen, ni el autor del hecho un asesino, era totalmente aplicable la regla.

“Nos organizaremos por parejas. Cada pareja se ocultará y vigilará el Despacho durante 2 horas cada una. He instalado una cámara que grabará en todo momento lo que ocurra durante la noche. ¿Alguna pregunta?” Todos me miraban atónitos. Su silencio me sirvió para rezar dos padres nuestros.

“Y… si viene el intruso ¿Cómo le atraparemos?” preguntó Ana.

-Suponemos que el intruso no está armado. Pero si llegaren a verle algún tipo de arma aborten la misión y escóndanse en el archivo hasta que llegue la policía. Esta misión es para salvar al Despacho, no para poner en peligro la vida de quienes lo integramos ¿Queda claro? ¡No quiero héroes! Respondí con expresión de Ministro de Seguridad Nacional.

Los diálogos que decía los había extraído de una página de internet. Tenía que sonar convincente ante mis compañeros.

“Ahora, fórmense en parejas y les adjudicaré un turno a cada una” “Id a vuestras casas a buscar provisiones: galletas, yogures, palomitas de maíz, bocadillos, sudokus, revistas de corazón, pinturas de uñas, café, bebidas energéticas, lo que quieran… esta noche será muy larga…”

Antes de que alguien pudiera pronunciar palabra dije: “¡Tu! ¡Simón! ¡Conmigo!” “¡Tu y yo comenzamos la ronda de vigilancia!”. Esta decisión me hizo sentir un poco mal, pero tenía un presentimiento. Necesitaba estar con alguien capaz de defenderse ante el ataque de un intruso. Simón Harley era, además de compañero de trabajo en el Despacho, profesor de artes marciales, así que, la persona idónea para defender la integridad de nuestro grupo tenía un nombre: Simón. “¡Le machacaremos!” pensé.

Los turnos fueron repartidos. Esa tarde mi jefe se quedó trabajando en su oficina hasta las 20:00 horas.

-¿Qué haces aquí? Preguntó mi jefe al salir de su oficina para abandonar el despacho.
-¡Ah! ¡Sigues aquí! Estoy tan concentrada en esta demanda que no me percaté de tu presencia. Mentí
-¿Ah sí? ¿De qué se trata? Dijo acercándose a mi mesa.

“Oh Dios… Ilumíname con alguna idea” pensé.

-¡Puf! Estafa en una venta de productos financieros… ¡Todo un horror! ¡Está tan enmarañado que creo que dormiré en el sofá de la sala de espera! Dije con cara de cansancio.
-No te preocupes, el sofá es cómodo, yo he dormido ahí muchas veces. Bueno, suerte con el viaje al mundo financiero. ¡Hasta mañana! Dijo mi jefe.

Simón llegó 2 minutos después con un kilo de nueces.

A las 22:00 horas nos situamos en nuestra zona de vigilancia: debajo del mueble de la recepción. Allí teníamos acceso a internet, y podíamos ver las imágenes que captaba la cámara escondida. El tiempo transcurrió lento. Y nuestros alimentos se agotaron antes de lo que habíamos imaginado.

“¿Volverá a la escena? ¿Vendrá a buscar algo que olvidó? O ¿A dejarnos otra señal?” pensaba sin cesar cuando, de repente Simón me miró con ojos de espanto

-¿Has escuchado eso?

Mi corazón dejó de latir. “No” respondí.

-¡Va a entrar! Susurró.

“¡Oh Dios! ¡Protégenos!” Mi visión comenzaba a nublarse. Tan solo podía escuchar el tormentoso latido de mi corazón.

Clic…Clac… se escuchaba a la persona forzando la cerradura. De pronto silencio. El chirrido de la puerta al abrirse hizo eco en el despacho vacío. Las pisadas del hombre, como era de esperarse se oían fuertes y causaban una casi imperceptible vibración en el lugar donde nos encontrábamos. Poco a poco se fue aclarando la imagen que veíamos por la cámara escondida.

“Es…es… enorme” susurré. Lentamente deslicé mi mano sobre el escritorio de la recepción y me hice con una grapadora que solía utilizar para grapar demandas de más de 150 páginas. Esa era mi única arma de defensa.

El hombre medía entre 2 y 2.50 metros. Era alto e iba vestido con un impecable traje oscuro de tres piezas. “Muy buen gusto” susurró Simón. Al parecer, esto le divertía. El intruso miró hacia ambos lados y continuó su camino hasta mi oficina. Fue en ese momento que Simón decidió, unánimemente, detener al malhechor. “¡No!” dije. Pero ya era tarde.

-¡Eh! ¡Tú! ¡Detente! Dijo mientras se ponía en posición de… ¿Kun fu?

El hombre giró lentamente y nos mostró su rostro, que, para sorpresa nuestra resulto ser encantador. Una sonrisa pacífica se dibujaba en sus labios y la mirada era, en cierta forma mágica, como la empresa ficticia. Yo, que ya había encontrado fuerzas suficientes para ponerme de pié, me encontraba junto a Simón, en posición de defensa, y, armada con una grapadora industrial.

-¿Quién eres? Preguntó agresivamente Simón
-¡Hola! ¡Les estaba esperando! He de pedirles, antes que nada, disculpen mi intromisión en este Despacho, pero, solo he hecho mi trabajo. Mi nombre es Francisco, tal y como te lo dijo tu jefe. Dijo mientras me miraba con alegría. Y continuó:

-Sé que querrán hacerme muchas preguntas. Y para eso he venido hasta aquí. Pero, primero le pediré a esta señorita que baje el arma. ¿Podrías dejar la grapadora en el escritorio? Me hace sentir incómodo.

Pensé durante unos segundos. Hasta ahora todo parecía indicar que los hechos no estaban relacionados con un asesino en serie, así que, dejé la grapadora en el escritorio, pero lo suficientemente cerca como para poder cogerla rápidamente en caso de algún ataque.

-Gracias -dijo Francisco con esa sonrisa que parecía hipnotizarme-, ¡Vamos! Acompáñenme al sitio donde comenzó todo.

Simón, aún cargado de adrenalina para responder al ataque del depredador, y yo, pensando que arma podría reemplazar a la grapadora, seguimos a Francisco hasta la oficina donde se habían desarrollado los hechos delictivos.

-Verán, tal y como lo han podido comprobar, Magic Security 3000 S.L. no existe. Como tampoco existe Francisco. Todo lo que hemos hecho aquí, es una investigación en aras de comprobar cierta información que llegó a oídos de mi jefe.

-Y, si tú no eres Francisco ¿Quién eres? Pregunté.
-Soy un ángel. No tengo nombre fijo en la tierra. Suelo adoptar nombres que suenen familiares en cada caso particular. Y, aquí el nombre de Francisco es común ¿no? Comenzó a reír a carcajadas.

“¿Qué? ¿Un ángel?...Si él es un ángel, entonces su jefe es… ¿Dios?” pensé.

-¡Sí! ¡Claro! Y ¿A qué viene todo esto? ¿Vienes a embarazarme? Dijo Simón.

Ignorando el comentario de Simón, el ángel francisco prosiguió con su relato

-Desde hace décadas los sitios de trabajo no son muy… amenos que se diga. Mi jefe ha visto como poco a poco el compañerismo, la lealtad, la fidelidad, el respeto y la confianza ha ido desapareciendo entre quienes comparten horas trabajando en el mismo lugar. Los lugares de trabajo, se han convertido en una especie de jungla: 5 o 10 o 15 animales salvajes se pelean ferozmente por quedarse con el trozo de carne. Se pelean por un puesto, por un elogio del jefe, por un respeto, por el poder.

Mis oídos no daban crédito a lo que escuchaban.

-Hace dos meses, una persona que fue cliente de este despacho murió, y, al llegar al cielo, como es costumbre, nos contó toda su vida. Así fue como supimos de ustedes. En defensa de los sitios de trabajos el nos informó que había conocido un lugar donde todo era distinto. Donde el principio fundamental era el del respeto entre cada uno de ellos. Donde cada uno vigilaba el bienestar del otro. Donde se estaba como en casa. Donde convivían como en una gran familia numerosa.

-¿Quién es ese cliente que murió? Preguntó Simón.

-Lo siento, pero él prefiere mantenerse en el anonimato. En todo caso, la identidad de esta persona no es importante. El está muy bien ahora y se encuentra realizando una misión en Hawái.

“Necesitábamos saber si lo que decía esta persona era cierto. Para ello me hice pasar por gerente de ventas de una Compañía de Seguridad. Fui yo mismo quien instaló las cámaras. Y, las imágenes capturadas durante las 24 horas del día fueron analizadas por mi jefe”

-¿Estábamos siendo observados por… Dios? Pregunté sin poder reprimir las lágrimas. Yo nunca había dudado el hecho de que Dios nos observara, pero que haya puesto cámaras en el Despacho había sido un tratamiento ciertamente halagador.

-Así es señorita, y ha quedado muy satisfecho. Gracias a ustedes Dios sabe que aún quedan lugares de trabajo de los que a Él le gustan.

-Perdone. Interrumpió Simón. “Sigo sin entender por qué cubrieron la cámara y dejaron huellas y nos hicieron desplegar toda esta investigación policíaca…”

-Esa era la última prueba. Al haber descubierto que alguien había burlado la seguridad del Despacho muchos hubieran abandonado el campo de batalla. Sin embargo, y debido al nexo que los une a todos en este lugar el efecto fue el que esperábamos. Se unieron para descubrir que había sucedido aquella noche. Y, aunque no suela pasar muy seguido, me descubrieron a mí.

Francisco se incorporó y se acercó a nosotros. Nos abrazó y se despidió, prometiendo no reincidir en su delito. Simón y yo nos fuimos al sofá de la sala de espera y allí estuvimos un rato, llorando lágrimas de alegría, de emoción, de esperanza. A las 23:00 horas llegaron las dos personas que reemplazarían la vigilancia. Les contamos lo sucedido. Y así continuamos con todas las parejas que fueron llegando al Despacho en el transcurso de aquella madrugada milagrosa. A las 6:00 de la mañana ya habían llegado todos.

A las 8:00 horas decidí bajar al bar a comprar café para todos. Lo necesitaríamos. Cuando me disponía a pagar una mano se posó en mi hombro
-¡Ah! ¡Eres tú! ¡Buenos días! Saludé a mi jefe con naturalidad.
-¡Que cara! ¡Es evidente que dormiste en el sofá! ¿No?
-Eh… sí… los productos financieros son mucho más complicados de lo que pensé…

“Yo pago” Le dijo mi jefe a la señorita que me atendía.

-Y, ¿Para quién es todo este café?
-¡Ah! ¿Estos? Son para todos, para celebrar que he descubierto la magia del mundo financiero.
-Me parece muy bien. ¡Ah! Por cierto, ya me he enterado de que alguien entró en el despacho. ¡Qué porquería de cámaras! ¡Gracias a Dios no se llevaron nada de valor!
-Sí, gracias a Dios… gracias a Dios
-¿Te parece bien que contratemos un nuevo sistema de vigilancia con otra compañía?
-No, no será necesario… El Despacho está muy bien vigilado.

domingo, 11 de julio de 2010

LA MANO QUE MECE TU CUNA


El día tiene 24 horas, de las cuales dormimos 8 horas ó menos, quedando, por tanto, 16 horas que pueden ser empleadas a diestra y siniestra…

-¡No tengo tiempo para nada! Le dije a mi madre en un ataque de desesperación cuando hablaba con ella por teléfono. Ella, como siempre, me escuchaba pacientemente y luego me atacaría con alguna de sus armas detonadoras.

-¿Si? ¿Qué has hecho hoy? Preguntó –con un ligero tono de risilla que solo por los años que me unen a ella pude sentir-.

-eh… Pues, me desperté, me duche, me prepare una taza de café, y me fui al ordenador con mi café y un trocito de biscocho; Leí el periódico, revisé los correos, respondí algunos y luego…bueno, he estado mirando cosas en internet.

-Parece que ahora mismo no estás muy ocupada… ¿O sí?

-Bueno, ahora mismo no… Pero tengo que hacer un montón de cosas… y no me alcanzaran las horas para terminarlas todas

-Pues haz hoy las que puedas, y mañana haces las que queden sin hacer. Preocúpate por las de hoy ¿Si? ¿Me lo prometes?

Una vez más, mi madre había sembrado en mí la semilla de la duda. ¿Por qué no alcanza el tiempo? ¿Qué es el tiempo? ¿En qué gasto mis horas? ¿Qué mano mece mi cuna? Decidí iniciar una nueva investigación que radicaría básicamente en calcular cuantas horas de mi agitada vida eran manejadas por la mano diestra, y cuantas por la mano siniestra, tomando para todo ello, la expresión “diestra” como la positiva y la de “siniestra” como la negativa.

Ese domingo, decidí terminar de hacer algunas cosas que había dejado en la lista: “Para hacer el fin de semana”. Escribí a varias amigas, organicé mi habitación, lave ropa, planche otro tanto, y finalmente me acosté a dormir. De alguna manera el tiempo en mi vida estaba siendo consumido por alguna cosa o ser invisible y durante esa semana lograría descubrir qué o quién era. ¡No permitiré que me arrebates mis momentos diestros! ¿Es que acaso el mundo está lleno de pequeños monstruos? Decía en voz alta mientras terminaba de quitarle una arruga rebelde a la falda de lino.

“Riiiiiiiiiiiiiiiiiinnnnnnnnngggggggggggg” oí a lo lejos, y segundos después entendí que era el despertador que me daba la orden de ponerme en pie y comenzar una semana más de incesante negociaciones con deudores, arbitraje en batallas campales de esposos en vías de divorcio, negociaciones con contrarios, negociaciones con fiscales, negociaciones con el cliente, negociaciones con mi jefe, negociaciones con la vida…

Mientras me cepillaba los dientes, me duchaba, me servía la taza de café y me vestía de “Lunes” mi cerebro se fue llenando de pensamientos. Supongo que todos los días eran así, pero el ser consciente de ello, y analizar el contenido de los mismos resultó ser bastante agotador. Al salir de casa ya estaba un poco cansada. Sin embargo, continué, y me llegué al despacho a buena hora.

Al entrar a la oficina, y divisar en mi mesa al menos 23 expedientes apilados otra ola de pensamientos atacó mi mente: ¡No podré terminar la demanda a tiempo! ¡La de Carpinterías González y González vence mañana! ¡Pero, ¿Cómo es posible que este trabajando en 23 asuntos al mismo tiempo con este sueldo?! ¿Mi jefe lo sabrá? ¿Creerá que no soy productiva? ¿Por qué nunca le digo que no? ¡Si le dijera que no a algún asunto me daría tiempo para terminar los que ya tengo pendientes! ¡No, se molestaría! ¿Por qué todos los divorcios para mí? ¿No es evidente que lo de divorciar gente no me agrada? ¿Qué significa esa inscripción manuscrita de mi jefe “urgente, comentar”? ¿No son todos urgentes?

No podía creer que un cerebro pudiera pensar tantas cosas al mismo tiempo. “Que agotador...” me dije mientras le ordenaba a mi cabeza que por favor dejara de jugar sucio. Me dispuse a limpiar mi mesa, es decir, a cerrar acuerdos, terminar una que otra demanda, enviar escritos a juzgados y al final de la tarde, en mi mesa solo quedaron unos cuatro o cinco expedientes. ¡Buen trabajo! Me dije. Posteriormente tomé la decisión de recompensarme con un helado.

Mientras comía mi helado veía como la gente entraba y salía del lugar sin mirarse entre ellos, sin mirar si quiera su propio helado. Al igual que yo, se encontraban escuchando 3.000 pensamientos por segundo –cifra que puede ser incluso mayor-. Al terminar, me fui a casa con la larga lista que había apuntado ese día.

Durante los siguientes seis días continué apuntando todo lo que hacía, lo que pensaba, lo que no pensaba, lo que decía, y lo que no. Durante seis días fui mi propio detective privado, y, aunque parezca extraño me gustó haberlo hecho. Compré un corcho de 2 X 2 metros y lo fui tapizando con notas, post its, tickets, y demás -como los de las películas-. Tras varios intentos fallidos, deseché la idea de auto-fotografiarme para hacer más hollywoodense el corcho.

Finalizada la recolección de datos, llegó el día hacer números. Para lograr conocer la cifra real, le adjudiqué a cada cosa que había realizado durante el día una puntuación que iba del 1 al 5, en virtud de cuan diestras o siniestras eran, siendo el 1 para las mas diestras y el 5 para las más siniestras.

1. Muy diestra
2. Diestra
3. Poco diestra
4. Siniestra
5. Muy Siniestra

Desde que el despertador sonó aquella mañana del día 1, mi mente se ocupó en pensamientos agotadores, y ocasionó que dejara de ver muchas otras señales positivas. La crisis matutina de pensamientos negativos duró unos 20 minutos y lo clasifiqué como “Muy Siniestro”. ¡La Auto-distracción del ser humano, mediante pensamientos lesivos debería estar contemplada en el código penal!

Entre el día 1 al 6 (ambos inclusive), el camino desde mi casa hasta el trabajo lo realicé, como siempre, en metro; Leí durante todo el trayecto, por lo que, estos 40 minutos fueron “Diestros”. Luego caminaba hasta el Despacho. Las caminatas parecieron más bien carreras de relevo, y, no veía nada. ¿Nada? Me pregunté con curiosidad. Tras buscar en mis recuerdos comprobé que, ciertamente, no había visto absolutamente nada. Aquellas caminatas de 20 minutos fueron totalmente “Siniestras”. Las avalanchas de pensamientos que disparaba mi mesa cubierta de expedientes fue constante durante todos los días, y no ameritó ser examinada: 30 minutos diarios “Muy Siniestros”.

Subsiguientemente, durante aquél día 1, cuando abrí mi monedero para pagar el helado-recompensa a la señorita de la conocida cadena de comida rápida, me atacó otra ola de pensamientos: ¿Me alcanzará para un helado? ¿No estaré malgastando el dinero? ¿Me subirá el sueldo mi jefe? ¿Conseguiré un mejor trabajo? ¿Y si no lo consigo? Transcurrido algún tiempo di la orden de silencio a mi cerebro. El resultado: 45 minutos muy pero “muy siniestros”. El tema “Insuficiencia de sueldo” apareció durante al menos 5 horas de aquellos 6 días (Siniestralidad absoluta)
Luego iba a casa. Durante el camino en el día 5, hubo unos 5 minutos muy siniestros desencadenados por el titular del periódico de un viajero que señalaba, y cito “Durante este verano los españoles no podrán viajar”.

Las horas en casa fueron las que realmente me impresionaron. El resultado fue de casi un 70% de siniestralidad. Los pensamientos se agudizaban, y en su mayoría tenían que ver con el mañana. Mi cerebro planificaba todo y lo que más me molestaba de todo este asunto es que lo hacía a mis espaldas. ¿Quién te crees que eres? ¿Tú crees que te mandas solo? ¿Ah? ¿Sesitos? ¿Me escuchas? –le regañé haciendo uso del manual: Guía para padre-madre de hijos de 6 a 11 años-.

El resultado de mi investigación era evidente, sin embargo, sumé las puntuaciones. ¡Oh Dios… ¡ pensé al leer los números: 30 puntos a los diestros frente a una arrolladora victoria de los siniestros con 70 puntos.

¿Qué había hecho durante todo el día? ¿Qué me había mantenido ocupada? ¿Qué me había interrumpido una conversación con mi amiga? ¿Por qué no llamé a mi madre a preguntarle cómo estaba? ¿Por qué no pude escribir hoy? Todas estas preguntas se respondían con la misma respuesta. La realidad era que el 70% de ese tiempo libre estaba siendo manejado por una mano siniestra. Los momentos diestros eran pocos, y la posibilidad de que se dieran, eran aplacadas por la fuerza de la mano siniestra.

Habiendo analizado las diferencias entre los momentos diestros y los siniestros, tomé la decisión de iniciar la semana con un nuevo lema: POR UN MUNDO DIESTRO –sin ofender a los zurdos-. Esa noche volví a escribir, porque tuve tiempo. Además, hablé con muchas personas, escribí a muchas otras, leí, soñé, reí a solas en mi habitación. Entendí que debía estar alerta porque a cada minuto la mano siniestra intentaría mecer mi cuna.

Aquella noche dormí tranquila porque sabía que a partir de aquél día la mano diestra mecería mi cuna.

jueves, 17 de junio de 2010

La Cobaya de Pavlov



Desde sus primeros meses demostró tener una inteligencia muy superior a la que le adjudicaban los científicos. Javier, mi Cobaya, a sus 6 meses de edad era capaz de identificar los sonidos provenientes de su amo, y al hacerlo, emitía sonidos de alegría, de hambre, de calor y de sed. El sonido mas divertido que emitía Javier era el que hacía cada vez que yo abría el refrigerador y sacaba sus lechugas de la bolsa plástica donde éstas venían. El ruido emitido por la bolsa plástica era para él como la campana de Pávlov. Bien lo había dicho Iván Pávlov: “Cuando dos cosas suelen ocurrir juntas, la aparición de una traerá la otra a la mente".

El ruido de la bolsa plástica le producía la aparición de la siguiente idea a su mente: “Lechuga… Alimento de Dioses… Tengo hambre”, y comenzaba a hacer ese divertido ruido que pasó a ser el hilo musical de mi casa. Javier era para mí como los dos pajaritos enjaulados para mi vecina, y, después de analizarlo intensamente durante muchos meses, concluí que el cautiverio practicado por mi vecina era mucho mas grave que el mío. Pues, a decir verdad, Javier fue libre en el concreto. Durante las tardes el solía dar paseos por mi apartamento, pero siempre, sin excepción, su paseo terminaba en una esquina de la terraza, lugar donde se encontraban los paquetes de heno, de alimento y de zanahorias frescas. En ese lugar el encontraba refugio, y, como era de esperarse comía sin ningún tipo de control. Al principio pensé en reposicionar sus provisiones para que así no se indigestara todas las tardes, pero luego decidí que las dejaría allí. La búsqueda de alimentos con su olfato le enseñaría a rastrear. Y con el tiempo, se convirtió en un gran rastreador.

De acuerdo con el Veterinario, Javier no debía bañarse más de dos veces al año, pues, según él, su especie no necesitaba más que eso, y, además, podría afectarle la piel. “¡Tonterías!” pensaba yo, mientras el galeno de cobayas continuaba con su explicación antihigiénica de los años 40.

Mi abuela solía tener el mismo pensamiento anti-agua. Por algún motivo que desconozco, yo, sin importar cuantas horas hubiese jugado en el barro, no podía ducharme después de caer el alba. “¡No! ¡Ni se te ocurra ducharte a estas horas! ¡Agarrarías un pasmo!”. Yo, al ser 50 años menor que ella debía seguir sus consejos, y al regresar a casa, mis padres me desvestían con caras de asco y me dejaban en remojo durante 30 minutos en la bañera: “¿Por qué estas tan sucia? ¿Te duchaste? ¿Que es un pasmo?” me preguntaban mientras fregaban mi cuerpo con esponjas y jabón. Mis padres, a diferencia de sus progenitores, eran la antítesis a ese pensamiento anti-agua. Ellos amaban el agua, y por ello nos duchaban cuantas veces fueran necesarias para mantener nuestros cuerpos blancos y limpios. Y, esa fue la teoría que adopté: “Amo el agua, Amo ducharme 3, 4, 5 o 6 veces al día, El agua me limpia el stress…” Por ello, a Javier le bañaba todas las veces que podía, y él, al igual que yo disfrutaba sus baños en la vieja cacerola con agua tibia y jabón especial de gatos –no existía uno para cobayas-.

Los baños le relajaban, pero la tristeza de su dueña le preocupaba.

Ya no puedo recordar que sucedía en mi vida en aquél momento, pero lo cierto es que me encontraba muy triste. Es de esas épocas que sirvieron para aprender algo y el resto, decidí eliminarlo de mi memoria para dejar espacio a mejores recuerdos.

A lo largo de una semana, o quizás mas días, Javier vio y sintió que su dueña estaba muy triste. La vio llorar. E incluso la escuchó hablar sobre lo que le sucedía.

Pasada la tormenta decidí ponerme en pié nuevamente y, el primer paso fue darle un buen baño a Javier, pues durante la crisis de tristeza no lo había hecho. Mientras le bañaba descubrí que en su rabo no tenía pelos. “¡Oh Dios!...pero… ¿Qué es esto?” grité. Envolví a Javier en una toalla de manos, corrí hasta mi coche y me dirigí excediendo todo límite de velocidad existente al veterinario más cercano.

Luego de examinarle minuciosamente, el veterinario pronunciaría una frase que marcaría un antes y un después en mi vida.

-El animal está bien
-Javier, se llama Javier. Dije con tono de reproche
-Ah, bueno, si, que Javier está muy bien. Es una cobaya que está en muy buen estado de salud. Un poco pasadito de peso, pero bien. “Obvio…” pensé.
-¿A que se debe esa pérdida de pelo en su rabo? Le pregunté.
-Es extraño. No tiene nada en la piel. Al parecer se lo ha arrancado el mismo. Se ha ido mordiendo hasta quitarse todos los pelos de rabo. Y eso, eso tiene una única explicación.
-¿Si? ¿Cuál es esa explicación? Pregunté ya en tono desesperado.
-Estrés señorita. El animal ha pasado por una situación que le ha estresado.

Sin mediar mas palabra tomé a Javier en mis brazos, le pagué al veterinario y me fui de ese lugar. En el coche lloré durante varios minutos y le pedí que me perdonara. Mi tristeza le había afectado. Mis lágrimas le habían pelado su rabo. “Todo va a estar bien Javier…Ya verás… muy pronto volverás a lucir ese rabo peludo que tanta atención recibía…Y nunca más volveré a estar tan triste… mi tristeza te ha pelado tu rabo”. Pasados 2 meses, Javier lucía un largo mechón de pelo suave y brilloso en el rabo.

Hoy Javier se ha ido al cielo, y tal y como lo establecía Ivan Pavlov, cuando dos cosas ocurren juntas, la aparición de una ha traído la otra a mi mente. La partida de Javier me ha recordado que quienes te aman, y te rodean pueden sentir tu tristeza, y por ello sufren, y se pelan sus rabos con los dientes mientras te ven sin poder hacer nada. La muerte de Javier me ha hecho recordar que no importa cuan inesperada, preocupante, o desastrosa sea la situación por la que estas pasando. Siempre debemos limpiar rápidamente nuestras lágrimas y buscar el rayo de luz. Siempre debemos buscar la puerta de salida más cercana. Siempre debemos fabricar alegría para que quienes se encuentran a nuestro alrededor no se pelen sus rabos.

Yo creo en una vida hermosa después de la muerte en este plano, y por ello, creo firmemente que Javier nunca mas se arrancará los pelos de su rabo. Creo firmemente que comerá millones de zanahorias celestiales y lechugas frescas del olimpo. Creo que el está leyendo esta historia mientras emite ese sonido de felicidad que le producía su campaña: el ruido de la bolsa de plástico.

martes, 8 de junio de 2010

El pequeño detalle de les Sabots


Ese día cumplía 33 años, y Tomás se sentía, a diferencia de todos sus amigos, bastante deprimido.

“33 años… y ¿Qué tengo?” era el pensamiento que se repetía constantemente en la mente de Tomas. Ese día era para él como ver esa película que, según las historias de quienes han logrado regresar del más allá, nos reproducen a los pocos minutos de haber muerto.

“Que deprimente… sin pareja, sin esposa, sin casa, sin hijos, sin perro, y… gordo” Me dijo Tomás cuando lo llamé para felicitarlo por su cumpleaños. Su voz era realmente preocupante, pero mi tranquilidad se mantuvo incorrupta, pues sabía que las ventanas de la casa de Tomás tenían rejas, y además, la casa era de una sola planta.

“No, no se puede lanzar por la ventana… y no… Tomás nunca atentaría contra su vida” Pensé mientras me arreglaba para ir a comprar el regalo de Tomas.

Tomás era una de las personas mas enérgicas que había conocido en mi vida. Estar a su lado era como introducir un dedo en un tomacorriente. Además, él era un generador. Mientras más energía lograba transmitir a quienes les rodeaban, mas generaba. Sin embargo, desde hacía tiempo, había un apagón en la vida de Tomas.

¿Qué podría regalarle a Tomás? Decidí que tenía que ir a visitarle antes de comprar algo para él. Solo así podría saber que necesitaba mi amigo para acelerar sus partículas.

La casa de Tomás era hermosa. La había recibido como herencia por parte de un tío francés. –sí, ese tío rico y desconocido que todos esperamos que aparezca-. Al llegar noté como un manto de abandono se cernía sobre sus paredes. “Oh Oh… esto es grave… ¡las flores del jardín se han marchitado!” dije mientras continuaba analizando los cambios que saltaban a la vista en la casa. Para Tomás hacer jardinería era un mantra; durante horas él podía estar en su jardín en un estado de catarsis realmente envidiable. Tomás me enseñó que habían mas flores además de las rosas y los claveles.

-¡Tomás! ¡Felicidades!
-Ya me habías felicitado… ¿O es que me vas a felicitar 33 veces… una por cada año de mi fracasada vida? Respondió Tomás con un tono frío y lleno de amargura.

“¿Qué? ¿Le habrá pasado algo y no lo sé? Pero… no lo creo… ¿Qué será?” pensé mientras él me dio la espalda y se dispuso a sentarse en el sofá del salón. Luego se incorporó y caminó hasta la cocina. Yo le seguí.

-¿Quieres una cerveza? Preguntó mientras el abría el refrigerador y sacaba dos botellas. “¿Para que me pregunta si me la va a dar igualmente? Pensé. Inmediatamente, Tomás destapó las botellas con los dientes. ¿Por qué lo hace? ¿No tiene destapador? ¿Sabrá él el coste de una prótesis dental?

-Gracias. Le dije mientras daba un trago a mi cerveza. Mi reloj marcaba las 10:00 horas. Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo e inmediatamente sentí como mi estómago daba una señal de rechazo absoluto. “Que asco” pensé.

- Y… cuéntame… ¿Qué tal estás? Le pregunté con un tono jovial.

Como era usual en Tomás, intentó relatarme una docena de cuentos a la vez, y yo, tuve que pedirle que ordenara sus ideas: ¡Para! Respira profundo. Muy bien. Eso es. Ahora bien, ¿Quién es Ana? ¿Tu jefe te dijo que? ¿Qué fue de esa entrevista de trabajo? ¿Saliste con Fernanda? O ¿Era Ana? ¿Ana es la chica que te gustaba de tu grupo de comedores de chocolate compulsivos?

-Lo siento, es que tengo mucho tiempo alejado de Ustedes, mis amigos…Hay muchas cosas que no sabes… dijo con una tristeza inmensa en sus ojos

-Sí, porque tu así lo has querido Tomás. Me he hecho expertas en monólogos hablados –con tu contestador del teléfono- y escritos –con tu email-…Pero bueno, aquí estamos ¿No? Cuéntame… le dije

Tomás comenzó a hilar correctamente las historias. Inició su relato con la historia de una mujer que había llegado a su vida a través del grupo de comedores de chocolate compulsivo al que asistía Tomás una vez a la semana. Se llamaba Ana, y durante los meses que habían sido compañeros había mostrado un especial interés en Tomás. Todos lo sabían, menos Tomás –o al menos eso parecía-.

-Ana siempre me invita a tomar un café al salir de las reuniones. Pero yo me he negado porque la cafetería que tenemos cerca del centro sirve cafés exóticos; muchos de ellos con chocolate. ¡No puedo soportar el olor del cacao en polvo sobre la crema del café con leche! ¡Es exquisita! ¡Recaería nuevamente! Llevo 3 meses sin probar el chocolate.

-¿Y porque no la invitas TU a otra cafetería? Pregunté con curiosidad

-La otra cafetería está muy lejos. Hubiésemos tenido que caminar 500 metros y Ana siempre lleva tacones muy altos. Seguramente se hubiera negado.

Eran evidentes dos cosas hasta el momento: Ana estaba perdidamente enamorada de Tomás -¿Invitación a tomar café durante tres meses consecutivos? y ¿Uso de tacones altos para asistir a una reunión de comedores de chocolates compulsivos con sede en una casa abandonada del vecindario? Si, amor puro y duro. Y la segunda cosa era que algo andaba mal con Tomás. ¿Cómo podía obviar todas estas señales? “Algo le pasa… estoy segura…” pensé mientras el continuaba contándome sobre su vida.

Tomás continuó hablando sobre su trabajo. Yo aproveché su descuido para derramar lenta y sigilosamente el contenido de mi botella de cerveza en la planta que estaba a mi lado. Tomás me había dicho una vez, que la cebada les venía bien, o al menos eso creí escuchar.

Durante nuestros años de adolescencia, Tomás y yo siempre habíamos estado de acuerdo en que nunca trabajaríamos por dinero. Habíamos firmado un pacto en el que nos comprometíamos a trabajar en algo que amáramos, a trabajar sin ver el reloj cada media hora, a trabajar en aquello que respetara nuestros principios y creencias, y a trabajar sin desear la muerte del jefe cada 4 días.

-¿Sabes lo que es trabajar vendiendo tóner por teléfono? Me preguntó mientras su rostro se llenaba de angustia y asco. ¡Durante 8 horas coacciono, obligo, miento, y manipulo a personas que no necesitan tóner…que quizás no tengan impresora… pero que caen víctimas de las técnicas del manual y terminan por comprar el preciado producto! Y, además, mi jefe decidió quitarnos las sillas ¡Ahora trabajamos de pié! Dijo que de esa manera nos motivaríamos más. El odio que reflejaba su rostro en este momento era realmente aterrador.

Contuve mis ansias de gritarle que saliera de ahí inmediatamente y prendiera fuego a ese manual manipulador de mentes. El trabajo de Tomás era realmente patético, era de esos que habíamos jurado nunca tener –o mantener-.

-¿Recuerdas el pacto que firmamos en abril de 1998? Le pregunté.
-Si
-Vale. ¿Estás buscando otro trabajo?

Silencio.

¿Qué le pasa? ¿Por qué no responde? Le miré fijamente tratando de encontrar respuesta. Tomás bajó la cabeza y dijo: “Bueno… tuve una entrevista…”

-¡Sí! ¡Estupendo! ¿De qué se trataba? ¿Te gustó? ¿Te han llamado?
-Bueno, a decir verdad me gustó mucho el cargo que me ofrecían. Era para coordinar a los jardineros del Zoológico. Desde las 7:00 horas hasta las 15:00 horas. 1.500 Euros.

“Dios… ¿Porqué nunca habré aprendido jardinería?... Si mi papa me hubiese apuntado a Jardinería en vez de a Karate quizás podría aplicar a esta oferta de trabajo… ahora no soy ni jardinera, ni karateca… ” Se dibujó una sonrisa en mis labios al recordar aquél único combate en el que luchamos cuerpo a cuerpo mi hermana melliza y yo. Aquella pelea no era como las de casa –esas de tipo lucha libre en el colchón grande de papa y mama cuando éstos estaban en el trabajo-. Esa era real. Y no nos gustó. El sensei al ver que no nos golpeábamos decidió suspender el combate. Esa fue la última vez que fuimos al Karate.

Tomás continuó con lo sería la prueba final de su estado de apagón: “No sé si me han llamado…tengo el teléfono de casa estropeado desde hace un mes…y el móvil no lo pago desde hace tres…”

¿Qué? ¿Para qué hace entrevistas de trabajo si sus teléfonos no funcionan? ¿Por qué no arregla sus teléfonos?

El sonido del timbre de la casa interrumpió nuestra conversación. En cierta forma lo agradecí, pues tenía que analizar toda la evidencia que había recabado en cuanto a la situación que estaba marchitando a mi amigo.

Tomás se aproximó a la puerta y abrió.

-¡Bon jour! ¡Mi sobgrino pgrefegido! Gritó una señora mientras se abalanzaba hacia los brazos de Tomás. La mujer era hermosa. En sus setentas guardaba una energía envidiable y por entre sus ropas se podía concluir que tenía más masa muscular que su sobrino.
-¡Tía Charlotte! ¡Que sorpresa! Pasa, pasa por favor, ponte cómoda. Vienes de muy lejos, debes estar agotada. Tomás la guió hasta el sofá donde yo me encontraba sentada.

La tía Charlotte, viuda del tío que legó la casa a Tomás, había venido desde Francia para sorprender a su sobrino el día de su cumpleaños. Y, sin lugar a dudas, lo sorprendería.

Tomás ofreció una cerveza a su tía, pero ella se negó, alegando que su cuerpo solo toleraba el vino y que esa bebida repugnante podía usarla para irrigar las plantas. “Justo…” pensé yo. La tía Charlotte sacó de su maleta dos botellas de su propio vino y nos ofreció una copa a cada uno. Nos contó que era la última de sus cosechas y que había sido premiado como el mejor vino del pueblo.

Durante dos horas, Tomás, la tía Charlotte y yo conversamos alegremente y tras haber bebido aquellas dos botellas de vino el ambiente se tornó perfecto.

La tía Charlotte conocía muy bien a su sobrino, y, aunque Tomás intentó ocultarlo, ella sintió el apagón. Había visto el abandono de las flores, de la energía, y de las pasiones de Tomás.

-Voy al baño. Nos dijo Tomás. Se incorporó y se dirigió hacia el interior del pasillo que conducía al baño.

Charlotte se quedó observando fijamente a su sobrino mientras este caminaba. Su mirada se tornó un tanto oscura. Al ver que en ella también habitaba la semilla de la preocupación, tomé la decisión de contarle todo lo que sabía sobre Tomas.

La señora escucho atentamente. Asentía y cerraba los ojos mientras sonreía levemente. Mostraba esa tranquilidad de quien ha vivido muchos años. Esa tranquilidad de quien sabe casi todo.

-Hija, si hay algo que se aprende con los años es prestar atención a los pequeños detalles.

¿Qué detalle podría haber obviado? Me pregunte, mientras me sumergí en la voz de aquella mujer con acento francés.

-Claro que debes preocuparte por Tomás. Ha dejado de hacer lo que le gusta. Y, aunque sabe que no es feliz, no hace nada para cambiarlo. Cuando está cerca de llegar a la meta abandona la carrera sin explicación alguna. Pero eso, cariño, tiene una explicación, y la has tenido durante todo este tiempo frente a tus ojos.

-¿Dónde? ¿Cuál es la explicación Charlotte? Pregunté.

La señora comenzó a reír a carcajadas mientras daba un pequeño trago a su copa de vino. Luego prosiguió:

-La respuesta está en los pies de Tomás; lleva Sabots. Dijo la enigmática señora.

¿Qué tendría Tomás en los pies? Por más que intentaba recordar algún episodio que hubiere afectado a los pies de mi amigo no podía recordar. Y, ¿Qué son los Sabots?

-Durante la Revolución Industrial, los obreros, en lucha por mantener sus puestos de trabajo, decidieron usar Sabots. Los Sabots (vocablo francés que significa sueco de madera) hacían que estos hombres caminaran lentamente y que se movieran ineficazmente. De allí que la ineficiencia organizada se denomine…

-¡Sabotaje!... ¡Vaya!... dije en un susurro.

-Todos somos nuestros propios trabajadores ¿No es así?; Para hacer realidad y llevar a fin todas nuestras metas debemos respetar nuestras propias responsabilidades y obligaciones ¿No es así?... Si te dijera: ineficiencia organizada por el trabajador para impactar negativamente al empleador ¿En qué pensarías?

-En Sabotaje

-Exacto. Durante todos estos meses, Tomás ha estado usando sabots para hacer especialmente ineficaz su trabajo consigo mismo para lograr su felicidad. No llama a Ana. No acepta su invitación a un café. Decide dejar de comer chocolate por creer que esa es la razón de sus problemas. No repara sus teléfonos para recibir llamadas de los empresarios que están dispuestos a contratarle… Sabotaje… puro y duro.

En ese momento Tomás regresó de su largo viaje al baño. Nunca le pregunté porque había demorado tanto, porque en realidad ese tiempo había sido crucial para el esclarecimiento de los hechos que ocupaban mi mente.

Al verlo acercarse miré sus pies. Tal y como lo había dicho Charlotte, Tomás llevaba unos suecos de madera que además de ser bastante ridículos parecían ser sumamente incómodos. De allí que no pudiera moverse eficazmente.

Charlotte me miró y sonrió. Tomás comenzó a sospechar que durante su ausencia algún tipo de complot se había organizado en ese salón.

-Tomás. Dije. En realidad vine porque no sabía que regalarte para tu cumpleaños, y, entre Charlotte y yo, te vamos a regalar algo que te hará sentirte en movimiento otra vez…como en los viejos tiempos… ¿nos acompañas? Pregunté. Tomás dudo un par de minutos y finalmente accedió. Sin cambiarse de ropa nos acompañó al centro comercial.

Charlotte y yo guiamos a Tomas por el Centro Comercial y nos detuvimos frente a la tienda de zapatos más famosa de la ciudad. Allí encontraríamos lo que buscábamos.

-Perdone, buenos días, ¿Podría decirme cual es el zapato más ligero que tiene en stock? Pregunté al vendedor.

-¡Si! Sin duda alguna las zapatillas F1. Son la última generación de zapatillas ultraligeras. El material es una mezcla de aire y goma, lo que hace que sea casi imperceptible para los pies.

“Perfecto” pensé. Charlotte asintió sonriendo.

Tomás miraba de un lado a otro sin entender muy bien el porqué de nuestra exagerada emoción y complicidad para comprar un par de zapatos.

Unos minutos después regresó el carismático vendedor con las zapatillas F1. Las sacó de la caja y las entregó a Tomás.

Tomás se quitó sus sabots y se puso las zapatillas F1. Se incorporó lentamente y fue hasta el espejo más cercano para mirárselas.

“Si…me gustan… y, no sé… me siento muy bien…puedo caminar mejor…¡Que extraño! ¿No les parece?” decía frente al espejo.

-No, no nos parece extraño hijo mío. Respondió Charlotte mientras reía sin parar. Yo me uní al coro y finalmente el vendedor nos acompañó en la alegría.

Sin que ninguno de los presentes pudiera descubrirme yo había tomado los horrorosos suecos de madera y los había tirado a la basura. “No sé si se quede con las F1 pero de estos suecos que se olvide…” pensé.

-¿Por qué no corres un poco alrededor de la tienda y me dices que tal te sientan? Le invitó el vendedor. Al parecer el vendedor era nuestro nuevo miembro en el equipo anti-sabotaje.

Seguidamente Tomás comenzó a correr alrededor de los anaqueles y cajas de zapatos; tropezó con algunos clientes pero, para ese momento, Tomás ya no pensaba en ellos. Se sentía feliz. Podía moverse libremente. Nada le detendría a partir de ese momento. Llamaría a Ana esa misma noche y le invitaría a dos cosas: a salir con él y a tomarse un chocolate caliente con un trozo de brownie.

Charlotte y yo no podíamos dejar de reír mientras veíamos que la luz había vuelto a nuestro Tomás.

-¿Me prestas tus zapatillas F1 para ir a la caja y pagarlas? Le pregunte cuando dejó de correr como un niño de 4 años –mi premura fue motivada más que nada por el destrozo huracanado que ocasionó Tomás en la tienda de zapatos-.

Tomás nos miró, se acercó a nosotras y nos dio un beso a cada una: “¿Darte mis Zapatillas F1? ¡No! ¡Me las llevo puestas!”

jueves, 3 de junio de 2010

Una muela herida


Nada me había dolido tanto en la vida. Varias personas me habían descrito un dolor de muela, pero lo que yo sentía le ganaba por votación unánime.

El problema del dolor de muelas es que no es únicamente la muela lo que duele sino que el dolor se extiende por todo tu cuerpo, porque a mí, particularmente, me dolía hasta una pierna. En general no pude disfrutar de ningún pequeño milagro de la vida pues lo único que ocupaba mi pensamiento era el dolor que se distribuía entre la muela, la mandíbula, el oído, el cuello, que a su vez tensó los músculos de mi espalda y de mi cintura y finalmente culminaba en mi pierna derecha.

Además, no pude ingerir alimento alguno: los fríos causaban dolor, los calientes también, los dulces me hacían palidecer y los salados me producían calambres.

Seis meses atrás había decidido ir al odontólogo para un chequeo y, tras la revisión, éste había marcado con rojo 4 muelas de su tan usual dibujo de dientes. “Hija, tienes varias caries… ¿Quieres que te las arregle?” me preguntó con mirada de gran preocupación.

“¿Será verdad? ¿Será cierto que tengo caries?...Quizás este odontólogo solo quiera dinero… ¡Dios! ¿Cuánto me costará esto?” pensé antes de responderle. Intenté no hacer ningún gesto. “No” respondí con seguridad. Luego le prometí que estudiaría su presupuesto y que en cuanto lo contrastara con mi débil economía le llamaría para coordinar una cita. Me despedí amablemente y regresé a mi rutina diaria. “Si no duele es que está todo bien” me repetía para auto-tranquilizarme.

Los dolores físicos nunca me han causado miedo, pero, el odontólogo era la única excepción. El olor del consultorio del odontólogo me bajaba la tensión automáticamente. Al entrar a ese tenebroso lugar, mis síntomas eran siempre los mismos: rostro terriblemente pálido, sudores abundantes –sin importar a que temperatura se encontrara el lugar-, oraciones a todo Santo que me viniera a la mente, pérdida de visión, aumento instantáneo del sentido de la audición –podía escuchar como la manguerita absorbía la saliva del paciente de turno-, y sueño, mucho sueño. Mi estado de letargo hacía más fácil la actuación del odontólogo, quien se encontraba con una paciente que había perdido todas sus facultades mientras aguardaba en la sala de espera.

Las salas de esperas forman parte de ese pequeño infierno. Forma cuadrangular, algunas sillas y un sofá dispuestos alrededor de las cuatro paredes y en el centro una mesa. Sobre la mesa un florero con flores artificiales del año 1980 y junto a el varias docenas de revistas. Las revistas datan, al igual que las flores, desde el año 1980 –año en el que se inauguró el consultorio- hasta la actualidad y son verdaderamente detestables. La temática de los artículos que puedes leer mientras esperas –o padeces-, consiste en nuevas tecnologías para fijar prótesis dentales, la última generación de cepillos de dientes eléctricos, muchos ancianos sonriendo con dentaduras postizas, y, lo peor de todo, la boda entre una princesa y un príncipe de dos reinos cuya ubicación desconoces.

“Voy a tener que ir al odontólogo” me dije mientras me miraba en el espejo. Mi ojo derecho ya no se abría por completo. Estaba desmayado. Inmediatamente llamé a mi jefe y le pedí la mañana libre.

Seis meses atrás había estado en ese lugar, y me habían intentado evitar este dolor, y, sin embargo, yo no les había creído. En ese momento todo parecía estar tranquilo pero en el fondo, algo andaba mal. Incluso, yo misma, había espantado pensamientos que daban crédito al diagnóstico del odontólogo. “¡Vaya!… como en la vida real…” pensé mientras me sentaba en la sala de espera del odontólogo. ¿Cuántas veces había pasado esto a lo largo de mi vida? Padres, abuelos, grandes amigos habían actuado de la misma manera que el odontólogo y sin embargo, no habían podido evitarme un dolor que era fácilmente previsible para ellos.

Esa espera fue diferente, pues me encontraba analizando a la figura del odontólogo en mi vida, y concluí que había tenido a muchos odontólogos que habían vaticinado un derrumbe, un terremoto, un pesar para mí. Muchas personas intentaron protegerme, pero en vista de mi total ignorancia decidieron esperar en sus consultorios hasta que yo llamara de urgencia y acudiera a sus sillas desfallecida de dolor.

Dos señoras mayores sonreían mientras esperaban, y conversaban entre ellas sobre trivialidades de las prótesis que les habían puesto la semana anterior. “Yo aún no puedo comer con tranquilidad” decía una. “Uf, ten cuidado…Yo me tragué una prótesis hace dos años”. Pero lo que realmente llamó mi atención, fue el orgullo que sentían estas señoras por sus nuevos dientes perfectamente blancos y brillantes.

A diferencia del odontólogo que intenta librarte de un dolor de muelas o de la pérdida de ella, las personas que intentan protegernos no usan herramientas puntiagudas, pero si anestesia –al menos muchas de ellas-. No huelen a consultorio. No te obligan a tener la boca abierta por dos horas. Y, lo mejor de todo, no te cobran... ¡Es gratis!

Todo pensamiento se esfumó al escuchar mi nombre. “Pase, por favor”

“Dios…Dios…Dios…” Nunca dejaría de aterrarme este momento. Sin embargo, debía sanar mi dolor. El odontólogo usaría toda su experiencia para reparar lo que había intentado evitar. Y el dolor pasaría. El tratamiento sería un poco doloroso, pero curaría mi herida. Lloraría, quizás, pero esta era la única manera de salvar mi muela.

El odontólogo me esperaba sonriente en su silla elevada. “Haz venido… finalmente”

“Eh… Si…” respondí.

-Me alegra…Te estaba esperando… Dijo con una sonrisa de complicidad. Me guiñó un ojo y agregó: “Espero que aprendas la lección; Si comienzas a escuchar te darás cuenta de que la vida siempre nos alerta sobre las cosas que no van bien y puedes retirarte a tiempo… si no lo oyes sufres… como ahora… la diferencia está en que lo que puedes perder puede que sea mucho mas importante que una muela…”.

No supe si lo que había escuchado era producto de mis síntomas pre-odontológicos, pero lo cierto es que quise abrazar a quien hasta hacía solo una hora había sido uno de mis peores enemigos. Le abracé, el odontólogo me sonrió y me besó en la frente.

“Recuéstate hija…vamos a empezar” dijo mientras me daba la manguerita absorbe-saliva.

Era mi amigo. Formaba parte de todos los odontólogos que habían pasado por mi vida.

“Pero no para tanto…” pensé.

“¡Anestesia! ¡Por favor!” dije.