miércoles, 15 de diciembre de 2010

El numero ganador




De repente, pienso que esas ciencias que siempre nos han parecido terroríficas (matemáticas y todas ellas), tengan cierta aplicabilidad a la vida diaria. No quiero decir con ello, que ahora aprenderé a dividir mentalmente, porque es que aunque quisiera hacerlo, no podría. Ese lado “numerológico” de mi cerebro nunca ha sido usado. Por tanto está atrofiado.

Entre el broncoespanto –el espanto del bronquio- y una sopa de pollo recién hecha, comencé a leer la historia de una familia que según escuché, era muy famosa. Esta familia, entre cálculos matemáticos, físicos, el azar, la probabilidad y el caos, logró desafiar, hace algunos años, a los casinos, pues empleando sus teorías, encontraron la manera de preveer el o los números ganadores de las ruletas de la suerte. Tras algún tiempo, el rumor se corrió como la pólvora, y les prohibieron la entrada a los casinos de Madrid, y otras provincias de España, pero, para aquel momento, ya eran millonarios. Hoy en día, cuando ya conocen la verdad de la ruleta de la suerte, se dedican a jugar al póker.

La premisa en la que se basa la Familia Pelayo, consiste en que todas las ruletas tienen una imperfección y que con tan solo examinar los números ganadores durante miles de lanzamientos, se puede determinar cuáles son los que aparecen con más frecuencia. Es decir, puede que en el número 15, exista una pequeña imperfección –en el tamaño del casillero, un pequeño abombamiento…- que aumente exponencialmente la probabilidad de que éste sea el numero ganador.

Entonces, si examino a los ganadores una y otra vez, si me detengo a observar los movimientos que me llenan de alegría, a las personas que admiro, a los maestros que sigo, puede que, logre conseguir ese “valle”. Si ponemos toda nuestra atención, durante muchos lanzamientos, durante muchos intentos, terminaremos encontrando ese detalle que nos llevará a elegir el número ganador. Porque, si no existe una ruleta perfectamente aleatoria, quizás, tampoco exista un ser humano perfectamente aleatorio. Y esto es, matemática pura. Tan exacto como 56 divido entre 8, que da… ¿5?

“…Basándose en la premisa de que algunas ruletas concretas deben tener alguna imperfección física y que no existe la ruleta perfectamente aleatoria (abombamientos, tamaño de los casilleros de los números, flexibilidad de las placas separadoras, etc.) basta con examinar los números ganadores durante varios miles de lanzamientos buscando un sesgo hacia los que más frecuentemente aparecen. Si la ruleta tiene una pequeña deformación o abombamiento y, digamos, el 21 está en un “valle”, tal vez salga con más frecuencia de lo que cabría esperar y superados ciertos valores es favorable apostarlo (puede que ese sesgo supere la ventaja teórica del 2,7% del casino). Tras examinar al menos 5.000 “bolas” (lanzamientos) sobre una ruleta real, se analizan los números que han salido más de lo normal. Salir “más de lo normal” significa que ese número aparezca “más de 1/36 de las veces”, que sería lo habitual para obtener un premio [también podría hacerse con 1/37 ó 1/38, pero García pelayo prefiere el probabilidad vs premio].
Para saber si esa desviación es debida a un sesgo real del mecanismo de la ruleta o al puro azar, se comparan esos valores con dos límites. El primer límite es aquel que en una simulación realmente aleatoria por ordenador abarca al 95% de los casos (sólo un 5% de los casos se pasan del límite). El segundo límite es el que engloba al 99,95% de las simulaciones (sólo un 0,05% de los casos pasan ese límite). Si tras esas 5.000 tiradas comprobadas algún número supera el primer límite significa que casi con toda probabilidad habrá un sesgo real sobre ese número en esa ruleta debido a algún defecto (no hace falta saber cuál). Y se se supera el segundo, más estricto, el sesgo será según García-Pelayo “absolutamente seguro y cierto” mientras esa ruleta no se modifique o manipule. Por ejemplo: si tras 20.000 pruebas se espera el valor de +278 como límite al 99,95% y se observa que el 36 ha salido +633 veces de lo normal... es que algo extraño pasa. Conclusión: algo realmente extraño le pasa al 36, y hay que jugarlo porque es un número ganador. Si ese sesgo supera el 2,7 ó 5,4% de margen que tiene el casino, que es lo que sucede al pasar esos dos límites, la ruleta puede considerarse, en palabras de García-Pelayos, “una caja de ahorros” más que un juego de azar…”
Iván y Gonzalo García-Pelayo, en su libro La Fabulosa historia de los pelayos

martes, 14 de diciembre de 2010

El mundo esta lleno de traumatólogos



“Busca una buena seguridad económica a través de la eficacia dentro del trabajo. Vigila especialmente lo que haces en casa y evita accidentes. Tómate en serio tu salud para evitar correr riesgos innecesarios. Permanece activa y alegre y disfrutarás mas de tu vida…”

La anterior cita, corresponde a mi horóscopo para hoy, 14 de diciembre de 2010.

Y me pregunto, ¿No estamos todos los nacidos, sin importar bajo que signo del zodíaco, buscando una buena seguridad económica?

¿Por qué me invita a vigilar lo que hago en casa y a evitar accidentes? Quien escribe estos horóscopos, es, sin lugar a dudas, un traumatólogo. Porque de no ser así, ¿Por qué te prepara para una caída mortal en tu bañera?

La predisposición, esa preparación para algún propósito cercano, es una tendencia totalmente normal, que se despierta, toda vez que damos por hecho que algo sucederá tarde o temprano. Y, si quien te lo dice, asegura tener contacto directo con los astros, es algo que puede llegar a ser realmente mortal. Es decir, si una persona, que le guarde cierto respeto a los horóscopos, lee que debe tener mucho cuidado ese día mientras baja las escaleras, se verá obligado a bajarlas más lento de lo normal, y siempre sujetándose de las barandillas. Por tanto, esta persona, llegará tarde a su trabajo.

Pero lo que sucede con más frecuencia, es que esa extrema precaución en las escaleras, en el baño de casa, en el trabajo –donde hay un compañero que quiere clavarte un puñal-, o en la calle –donde encontrarás al amor de tu vida-, surte un efecto totalmente contrario al buscado: suena tu móvil, y retiras lentamente la mano de la barandilla para poder atender la llamada, y mientras contestas “¿Si?”, pierdes el equilibrio y caes, escalón tras escalón hasta llegar sin aliento al final de la pesadilla. De camino a casa, compras una alfombra antideslizante, la colocas cuidadosamente en la bañera y te dispones a darte una ducha; te sujetas de la pared, mantienes la pierna izquierda del lado de fuera, y levantas lentamente la derecha para irla introduciendo en la bañera; una vez enraizada en la superficie, balanceas todo tu peso a la pierna que está dentro de la bañera, y de pronto, la alfombra se desliza, y haces una apertura de piernas circense, que te deja con un esguince de ingle.

Y, es que, en todos los ámbitos de la vida, hay traumatólogos, que intentarán por todas las vías que les sean permitidas, vaticinar un hecho que nunca sucederá.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Capitan Linfocito






Tras varios días debatiéndome entre el bien y el mal, entre mi ego y mi esencia, entre la fe y los temores de mi propia existencia, mi cuerpo ha comenzado –y como no hacerlo- a manifestar signos de cansancio o quizás simples alarmas para que así se detenga de una vez por todas el tsunami que ha arremetido contra él. Dicho en otras palabras, tengo gripe.

Mi madre diría: “¡Estas inmunosuprimida! Y posteriormente, me interrogaría sobre las posibles causas de la somnolencia de mi sistema inmunológico. –Ella preguntaría, pero ya sabría los motivos; ella siempre lo sabe-

Sin embargo, en este caso concreto se trata de una gripe, con dolores musculares, fiebres, y muchos, muchos mocos.-Si existiese un mercado de mocos; si puede encontrarse alguna función al moco luego de abandonar la nariz, podrían ser tasados económicamente; y si yo pudiera vender mis mocos, créanme, destronaría a Bill Gates ¡Me haría millonaria!- Nada que no pueda curarse con una buena dosis de “El Kit de La Abuela”, a saber: caldito de pollo, calcetines para dormir, vick-vaporub (untado en garganta, pecho, espalda y fosas nasales), te con limón calentito y al menos ocho horas de sueño. –A lo anterior, se le puede añadir una medida de ron, con media medida de limón y un toque de miel-

Si solo unos días de debate interior, pueden causar gripe, me pregunto ¿Qué pueden causar unos meses de debate? ¿Cómo se manifestarían en nuestro cuerpo? ¿Cuánto daño podríamos hacernos?

Y la respuesta es evidente: mucho. Se le puede hacer mucho daño al cuerpo que nos aloja gratuitamente durante nuestra estancia en la tierra.

En una familia cualquiera, la mama le explica a la hija donde está el corazón, y le dibuja uno de esos que acompañan a cupido, y a las tarjetas de amor; sin embargo, mi mama, la mejor médico del mundo, me explicaba lo mismo dibujando el órgano en su forma real, con las arterias, venas y demás, mientras me hablaba en términos característicos de su profesión: ventrículo, miocardio, y otros terminados en “cardio”. De allí que, esas palabras se me antojen normales, y hasta halla ayudado a mi mama, a hacer su tesis de postgrado en medicina interna –en realidad yo solo le dictaba y nos reíamos de mi imposibilidad de pronunciar esas palabras de mas de 30 sílabas que solo existen en la medicina- (Creo que en mi profesión, la palabra mas larga es: Ju-ris-pru-den-cia)

Es por ello que hoy, al despertar, y sentir la sintomatología de la gripe, pensé en mi sistema inmunológico. Lo imaginé arrinconado en algún lugar de mi cuerpo. Lo imaginé allí, aburrido y cansado de tanto sabotaje. Y mientras el estaba ahí, los terroristas se enteraron de lo que sucedía –en todo conflicto bélico hay espías-. Esos seres hostiles entraron a mi organismo y no encontraron ni un solo escudo, ni un arma, ni siquiera una bomba lacrimógena. Atacaron de noche, mientras todo el ejército de mi cuerpo dormía.

El ejército del cuerpo (Sistema Inmunológico) cumple la labor de atacar a los hostiles y causarles la muerte inmediata. Es como el Estados Unidos que todos llevamos dentro. Y, cuando no ataca, es porque algo anda mal. Es porque algo lo ha debilitado. Algo como una quimioterapia, pero imaginaria.


Mientras me tomo el té y me unto pecho, espalda, cuello y fosas nasales con vick vaporub, me despido, dedicándole un poema de amor y perdón, a mi maestra –mi madre-, y a los miembros de nuestro ejercito:


Asomaba a sus ojos una lágrima
y... mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y enjugó un llanto,
y la frase en mi labio expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: ¿Por qué calle aquel día?.
Y ella dirá: ¿Por qué no lloré yo?.
Es cuestión de palabras, y, no obstante,
ni tu ni yo jamás,
después de lo pasado convendremos
en quién la culpa está
¡Lástima que el amor un diccionario
no tenga donde hallar
cuando el orgullo es simplemente orgullo
y cuando es dignidad!


Gustavo A. Bécquer

domingo, 12 de diciembre de 2010

Adventus Redemptoris





Con todo el respeto que merece mi fe católica, he de admitir públicamente, que “Adventus” me lleva a pensar inmediatamente en Harry Potter y en los hechizos que los protagonistas de esta saga lanzan con sus varitas:

“¡Bombarda Máxima!”

“¡Expelliarmus!”

“¡Patronus!”

“¡Protegium totalum!”

“¡Confundus!”

“¡Glacius!”

“¡Lumos Solem!”

“¡Oculus Reparus!”

¿Cómo no hacer esta asociación? –sean honestos con ustedes mismos-

El reciente estreno mundial de la penúltima entrega de esta saga, ocasionó que todos -¡todos!- tuviéremos que ver nuevamente las seis películas anteriores. Por tanto, me parece totalmente normal, que cualquier voz latina nos suene a un hechizo de magia. De hecho, hace unos días, agregué la leche a mi café con un cuentagotas –como quien prepara una poción mágica- y me pareció totalmente normal.

Adventus Redemptoris, -de verdad, insisto, dudo que pueda existir alguien en el planeta tierra que al leer esta frase no se imagine apuntando a alguien con una varita mágica-, significa, etimológicamente “venida del redentor”. En español le llamamos Adviento, pero yo continuaré usando el término latino, pues, como veremos mas adelante, es en realidad el hechizo más poderoso que haya existido jamás.

El adventus, es el período de preparación para el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, cuya duración es de 21 a 28 días, y que se celebra los cuatro domingos que preceden a la Navidad, y hoy, 12 de diciembre, es el tercer domingo de adventus. Pero lo mas hermoso de este período, y siguiendo el orden de ideas –no la orden del fénix-, es que es un tiempo de reflexión donde debemos perdonar y renovar nuestras esperanzas.



Dentro de nuestros corazones, existe cierto equipaje que hay que tirar por la borda para poder seguir adelante mas ligeros y prestos para el nuevo año que se avecina. Y es por ello, que, hoy, tercer domingo de adviento, he descubierto que nuestros profetas dejaron inscrito el hechizo “Adventus Redemptoris”.

Este hechizo nos fue enseñado desde hace muchísimos años, y durante estos días que corren, en los que, a Dios gracias, ya no se persigue a la herejía, tenemos una única tarea:

1.En primer lugar, ir a una tienda de magia y dejar que una varita mágica nos elija. –de no ser posible, una cuchara de palo será suficiente; pero insisto, la cuchara de palo deberá elegir-

2.Posteriormente, debemos ir a un lugar privado y silencioso. En este lugar, comenzará la magia con nosotros mismos. Tomaremos la varita mágica o cuchara de palo y apuntaremos a nuestro corazón. Una vez hayamos ubicado el preciado órgano, llenaremos nuestros pulmones de aire, y con toda la fuerza que pueda habitar en nuestras cuerdas vocales, lanzaremos el hechizo: “¡¡¡Adventus Redemptoris!!!”.

3.Debemos permitir que el hechizo surta el efecto. Puede ser un poco doloroso. Pero los efectos secundarios que posee son realmente maravillosos, pues, lentamente, iremos liberándonos del peso de la tristeza, de la soledad y del rencor. Simultáneamente, sentiremos como el amor de Dios nos irá envolviendo, y, cuando menos lo imaginemos, ya todo el dolor habrá terminado.

4.Finalmente, lanzaremos el hechizo a todas las personas que nos rodean.



Aunque busqué incansablemente, no pude encontrar una tienda de varitas mágicas, así que opté por una cuchara de palo. Y, ahora, mientras comienzo a sentir los efectos de mi propio auto-hechizo, dirijo mi cuchara hacia ustedes y grito: ¡!!!ADVENTUS REDEMPTORIS ¡¡¡¡

sábado, 11 de diciembre de 2010

Mis Gurús




Tenemos dos opciones. Siempre tenemos dos opciones –quizás sean mas, pero al menos existen dos-.

La vida es “fluir”, pero hasta llegar a ese punto de entendimiento, se deben superar pruebas –por llamarlo de alguna manera- que pueden llegar a ser realmente insoportables. Pruebas, fases, etapas, escalones, experiencias, experimentos ciclos o como quieran llamarlos, que te mantienen en ese estado de constante vigilia. Un estado que puede llevarte a un único lugar: al manicomio. Sin embargo, para esos momentos en los que la prueba, fase, ciclo o experimento, te esté empujando hacia la locura existen opciones alternativas, vías de escapes, atajos, habitaciones de pánico, y los niños.

Los niños son la cura a toda enfermedad. Ellos tienen la verdad en sus manos. Los grandes tuvimos esa verdad, pero en ocasiones, la vamos olvidando. Sin embargo, con el paso de los años, se recupera paulatinamente y alcanzada la vejez volvemos a ese lugar donde la felicidad ya no cuesta nada.

Diciembre es un mes que puede ser hermoso o tenebroso, pues, te desliza sutilmente hacia ese obligatorio recuento de todo lo que ha sucedido durante el año. Es un mes en el cual, ese ciclo, experimento, fase o etapa puede significar dos cosas: mucha alegría o mucha tristeza. Mucha alegría es la opción que he elegido tras debatir durante algunos días y, para ello, me aferraré a la sabiduría de esos pequeños seres mágicos que ríen gratuitamente y para quienes vivir es toda una aventura.

Habiendo elegido la opción de la alegría, y en aras de evitar mi internamiento en un centro psiquiátrico, puse manos a la obra y descubrí una investigación realizada por un grupo de psicólogos y maestros, que me provocó una especie de catarsis y que hoy quiero compartir con ustedes.

A un grupo de niños de entre cuatro y ocho años, les preguntaron: ¿Qué es el amor?, a lo que respondieron:

Mateo, 6 años:
“Amor es cuando alguien te incomoda, y tu, aunque estás muy enojado, no gritas, porque sabes que hieres sus sentimientos”

Rebeca, 8 años:
“Cuando mi abuela se enfermó de artritis, ella no se podía agachar para pintarse las uñas de los pies; mi abuelo desde entonces pinta las uñas de ella aunque él también tiene artritis”

Carlitos, 5 años:
“Amor es cuando una niña se coloca perfume y el niño se coloca loción para después de afeitarse, ellos salen juntos y se huelen”

Lorena, 4 años:
“Yo se que mi hermana mayor me ama porque ella mi dio todas sus ropas viejas y tuvo que salir a comprar ropas nuevas”

Tomasito, 6 años:
“Amor es como una viejita y un viejito que son muy amigos todavía aunque se conocen hace mucho tiempo”

Patricio, 4 años:
“Cuando alguien te ama, la forma de decir tu nombre es diferente”

Cristina, 4 años:
“Amor es cuando tu sales a comer y ofreces tus papas fritas, sin esperar que la otra persona te ofrezca las papas fritas de ella”

Roberto, 5 años:
“Amor es lo que sentimos en la navidad, cuando tu paras de abrir los regalos y los escuchas”

Maggie, 6 años:
“Si tu quieres aprender a amar mejor, debes comenzar con un amiguito que a ti no te guste”

Kenia, 7 años:
“Cuando tu hablas con alguien de ti, sobre alguna cosa mala, aunque sientas miedo de que esta persona no te ame mas por este motivo, ahí tu te sorprendes, ya que no solamente te continúa amando como ahora, sino que te ama todavía mas”

Jaime, 4 años:
“Hay dos tipos de amor, nuestro amor y el amor de Dios. El amor de Dios junta a los dos”

Cristina, 8 años:
“Amor es cuando una mama ve al papa hediondo y dice que él es mas bonito que Robert Redford”

Marcela, 8 años:
“Durante mi presentación de piano yo ví a mi papa en el público, levantando su mano y sonriendo. Era la única persona que hacía esto, y yo no sentía miedo”

Noelia, 7 años:
“Amor es cuando tu le dices a un chico que él está vistiendo una camisa linda y él se la pone todos los días”


Jessica, 8 años:
“No deberíamos decir te amo sino cuando realmente lo sentimos, y si lo sentimos, deberíamos decirlo muchas veces. Las personas se olvidan de decirlo”

Patty, 8 años:
“Amor es abrazarse y besarse. Amor es decir NO”

Karina, 7 años:
“Cuando tu amas a alguien, sus ojos suben y bajan y pequeñas estrellitas salen de ti”

Max, 5 años:
“Dios debería haber dicho algunas palabras mágicas para que los clavos se cayeran de la cruz, mas Él no lo hizo. Esto es amor”

Anita, 4 años:
“Amor es cuando tu perro te lame la cara, aunque tu lo dejas solo todo el día entero”

Y… para ti ¿Qué es el amor?

jueves, 9 de diciembre de 2010

Bubbles



Existen verdades como puños, y la temática de una conversación cualquiera en territorio español es una de ellas. Una conversación, en la que participan dos o más personas, dentro o fuera del horario laboral, con o sin conocimiento de causa, siempre e irrefutablemente acariciará los siguientes puntos:

1. La Crisis
2. El Futbol, y
3. A La Belén Esteban

-Los resultados que arroja google para estos tres términos son: 136 millones para "Crisis", 53 millones para "futbol" y 770.000 para "Belen Esteban"-

El primer punto, “la crisis” es un tema que aunque luches incansablemente por no tocar, terminarás abordando. Es como “La Roma” de las conversaciones: todos los caminos te llevan a ella. Al principio creí que sería algo muy pasajero, como un escándalo sexual entre un presidente y su secretaria, o como el descubrimiento de alguna bacteria que ha mutado por el calentamiento global. Me equivocaba enormemente.

Este punto, rey por antonomasia de las tertulias actuales, y a título personal, me parece completamente inútil, y cualquier persona que tenga ánimos de seguir con vida, se adhiere a mi posición. Es por ello, que hoy decidí descubrir cuales son las palabras detonantes. ¿Cuáles son las palabras que dentro de una conversación trivial conllevan a la aparición de tan desagradable tema?

Existen palabras que, por su literalidad, o por su inclusión hasta el hastío en todos los medios de comunicación, producen esa irremediable conexión con la “crisis”.

Cecilia: ¡Que bonito día hace hoy! ¿No?
Aura: ¿Por qué lo dices?
Cecilia: ¿No lo ves? Sol radiante, 20º centígrados ¡Ha subido temperatura!, cielos despejados…
Aura: Pues a mi me parece que hace calor. El año pasado en esta misma época hacía mas frío. Recuerdo que aún usaba la chaqueta de lana. Es que con esto del calentamiento global las temperaturas suben. Todo sube ¿No? ¿Has visto lo que subió el litro de leche? ¡A donde vamos a llegar con esta crisis!

Palabra detonante: Subir

La Real Academia Española, debería eliminar este verbo por algún tiempo. Y reinsertarlo en el diccionario cuando los españoles estuviesen preparados para volverlo a escuchar.
El verbo “subir” se ha convertido en una palabra accesoria a: precios, impuestos, responsabilidades, riesgos, entre otros. Por tanto, en vez de decir “la temperatura ha subido” optemos por decir “El clima está más calentito”.




Otra palabra que puede crear escalofríos en quienes la escuchan es: Burbuja.

La burbuja ha pasado de ser esa hermosa capsula transparente contenedora de aire y aislado del exterior, para convertirse en un tenebroso habitáculo en cuyo interior se concentró un gas mortífero. Gas que luego de la explosión de aquella monstruosa creación se dispersó por todo el mundo, ocasionando un caos económico.

Hace muchos meses que no uso esta palabra, pero he de aceptar que cuando la escucho, pienso automáticamente en su palabra accesoria: “inmobiliaria”, de la que hablaré mas adelante. Cuando veo a niños jugando con jabón y haciendo pompas, pienso en las burbujas y me digo: ¿Qué daño puede hacer una burbuja?

“Inmobiliario” es un termino que realmente me preocupa, pues, lamentablemente, quedará manchado para siempre. Estigmatizado y por ende repudiado por todos los seres que habitamos el planeta, no podrá volver a ser el mismo. Cuando decimos “inmobiliario” automáticamente pensamos en: hipotecas, tasaciones, en el sector de la construcción, en el desempleo originado por todo lo anterior, etc. ¿Cómo podríamos llamar a este sector tan importante para la economía de nuestros países? Creo que una posible solución sería la de intercambiar –temporalmente- nuestra palabra castellana, con la de un país vecino. Esta palabra en un idioma distinto sería totalmente desconocida por nuestro cerebro y por tanto, no ocurriría la conexión inmediata con la crisis. Y es que, si a partir de mañana, en España se dijera “Real State” en vez de “inmobiliaria”, no pensaríamos en “burbuja” o en “crisis”. Si en el Reino Unido, dijeran “Inmobiliario” en vez de “Real State” no pensarían en “Bubble”


En la inmensidad de nuestro cerebro un pensamiento desencadena otro, y ese a su vez, crea uno nuevo, o modifica el anterior. Una maraña que puede ser detenida, si digo:

Ascender, en vez de Subir

Real State, en vez de Inmobiliario

Bubble, en vez de Burbuja

Derecho Real que grava un bien inmueble, en vez de Hipoteca

Y nunca, nunca diré “Rescate”… en su lugar, diré: Reconquista. Porque mientras la “Real State Bubble” vaya mermando, nosotros iremos aprendiendo a recuperar la opinión y la seguridad en nosotros mismos

martes, 9 de noviembre de 2010

La Segunda es la Vencida


Durante mi vida he recibido únicamente dos bofetadas: una me la merecía, la otra no. Aquella que no merecía no surtió ningún efecto, salvo perpetuar la burla hasta el último de mis días. La que merecía cambió mi vida.

Por alguna extraña razón, en ambas ocasiones la bofetada me fue propinada con público. Siendo por tanto doblemente dolorosa, pues el ardor de la piel pasa a los pocos minutos, pero los comentarios de los testigos pueden ser devastadores: ¡Te hubieses visto la cara! ¿Te dolió? ¡Es que casi te caes! –Todos estos acompañados con rizas asfixiantes para mayor desgracia-. Incluso, un par de amigas siguen manifestando su deseo de poner alguna inscripción aludiendo a este hecho en mi tumba.

La primera bofetada la recibí de mi abuela. Nos encontrábamos en la fiesta de cumpleaños de mi hermanito, junto a unos 30 invitados que disfrutaban de la celebración. Ella, mujer fuerte, vigorosa y bastante temperamental se negaba rotundamente a que yo, niña de 10 años con cámara fotográfica nueva le tomara una foto. En un leve descuido de mi abuela, tomé mi cámara y me acerqué lentamente hacia el lugar donde se encontraba. “Clic” se escuchó. Inmediatamente se levantó de su silla y sin mediar palabras se abalanzó sobre mí. Yo le miré con ojos de corderito, pero, lamentablemente mi técnica no surtió el efecto que deseaba. Me acorraló en una esquina del recinto mientras mi grupo de amigas –unas 8 o 10 aproximadamente- miraban con curiosidad el espectáculo. Levantó su musculoso brazo y me asestó la bofetada. Los segundos posteriores al golpe no los puedo recordar. Quizás sea amnesia post-traumática, pero lo cierto es que unos minutos después yo estaba con mi cámara nueva retozando por entre los invitados y captando imágenes para inmortalizarlas en el tiempo.


La segunda fue ocho años después.

La segunda y última ocasión en la que recibí una bofetada fue presenciada, una vez más, por un grupo de amigas. Estas eran otras y ninguna había formado parte del público de la primera.

Ocho años después me encontraba yo en el momento más álgido de la crisis existencial ocasionada por la adolescencia. Me revelaba frente al mundo y cantaba: “Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír…”.

De pronto, la opinión de mis padres ya no podía ser tomada como cierta y buscaba la verdad absoluta –como si yo pudiera encontrarla- fuera de las cuatro paredes del hogar donde había crecido. Comenzaba a cuestionarlo todo, y cuando digo todo, me refiero a todo. –el sistema de gobierno, el horario del colegio, la dieta que se seguía en casa, el uso indiscriminado del triturador de alimentos, el consumo de pollos estresados, la apatía de nuestros alcaldes ante la destrucción del medio ambiente, la lentitud con la que transcurrían los años, la existencia de usos y costumbres impuestos por la sociedad, la obligación de tener que usar trajes y chaquetas en la facultad de derecho, las normas, la inminente presencia de normas en todo ámbito que me rodeaba, entre otros-.

Aquella noche, a sabiendas de que mi madre me respondería con un frío “NO”, yo había solicitado el permiso de ir al cine con mis amigas a mi padre, quien había accedido ante mis manipulaciones con un “SI” no muy seguro.

En mi habitación nos encontrábamos mi hermana, mis tres amigas y yo, haciendo ese ritual que precedía a las salidas: Cada una traía su mochila con la ropa que había escogido meticulosamente dos días antes, incluso habían comprado algún accesorio que hiciera juego con sus zapatos o el color de la camiseta. Sin embargo, en ese momento nadie se sentía conforme con lo que había elegido 48 horas antes –lo que entenderíamos años después es que nadie se sentía conforme con nada en aquellos años- y comenzaba el intercambio textil: “¿Me prestas tus pantalones?” ¿Me veo bien? ¿Puedo ver lo que tienes en tu armario? ¡Si claro, usa lo que necesites! Este proceso se desarrollaba únicamente con hilo musical. La música formaba parte de todos nuestros actos. Sin música no comíamos, no bailábamos, no hablábamos, no nos vestíamos. La música era elegida en función de nuestro estado de ánimo, por ejemplo, para momentos de rebeldía extrema optábamos por Silvio Rodríguez (trovador cubano), para cuando sentíamos incomprensión ante los ataques injustos de la sociedad preferíamos el estilo rockero, y de cuyo gran abanico, escogíamos una mas o menos intensas dependiendo de la gravedad del daño moral que hubiésemos sufrido.

Finalmente, y mientras terminaba de sonar la última canción del disco de Metallica, me dirigí hacia la habitación de mi madre.

-¡Mamá, ya me voy! Mis palabras fueron rápidas, como también lo fue la reacción de mi progenitora.

-¿Perdón? Respondió ella, ladeando su cabeza y mirándome tan fijamente que sentí ansiedad y una necesidad inmediata de correr.

Mi respiración se aceleró. Solo tenía unos pocos segundos antes de que mi madre lograra entrar en mi cabeza y pudiese saber todo lo que yo había planeado. Ella tenía ese poder. Ella podía leer mis verdades hasta en el más mínimo movimiento que hicieran mis pupilas. Tenía que haber sido más rápida. Pero claro, yo olvidaba en aquel momento que ella me ganaba en edad, experiencia, y sobre todo, en inteligencia.

- Termina de entrar. Y cierra la puerta. Dijo ella.

“Cierra la puerta”. Esta frase llevaba inmerso un significado sumamente grave para mí. Significaba que iba a hablar conmigo. Había descubierto mi plan. Lo que iba a decirme era tan grave, que no podía siquiera ser escuchado por mi hermana que se encontraba en la habitación contigua. “¡Dios! ¡Dios! ¡Protégeme!” pensé.

- ¿A dónde vas? Me preguntó, mientras que, con la serenidad que le identifica, continuaba zurciendo un agujero que le había hecho mi hermano a uno de sus pantalones.

- Al cine. Respondí intentando mantener en secreto mis emociones
-¿Ah sí?

La ironía. Era de esperarse. La depredadora jugaba con su presa antes de aniquilarle.

-Y, si se puede saber, ¿A quien le has pedido permiso? Continuó

Como quien guarda esa última carta bajo la manga en una partida de póker, llené mis pulmones de aire, y respondí, con orgullo:

- a MI PAPÁ.

Mi madre dejó a un lado el pantalón, y, afortunadamente, también apartó de sus manos las tijeras y la aguja. Se incorporó y me dijo: “Pues, lamento decirte que no vas. Y no pierdas tu tiempo intentando que cambie de decisión”. Seguidamente cogió su teléfono, llamó a mi padre y acordaron revocar inmediatamente el permiso que me había sido otorgado.

En aquel momento, mi madre supo que había hecho caso omiso al orden jurisdiccional que reinaba en mi casa. Había obviado “su instancia” y con premeditación, me había dirigido directamente al “juzgado superior en jerarquía” (mi padre), y esto era algo sumamente grave. Así pues, mi madre decidió, haciendo uso de su poder discrecional, solicitar, de oficio, la nulidad inmediata de todo y cuanto permiso se hubiere podido haber otorgado a mi favor.

El estado de indefensión en el que me encontré generó en mí un sentimiento nunca antes visto en mí: Ira. Así que, frente a los hechos, y en defensa de mis intereses rebatí las alegaciones de mi madre.

-¿Me has quitado el permiso que me dio mi Papá? Pregunte con la cabeza en alto y el pecho afuera mientras le miraba desafiante.

-Si. Respondió secamente

-¿Porqué? Insistí

-¡Porque aquí hay normas y hoy no puedes salir!

-ah ¿Si? En este punto yo ya había perdido toda mi cordura, y continué: “O sea, yo pido permiso para ir al cine y tu vas y me lo quitas porque eres muy lista ¿no?”

(Nota del Autor: en realidad la palabra que dije a mi madre fue otra. Un poco mas fuerte y cuyo significado real solo puede entender un venezolano. Para los venezolanos, dije: “O sea, yo pido el permiso para ir al cine y tu vas y me lo quitas porque te la das de rata ¿no?)

Silencio.

Desde donde yo estaba podía escuchar como se aceleraba la respiración de mi madre. Sus músculos se tensaron inmediatamente. Yo, como el ratoncillo que está dentro del terrario con la serpiente, intenté escapar. Agaché la cabeza y encorvé mi torso como una reacción instintiva para proteger a mi corazón. Había faltado al respeto de mi madre. Ella, llevaba soportando mis respuestas temperamentales de adolescente durante mucho tiempo y esa había sido la última gota que derramaría su vaso –uno muy grande-.

Se incorporó rápidamente y caminó hacia donde yo estaba. Yo, con la visión nublada de terror, abrí la puerta de su habitación y salí hacia el pasillo. En el mismo momento, mi hermana y mis amigas se personaron en el pasillo. Y allí estábamos, yo en una esquina, mi madre acercándose cada vez más a mi encuentro, y un público atento a lo que sucedería. No tenía escapatoria. Estaba atrapada entre la pared y mi madre.

Cuando se encontraba a unos 50 centímetros de distancia de mí, mi madre comenzó a elevar su brazo derecho. Y, así fue como supe que, por segunda vez en mi vida, recibiría otra bofetada. Esta vez por ser estúpida e insistentemente rebelde ante la simple normativa que existía en el Reino de mi casa.

El dolor que me causó esta bofetada fue tan fuerte que no recuerdo las expresiones de las personas que estuvieron presentes, como tampoco recuerdo sus comentarios. Esta vez el dolor no fue físico –pues, en realidad, ella no empleó fuerza-, sino moral. Mi madre, mujer serena, amorosa, y muy, muy paciente, había sucumbido ante mis constantes agresiones verbales y había tenido que tomar una medida extrema. Unos meses después ella confesó: “Esa bofetada me dolió mas a mí que a ella”. Y, le creo.

El efecto de esta segunda y última bofetada se ha prolongado durante muchos años. Este golpe surtió el efecto de “bofetada a un histérico”-y créanme que estoy totalmente en contra de la violencia-. La histeria producida por un novio nuevo a los 18 años, o por la libertad que te asegura alcanzar la mayoría de edad, debía ser controlada. Debía entrar en razón y entender que: todo en la vida tiene su momento, que para cosechar una planta primero hay que sembrar una semilla, que mi familia siempre jugaría en mi equipo, que antes de correr hay que aprender a caminar, que gracias a la existencia de ciertas normas de convivencia la humanidad no ha desaparecido, que vivir cada minuto como si fuera el último no significaba ir a todas las fiestas a las que me invitaran, que la paciencia era un ingrediente clave para mi felicidad, y que tenía que comenzar a desarrollar trabajando arduamente y sin descanso.

Un poco mas de ocho años han transcurrido desde aquella noche y comienzo a creer que las crisis existenciales del ser humano suceden, justamente, cada 8 años, pues, alcanzados los 26 años, comenzó una nueva búsqueda de la verdad, una nueva rebeldía interna que me impulsaba a contradecir las normas que agentes externos intentaban imponerme. Esta vez, circunstancias como la de emigrar a un mundo nuevo, abandonar mi zona de confort para enrumbarme hacia lo desconocido, el hecho de integrarme activamente en la sociedad y el ámbito laboral, descubrir que no todo es tan rápido como lo pensé, y, contraer matrimonio mientras sucedía todo lo anterior, generó en mí una nueva crisis, pero que, a diferencia de las otras, no me ha supuesto una bofetada mas, pues, cada vez que siento la necesidad de correr en vez de caminar, o de cosechar un árbol sin haberlo sembrado, recuerdo aquella noche en la que la vida me enseñó que a veces las cosas no suceden como y cuando uno las quiere, pues “todo sucede en el lugar y el momento perfecto”. Además, si cada vez que intente burlar la normativa del ritmo natural de las cosas voy a recibir una bofetada, como ha venido ocurriendo, estadísticamente hablando, opto por seguir marchando al compás que me marque la vida.