sábado, 23 de julio de 2011

Respire normalmente


“En caso de que se produzca una descompresión en cabina, las máscaras caerán desde el compartimiento superior. Tire de ella, colóquesela sobre boca y nariz y respire normalmente”



Esto es, si mal no recuerdo, lo que dicen las mujeres altas con moños de bailarinas en los aviones cada vez que hacen ese ritual que precede al despegue del avión. Dicen que los secretos más importantes del mundo se encuentran escondidos a la vista de todos. Y esta frase es uno de esos secretos.

El instinto de supervivencia es algo con lo que los hombres no podemos luchar. Tan cierto es que, varias veces al año, mueren personas en “estampidas”. Suceden en conciertos, en discotecas en las que se inicia un pequeño incendio en un baño... ¡Ah! y en La Meca, a la que acuden todos los musulmanes del mundo, una vez al año, y dan vueltas alrededor de ella para honrar a Alá. –También sucede en otros reinos animales: Mufasa, Rey León, padre de Simba, muere en una estampida de ñúes-

En cada célula de nuestro cuerpo, está tatuado un protocolo de seguridad que nos empuja inexorablemente a huir en caso de peligro. Puede incluso que se trate de feligreses o peregrinos que están reunidos en un templo, iglesia, mezquita, o como se le llame a la casa de Dios. Esto es algo fascinante –si no terminas aplastado por ellos, claro está-.

Si en la casa de Dios, y hablaré de una Iglesia, por ser el catolicismo mi religión, el sacerdote detuviera la segunda lectura y dijera:


“Queridos hermanos, hermanas, esta casa de Dios, en la que hoy nos encontramos reunidos, está a punto de derrumbarse. Podéis ir en paz. Hacedlo ordenadamente, pero rápido. Insisto, en paz, pero rápido. Que Dios este con Vosotros”


¿Qué pasaría?... Una estampida. Una estampida de católicos, desesperados, que cogerían de la mano –o de la camisa o de los pelos- a sus seres queridos y correrían como nunca lo han hecho para lograr salir, lo antes posible, de la Casa de Dios. En ese momento, el homo sapiens retrocede en su evolución y se convierte en un ñu de la Selva.

Cuentan las leyendas que en los barcos es distinto. Se dice que cuando el barco se está hundiendo, el Capitán siempre decide hundirse con su barco, asido al timón. Dicen que el Capitán, organiza la evacuación de pasajeros –de haberlos-, tripulación, y hasta mercancías y les despide con una gran sonrisa. Seguidamente, el orgulloso marinero, regresa a su lugar, se sirve una copa de brandy y se sienta frente al timón. Frente a ese timón que ha asido durante tantos años y que le ha llevado a los lugares más inhóspitos de los mares. El Capitán ama tanto a su timón, a su barco, a las travesías que ha hecho con él, a sus mares y a sus tormentas, que prefiere hundirse con él. Quiere morir asido al timón, porque vivir sin él sería como encadenarse perpetuamente a una vida… pero muerto.

Desde que el mundo es mundo han existido momentos de crisis. Desde que el mundo es mundo el hombre ha encontrado motivos para vivir un momento de crisis. Si se busca, siempre se encontrará una razón para sufrir, para correr, para huir, para aplastar a tu hermano, para abandonar al necesitado. No es necesario estar en un barco que se hunde o en un avión en el que ocurre una descompresión en cabina para reaccionar como un Ñú. Porque el hombre reacciona en “Estampida” por motivos muchísimo menos alarmantes.

No obstante, si estamos en una situación de crisis –alarmante, terrorífica, agobiante…- hemos de recordar que: En todo momento, desde el Compartimiento Superior –nótese las mayúsculas-, caerá una máscara, con la que podremos respirar normalmente.

El compartimiento Superior actúa automáticamente. ¡Tú lo sabes! (Y las aerolíneas también lo saben…quizás este conocimiento les haya sido revelado porque la mayor parte de su trabajo la realizan en el cielo…) No es necesario pedirle al Compartimiento Superior que te dé una máscara para que puedas respirar puesto que Él ya lo sabe. De tratarse de una descompresión, la máscara aparecerá frente a tus ojos y tú podrás –como de hecho sucede siempre- respirar con tranquilidad un oxígeno limpio y puro que te permitirá seguir adelante en tu vuelo, en tu travesía… En tu barco. Al final, y llegado el momento, podrás despedir a toda tu tripulación con una gran sonrisa, y tú Capitán de tu propia vida, te hundirás satisfecho, asido al timón, en la profundidad del amor que te permitió navegar por tantos mares.

jueves, 21 de julio de 2011

Un pequeño paso



Hace algunos años, un 21 de julio, y sobre esta misma hora, millones de personas veían, incluso con lágrimas en los ojos, como el Sr. Armstrong se convertía en el primer ser humano en pisar la superficie lunar. El Sr. Armstrong no iba solo. La Misión espacial Apolo 11, iba tripulada, además, por Edwin, Buzz y Michael (pobres… solo se hizo famoso el tal Armstrong)

Tras seis horas de haber alunizado -¿Qué harían 6 horas dentro de aquel aparato en vez de salir? seguramente jugaban con la gravedad mientras en Houston sufrían de ansiedad y preparaban sus micrófonos para decir "Tenemos un problema" o en versión original "Houston, We have a situation"- , el Sr. Armstrong descendió del Águila y dio el salto pronunciando la frase: "Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad"

Aquella imagen y aquellas palabras recorrieron el mundo entero. Las familias se reunieron frente a sus televisores en blanco y negro y presenciaron cómo, una vez más, algo que parecía total y completamente imposible acababa de suceder. Aquello, supuso, como muy acertadamente lo manifestó Neil Armstrong un pequeño salto para el hombre y un gran salto para la humanidad.

Tras haber instalado las cámaras, los tripulantes del Apolo 11 se comunicaron con el Presidente de los Estados Unidos de América de aquel entonces Richard Nixon.

En esta llamada, el Sr. Nixon manifestó:
“Hola Neil y Buzz, les estoy hablando por teléfono desde el Despacho Oval de la Casa Blanca y seguramente ésta sea la llamada telefónica más importante jamás hecha, porque gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres y como nos hablan desde el Mar de la Tranquilidad, ello nos recuerda que tenemos que duplicar los esfuerzos para traer la paz y la tranquilidad a la Tierra. En este momento único en la historia del mundo, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Lo que han hecho los enorgullece y rezamos para que vuelvan sanos y salvos a la Tierra"


Y así lo hicieron, la tripulación regresó a la Tierra sana y salva.

Existen momentos de nuestra historia que no debemos olvidar. Si no que, por el contrario, debemos mantener presentes a cada instante. Creer en lo imposible ha hecho que muchos seres humanos descubran maravillas. Si estas personas, no hubiesen creído en que el hombre podía viajar a la luna no supiésemos ni de Armstrong, ni de los cráteres de la luna, ni de que aquello era "un pequeño paso para el hombre". Y lo más grave, no hubiésemos podido ver las fotos que le hacen a nuestro Planeta Tierra desde el espacio.

Sin embargo, ellos creyeron en lo imposible. Ellos, como lo han hecho otros tantos millones de personas, han creído en lo imposible. Y han dado un pequeño paso, y luego otro más, que nos ha dejado a las generaciones futuras de la humanidad, la seguridad de que lo imposible es algo que depende únicamente de nuestra decisión.

Cada uno de nosotros, y durante cada día de nuestras vidas, damos un pequeño paso para el hombre y dejamos una huella. Cada vez que decidimos seguir a nuestro sueño, dejamos una huella aún más indeleble. Un pequeño paso, por insignificante que parezca, puede suponer un gran paso para la humanidad, para tu felicidad.

Desea siempre lo imposible...

lunes, 18 de julio de 2011

Sube al Ascensor



Durante todos los años de mi corta –o digamos mediana- pero muy aprovechada vida, siempre he vivido en edificios. He vivido en octavas, décimas y doceavas plantas. Por tanto, el ascensor siempre ha sido un elemento fundamental para mí y mi familia.

El ascensor era para nosotros como el pan mismo, como el agua o como el aire que respirábamos en aquellos momentos, así que, cuando se estropeaba, toda nuestra vida se desequilibraba y reinaba un caos repugnante. Sobre todo teniendo en cuenta que el ascensor siempre se estropeaba cuando habíamos ido de compras y todos los miembros de mi familia llevábamos al menos 5 bolsas en cada una de nuestras manos.

En cierta forma, creo que los constantes fallos mecánicos en aquél ascensor que nos llevaba hasta nuestra doceava planta, indujeron a mis padres a mudarse. La gota que rebasó aquél barril, fue el día que compramos nuestro primer árbol de navidad. Mi madre quería uno grande –era el primero, tenía que ser colosal-. Así pues, mis padres compraron un árbol de 2 metros de altura, y junto a él, todos los adornos que pudieran tupir generosamente aquel gran follaje. En total, llenamos el maletero del coche y el asiento trasero con una caja de 2,50 metros de largo, y 10 bolsas llenas de adornos. Al llegar a nuestro edificio y posarnos frente al ascensor, leímos, con estupefacción, un cartel que habían dispuesto en su puerta “FUERA DE SERVICIO” … Por tratarse de nuestro primer árbol de navidad, decidimos no ir a dormir a casa de la abuela y regresar al día siguiente. Mis padres se hicieron con dos bolsas cada uno y entre ambos cargaron la caja que contenía nuestro árbol. Nosotras, pequeños renacuajos llenos de alegría y de espíritu navideño, cargamos con las bolsas restantes. Hicimos dos o tres paradas antes de llegar a nuestro destino, pero repito, la fuerza que nos empujó a subir andando todos aquellos pisos, fue la navidad. Fue el espíritu de nuestro Señor que estaba a punto de nacer.

La existencia de este aparato –cuando funcionaba- que nos transportaba desde la planta baja hasta nuestro hogar tenía sus desventajas. Por ejemplo, mi abuela, sufría de claustrofobia, y durante los 5 años que vivimos en la doceava planta de aquél edificio nunca nos fue a visitar. Mi abuela llegaba al portal del edificio, tocaba el timbre y nosotros bajábamos para conversar con ella. Pero ella nunca subió. Salvo aquella ocasión en la que mis hermanos y yo nos enfermamos.

Aquella mañana me desperté como todos los días, me vestí con el impecable uniforme que exigían las monjas de mi colegio y me senté a la mesa. Mi madre se encontraba de espaldas, sirviendo el café. De pronto volteó para mirarme con esa sonrisa que siempre he amado y me dijo, con voz de ternura: “ay… mi niña, tienes paperas” -¿Qué maneras son estas de anunciar una enfermedad?- Evidentemente, su profesión –médico- le ha deformado su conducta. Mi expresión de terror tuvo que haber sido lo suficientemente alarmante como para que mi madre se dispusiera frente a mí, con papel y lápiz, y me explicara detalladamente lo que era esta enfermedad. Me dijo: "Tranquila hija mía, es normal… como la varicela que te dio cuando tenías 2 años pero que no recuerdas. Hoy no podrás ir al Colegio, y recuerda, no puedes estar de pié porque “se te bajan” , y sin más comentario, continuó preparando el desayuno.

Frente al espejo pude ver como mi cara se asemejaba cada vez más a la de una rana. Pero independientemente de mi horroroso rostro anfibio, yo solo pensaba en que las “paperas” se pudieran bajar. No sabía a qué lugar de mi cuerpo se podían bajar, pero, sin lugar a dudas aquella advertencia me mantuvo en cama unos cuantos días. Y más cuando, dos días después, mi hermano se despertó con un par de cachetes anfibios casi igual o peores que los míos, seguida por mi hermana a las 24 horas siguientes. De este modo, y en cuestión de tres días, todos los hermanos nos encontrábamos postrados en nuestras camas sin poder andar por miedo a que se nos “bajaran las paperas” a algún lugar del cuerpo que no conocíamos pero que podía llegar a ser muy pero que muy grave.

Mi abuela deseaba vernos. Como siempre. Pero entre su deseo y la posibilidad de hacerlo realidad, existía un gran obstáculo: EL ASCENSOR.

Todos los días llamaba por teléfono, para preguntarnos como estábamos. Siempre le respondíamos que estábamos bien, que parecíamos ranas pero que no nos dolía nada. Ella insistía en que no camináramos porque se nos podían bajar las “paperas”. Seguidamente nosotros corríamos a la cama y nos acostábamos.

El tiempo transcurrió sin que nuestros cachetes recobraran su tamaño normal así que mi abuela, decidió, firme e irrevocablemente enfrentarse a su terrible adversario, El Ascensor.

Aquella tarde, mi abuela llamó para avisarnos que a las 13.00 horas llegaría al portal de nuestro edificio. Nos preguntó cuantos minutos demoraba el ascensor en llegar a la doceava planta. Le respondimos que nunca habíamos contado el tiempo, pero que podían ser 40 segundos. Mi abuela, armada de valor, y con voz temblorosa, manifestó: "Si a las 13:05 no he tocado a la puerta es que he muerto dentro de ese asqueroso aparato ¡Quien habrá inventado esa atrocidad!" Y cortó la llamada.

Nosotros, tres niños-anfibios, nos reímos y esperamos a que mi abuela tocara a nuestra puerta.

Y así lo hizo. A las 13.01 abrimos la puerta y nos encontramos con una abuela sudorosa y pálida. Inmediatamente la sentamos en el sofá y le dimos un poco de agua con azúcar. Ella, mientras se secaba el sudor, nos miraba como nunca antes lo había hecho. Y nosotros, aunque pequeños, entendimos que lo que acababa de hacer nuestra abuela era un acto heroico por amor a nosotros. Entendimos que aquella mujer, había enfrentado, incluso pensando que podía morir en el intento, a su magno miedo “El ascensor”, para hacer realidad su sueño.

¿A Cuántos ascensores hemos tenido que enfrentar? ¿Cuántos ascensores están justo en frente de ti, a la espera de que subas? ¿Cuántos ascensores han subido sin ti? ¿A cuántas personas has dejado de visitar por no subir en ese ascensor? ¿Cuántas bellezas has dejado de admirar por estar sentado, en el portal de un rascacielos?

Para alcanzar una meta, no se necesita sino tomar la firme decisión de alcanzarla. Incluso si en medio del camino, te cueste la vida. A los miedos hay que recibirlos con un ramo de flores, invitarlos a casa y darles de cenar. Hay que tratarles con amor… y llevarles de paseo. Al final, ese mismo “ascensor” al que temías subir, terminará elevándote hacia tu sueño, o al menos, hacía un lugar más cercano a él.



…En cuanto a las paperas, nunca se nos bajaron a ningún sitio. Creo que es una mentira-médica para mantener a los niños en cama, porque esta enfermedad, se suele padecer entre los 5 y los 13 años.

domingo, 17 de julio de 2011

De amor y Océanos


En el océano existen tantas especies como hombres en la tierra. Incluso hay quienes dicen que solo se han descubierto un veinte por cien de las que lo habitan. Esto es un hecho que, a decir verdad, puede ser escalofriante. Puesto que, quizás, puede que en el océano habiten animales gigantes, venenosos y carnívoros a la espera de que algún alma perdida se acerque a sus cuevas. Sin embargo, creo que lo más sano, hasta tanto no se descubra ese ochenta por cien restante, es continuar disfrutando de las especies marinas que ya conocemos y con las cuales podemos convivir en el planeta tierra.

Siempre creí que los únicos seres que sentíamos amor, y por ende, desamor, y sufríamos y llorábamos, éramos los hombres. Hasta aquella tarde del mes de Julio.

Durante aquellos días, me encontraba sumida en un estado de embriaguez universal. De pronto parecía que todos mis experimentos con el universo y el poder que le identifica estaban dando resultado. En medio de mi concentración-comunicación con el mas allá y el más acá, mientras miraba hacia el horizonte, sentada frente al mar, observé como un objeto danzaba en la orilla del mar. Sin dudar ni un segundo, me puse de pié y me acerqué hacia lo que, desde lejos, parecía ser un pequeño baúl.

Se trataba de un baúl, metálico y con un cierre hermético. Cogí el objeto, y me fui hasta el espacio de arena en el que había ubicado mi sombrilla, mi toalla, y mi libro. Abrió fácilmente. No tenía ningún tipo de candado, ni necesité desencriptar alguna clave para hacer girar un perno que activara la apertura del objeto. –qué extraño, ¿no?-

En el interior del baúl se encontraba una carta, protegida muy acertadamente con un envoltorio plástico. Mi corazón latía rápidamente. Así que, para evitar sufrir un infarto en aquél instante, abrí el envoltorio y saqué de su interior la carta. Se trataba de 20 folios escritos con una caligrafía impecable –y muy pequeña, además-. Aquello había llegado a mis manos por algún motivo, y yo, seguidora fiel de los pequeños y grandes mensajes de Dios, me dispuse, sobre mi toalla, y bajo la sombrilla a leer el contenido de aquel profundo, y lo digo literalmente, documento.

“Escribo esta breve historia, para todo aquel que haya naufragado persiguiendo a quien amaba. Escribo para que nunca, ni en el fondo, ni en la superficie del mar, pueda si quiera existir la duda de que aunque no se llegué a alcanzar el final que esperábamos, la meta fue alcanzada. Escribo para que entre los seres que habitan este océano puedan descubrir, con la vista puesta en su sueño, que a veces el naufragio de un amor, no se debe a uno o al otro, sino a la profundidad en la que cada uno de ellos habita”



Con una introducción como esta no pude sino apoyar los codos en la arena e introducirme total y completamente en la lectura que fue haciéndose cada vez mas y mas hermosa. No sabía quien había escrito aquella carta, pero decidí –con mucho esfuerzo- no leer la firma al final de aquel escrito. Y continué leyendo, mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte y las familias comenzaban a recoger sus campamentos –mientras mama recogía, los hijos lloraban por aquél fatídico hecho: el día de playa había culminado. Pobres almas-


“Yo nací en este lugar, a 50 metros de profundidad. Por algunos amigos, sabía que existía mucho más océano y muchas más especies distintas a mí. Además, me explicaron las diferencias entre nosotros y aquellos que vivían a más o menos profundidad. Sin embargo, nunca imaginé que quienes habitaban en la superficie podían ser tan hermosos.

Nosotros, los peces que vivimos a muchos metros de profundidad poseemos características maravillosas. Como vivimos en lugares muy poco iluminados, desarrollamos nuestros ojos y somos capaces de ver a muchos metros de distancia. Además, la mayoría de nosotros tenemos cuerpos luminiscentes, y con éste brillo, solemos ayudarnos entre nosotros y, si, también lo usamos para atraer a nuestras presas.

Siempre pensé que todos los que habitábamos este mar podíamos relacionarnos sin ningún tipo de limitación. Es decir, una vez descartada la posibilidad de que estuviera frente a un depredador, creía que no existía barrera alguna que impidiera enamorarse de uno u otro pez que apareciera por estas aguas.

Una noche, mientras yo descansaba en la arena, todo comenzó a agitarse violentamente. No era una tormenta de las que había presenciado. Se trataba de algo peligroso, porque lo presentíamos. Inmediatamente, nuestro instinto animal nos hizo salir de las cuevas, escondrijos y rocas para nadar hacia el norte. En este momento de crisis, me impactó ver cómo el lenguaje natural se encargaba de manejar toda la situación. Yo nade lo más rápido que pude. De pronto se oyó la más fuerte explosión que jamás se hubiera escuchado en aquel mar.

Seguidamente un silencio eterno se apoderó de mí. Cuando recobré la consciencia no recordaba lo que había sucedido, ni en qué lugar me encontraba, ni que habría sido de mis hermanos y amigos. Sin embargo, a los pocos segundos todo fue volviendo a mi memoria.

Me moví lentamente. Adolorida por los golpes que –supongo- había recibido luego de aquel movimiento brutal de nuestro fondo marino, me acerqué hacia un coral de color rosa brillante. Nunca había visto nada igual. Embelesada por aquellos colores, decidí concentrarme en mi respiración mientras me dejaba llevar por una corriente de agua tibia. De pronto, abrí los ojos y vi que un pez se aproximaba al lugar en el que yo me encontraba. Víctima de muchas historias de terror narradas por mis antepasados, nadé desesperadamente en busca de algún agujero en donde esconderme. Pero aquél pez me ganaba en rapidez y en fuerza. Así pues, decidí jugar mi última carta.

Me hice la muerta.

El pez, se acercó a mí y comenzó a zarandearme, mientras me decía que todo iba a estar bien. Yo pensé que era parte de su estrategia para devorarme íntegramente así que continué en mi estado aparentemente vegetativo. Además pensé, “quizás el “zarandeo” sea la forma de aniquilarme”. Finalmente el pez cesó en su brutal manera de devolverme a la vida. Y ante su evidente preocupación, decidí abrir los ojos. Y le vi. Aquello fue maravilloso. Nunca había visto unos ojos como aquellos. Su mirada superaba con creces, lo que cualquier palabra pudiera expresar.

Y así conocí a Grot. El me ayudó a sanar mis heridas y me explicó que lo que aquello había sucedido se llamaba “Tsunami”. Por noticias llegadas de la superficie, me contó, además, que aquél fenómeno había afectado mucho en la tierra y que muchos hombres habían muerto. Tras varios días recibiendo historias y noticias desde varios puntos de la geografía oceánica, supe que me encontraba a unos 15 metros de profundidad y muy lejos de mi hogar.

Me encontraba totalmente perdida. Mi hogar había sido desplazado a algún lugar que yo desconocía. Mis hermanos quizás habían muerto. Y, por si esto fuera poco, me costaba respirar y no había alimentos para peces como yo.

Grot era un pez libre y el conocimiento que tenía a cerca del universo, y de la esencia de todo aquello que nos rodea, me llevó, obligatoriamente a intentar adaptarme a aquel nuevo mundo que me ofrecía una razón para continuar sonriendo. Yo, pez de fondo y luminiscente, no demoré mucho tiempo para comenzar a sentir por Grot algo más que un sincero agradecimiento.

Durante aquellas semanas, mi cuerpo comenzó a adaptarse a la presión, y respirar a 15 metros de pronto se me hizo sencillo. Además, con la ayuda de Grot, encontré dos o tres plantas que satisfacían mi apetito. Aquello era realmente maravilloso. El colorido de ellos, de sus corales, de sus plantas… había tanta vida en aquel lugar. De pronto la oscuridad de mis cuevas y mis amigos brillantes se me antojaban aburridos y sin sentido.

La sencillez de Grot le daba sentido a mi profundidad, y mi profundidad se la daba a la sencillez de Grot. Era una simbiosis perfecta. Ambos estábamos en el lugar preciso para aprender el uno del otro lo que necesitábamos para seguir adelante en busca de nuestros sueños.

Unos meses después, comencé a sentir que mi cuerpo no estaba bien. Mis aletas no reaccionaban y ni que decir de mi capacidad luminiscente.

Con preocupación la colonia que habitaba a 15 metros de profundidad me examinó y determinaron que, debía regresar a mis profundidades lo antes posible. De no ser así, mis órganos comenzarían a fallar uno a uno hasta llevarme a… mi muerte.

Grot decidió acompañarme. Así pues, comenzamos el descenso. Cada metro que descendíamos producía serias consecuencias en Grot, puesto que su cuerpo no estaba acostumbrado a esas presiones. Y sin embargo el mío, se adaptaba rápidamente. No obstante, Grot, luchador por naturaleza, intentó desafiar a su cuerpo, una y otra vez. Metro a metro. Cuando nos acercábamos a los 30 metros, noté como de pronto, su cuerpo se hacía más compacto, más delgado. Y le exigí inmediatamente que se detuviera.

En aquel instante, comprendí que Grot ya no podía descender ni un metro más. Sus huesos se estaban comprimiendo lentamente y no existía en aquel lugar alimento que pudiera revitalizar a Grot. Yo, por mi parte, ya no podía regresar a la superficie. Le miré fijamente, y él me devolvió la mirada. No hizo falta palabra alguna. Ambos supimos que era el momento de nuestra despedida.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y la única palabra que pude pronunciar fue: Gracias. Le agradecí por haberme ayudado a superar aquel tsunami. Le agradecí por haberme guiado en mi adaptación a un mar distinto. Le agradecí por haberme hecho recordar que se siente amar incondicionalmente y ser amado del mismo modo. Le agradecí por haberme recordado que a él, a mí, y a todos, nos une una fuerza mucho mayor que cualquier tsunami: el amor. Le abracé por un buen rato, hasta que recordé que él debía ascender inmediatamente. Le pedí que nunca olvidara que en el fondo del mar tiene a alguien que le ama incondicionalmente. Porque con él, entendí que el amor no se desvanece con las distancias. Entendí que el amor vive y perdura eternamente independientemente de la posibilidad que tengan dos cuerpos de estar unidos físicamente. Entendí que el amor, es un sentimiento que se lleva en el alma y no en los cuerpos.

Mi regreso a las profundidades fue doloroso. Fui descendiendo lentamente mientras veía alejarse a aquél pez que llegó a mi vida para enseñarme la grandeza y la pureza del amor.

Las coordenadas que me habían dado fueron las correctas pues llegué, sin pérdida alguna a mi hogar. Allí estaban mis hermanos y mis amigos. Cada uno tenía una historia distinta que contar sobre los meses que estuvieron deambulando por el vasto océano que nos rodeaba.

Hoy, decidí escribir mi historia para todos aquellos que han amado a alguien de otros océanos. Yo, pez de profundidad y cargado de luz, intenté vivir en aguas superficiales. Intenté adaptarme de todas las maneras posibles a aquella vida, a aquellos alimentos, y sin embargo no pude soportarlo. El, pez de aguas superficiales, colorido y soñador, hizo hasta lo imposible para lograr descender a los confines de mis orígenes, pero casi le cuesta la vida.

Y es que en este vasto océano, en el que todos respiramos del mismo modo, debemos comprender que, en muchas ocasiones, el naufragio de un amor, no depende del compromiso del uno o del otro, sino de su propia naturaleza. Debemos comprender que, si vemos a nuestro pez azul fallecer lenta y dolorosamente, es porque algo anda mal. Pues o uno o el otro está fuera de su hábitat.

A 50 metros de profundidad, se despide este pez que, durante algún tiempo, intentó amar en otros océanos

Firmado: Estrella”




Tras haber leído aquél escrito, ya había caído el alba. No quedaba ni un alma en aquella playa de arenas pálidas. Y sin embargo, no sentí soledad. Doblé cuidadosamente todos los folios, y los introduje nuevamente en el baúl. Caminé hacia la orilla del mar y lo lancé lo más lejos que pude. Mar adentro. Esta carta tenía que ser leída por muchas más personas en esta vasta tierra en la que habitamos hombres y mujeres de distintas profundidades, y que, en más de una ocasión hemos intentado, incluso arriesgando nuestra propia vida, amar en otros océanos.

domingo, 27 de marzo de 2011

El Gran Mago



Recuerdo que cuando era niña, una de las cosas que más me disgustaba hacer, era buscar el significado de las palabras en el diccionario. Mis compañeras tenían el diccionario del tipo “bolsillo”, por lo que, para ellas, se trataba de una tarea fácil ir al pequeño y compacto libro y buscar la palabra en cuestión. Sin embargo, mi madre, amante de nuestra lengua, solía comprar el diccionario más grande que existiera en el mercado –de esos que llevan incorporados, además de una decena de significados por palabra, el origen etimológico de la palabra y su evolución hasta la actualidad, todos los sinónimos, todos los antónimos, y hasta las pronunciaciones-

-¿Mamá? Preguntaba yo, con ojos de cordero

-¿Si?

-¿Qué significa “planear”? Soltaba la pregunta rápidamente, para que ella, del mismo modo, respondiera sin dilación alguna –que tontos somos los hijos-.

-¿Planear? Repreguntaba. Y hacía esa pausa silenciosa que era realmente torturante. Y seguidamente decía, con una ligera sonrisa: ¿Por qué letra empieza?

Esa era su respuesta.

Seguidamente, yo, con cara de pocos amigos, me dirigía hacia el colosal tomo en búsqueda de la palabra que empezaba por la letra P. Me dirigía yo hacia él porque a mi corta edad no podía cargar con él. Mi madre lo había dispuesto todo. Le había mandado a hacer una mesilla al Diccionario. Así que operaba de esa manera, las niñas iban al salón, se acercaban a la mesilla de madera donde reposaba el cuerpo literario, y allí, de pié, pasábamos unos minutos, o a veces horas, buscando el significado de la palabra. Para una niña con déficit atencional, esto podía suponer toda una tarde, pues, leía el significado de la palabra dos veces, me lo repetía mentalmente, y caminaba rápidamente hacia mi habitación para escribir en mi cuaderno el significado, pero, cuando tomaba el lápiz y el papel, ya no recordaba nada. Unos meses después, mi madre decidió mudar al Diccionario y su respectiva mesa a mi habitación. Cuatro años más tarde, sucedió un milagro: El Internet llegó a mi ciudad. Tras varias sesiones familiares, alrededor de la mesa de la cocina, mis padres decidieron donar el preciado Diccionario a la Biblioteca Pública.

Y ese fue el primer milagro que recuerdo haber vivido en carne propia. La inesperada salida de aquel monstruoso libro lleno de letras negras y la entrada en escena del Internet como herramienta de búsqueda de información. Nunca, Jamás, pude siquiera imaginar que un milagro así sucedería. ¡Ni siquiera lo había pedido! Y sin embargo, sucedió, así, sin más.

Desde aquel momento decidí hacerme una cazadora de milagros. Mi madre, mujer observadora por naturaleza, me inició en el arte de encontrar el hecho milagroso en cualquier situación. Me enseñó a abrir mis sentidos, para vivir, de manera consciente, la constante materialización del amor aquí, entre los mortales. De la misma manera que me indujo a buscar el significado de palabras de más de quince consonantes en aquel horroroso texto, me guió en la tarea de buscar, por mí misma, el significado del poder del amor.

La palabra Milagro, proviene de la voz “miraglo” –si, una evolución en la palabra muy parecida a lo que supongo que sucedió con el cocodrilo español y crocodilo inglés-. Y, que, la Real Academia de la lengua española, define como: 1. m. Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. (Definición obtenida tras una búsqueda realizada en tan solo 0,14 segundos haciendo uso de la milagrosa herramienta de búsqueda)

En este juego de la vida, la característica más importante del Milagro es su imprevisibilidad. ¿Qué pasaría si lográramos vaticinar el milagro que está a punto de suceder? La vida sería real y totalmente aburrida.


-Hola, ¿Qué haces?

-Ah, es que dentro de 11 minutos exactamente, conoceré al hombre con quien pasaré el resto de mi vida



-¿Porqué no estás estudiando? ¿No se supone que tienes el examen final de química mañana? Pregunta la madre a su hijo adolescente

-Nop, no estudiaré. Mañana en la mañana el profesor de física no irá al Colegio. Le dará diarrea.


No tendría ningún sentido este juego. El intrincado y a veces agobiante juego de la vida.

Los milagros son como las obligaciones en un contrato: pueden ser de hacer –acción- o de no hacer –omisión-. El milagro puede ser un hecho pero también puede tratarse de que un hecho no se lleve a cabo. El milagro puede ser un pájaro, que en medio del nerviosismo que le ha provocado una señora con un paraguas, se abalanza sobre tu cabeza. En un primer momento piensas que el pájaro tiene la férrea intención de comerte los sesos, pero luego, mientras corres hacia el sentido contrario en el que ibas caminando, gritando “¡Auxilio! ¡Auxilio!” logras ver el número del edificio que llevabas 20 minutos buscando y al que tenías que llegar puntual por tratarse de tu entrevista de trabajo.

El milagro, en muchas ocasiones, es un acto de magia, que logra que enfoques tu atención en un punto distinto a aquel en el que la tenías fijada. Los magos, suelen hacerlo muchas veces en sus presentaciones, en las que mientras hacen el truco del sombrero, estalla un fuego artificial al final del escenario, y, mientras todos miran embelesados la belleza de aquellos colores, el mago busca un conejito peludo y lo introduce en el sombrero. En cuanto desaparecen los coloridos chispazos, la audiencia vuelve a enfocar su mirada en el sombrero del mago, y ¡voila! De su interior aparece el animalito.

La mayoría de los milagros ocurren sin que nosotros seamos realmente conscientes de ellos, pues, no conocemos de qué nos protege o hacia donde nos lleva. Solo, en algunas ocasiones, son tan evidentes que no nos queda ninguna duda. Nos hemos salvado de un accidente de tráfico en cadena en la avenida que solemos tomar, por haberse estropeado la batería de nuestro coche. O quizás, hemos llegado tarde a una entrevista de trabajo en una empresa que unas semanas después se declara en bancarrota.

Esa canción que te atraviesa el alma y te llena de alegría y entusiasmo durante un frío domingo de invierno. Esa conversación inesperada con una vieja amiga sobre trivialidades en la que logras dar respuesta a muchas de tus interrogantes. Esa planta que te regalan y que ahora llena de vida tu habitación. Ese niño que se te acerca a preguntarte algo y te ilumina con su sonrisa y te hace olvidar ese pensamiento maligno que rondaba tu cabeza. Ese chico ciego que conoces en el vagón del metro que te cuenta que es programador y que te empuja irremediablemente a agradecer por tus ojos y a trabajar con más entusiasmo. Todos son milagros. Y debemos ser conscientes de que estan sucediendo. Esa huelga de controladores aéreos que te impide viajar al otro lado del mundo, ese tiempo en solitario contigo mismo, ese despido injustificado, son, aunque nos cueste definirlo como tal en ese preciso momento, milagros. Son actos de magia que te hacer levantar la mirada, y fijar tu atención en dirección contraria. Y mientras tú miras hacia el destello de luz, algo grandioso sucede. Son la materialización del amor del mejor mago. Son la materialización del amor de Dios por nosotros.

De no ser por ese estallido inesperado, orquestado por el Gran Mago, que nos hace desviar la mirada desde el punto A hasta el punto B, no podríamos sentir, en nuestra propia piel, ese nuevo milagro que está a punto de suceder en nuestras vidas.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Todo merece TU amor


Nada merece tu estrés.

Nada.

¿Mejorará la situación económica del país por tu estrés?

¿Mejorará tu trabajo?

¿Mejorará el estado anímico de tu jefe?

¿Mejorará tu cuenta bancaria?

¿Mejorará el presidente que gobierna?

¿Mejorará el cambio climático?

¿Mejorará la salud de tus familiares o la tuya propia?

¿Mejorará tu matrimonio?

¿Mejorará a la factura de la luz, la del gas, la del teléfono?

No. Por el contrario, ocasionará que con el poco dinero que ganas, en tu aburrido trabajo, y mientras tú pareja te critica, tengas que ir a pagar la factura del teléfono, con el dolor de cabeza que tenías pero elevado a la enésima potencia. Tendrás el mismo dolor de cabeza, pero enriquecido con insomnio, y por tanto cansancio. Tendrás dolores en la espalda y el cuello, y por tanto más dolor de cabeza. Tendrás miedo de enfermarte y por tanto pensarás las cosas más horribles que alguien se puede imaginar, y por tanto, tendrás más insomnio, y más dolor de cabeza y más tensión muscular. Tus familiares te verán, y se asustarán, y por tanto, a ellos también les dolerá la cabeza y pensarán que tu muerte se acerca. Al ver que tus familiares comienzan a tener dolores, tú empeorarás, y te sabotearás y pensarás cosas más y más descabelladas y tendrás más dolores y más enfermedades. Tu jefe verá que estás muriendo y te despedirá. Tú empeorarás por haber perdido tu trabajo. Tu familia sufrirá y tendrán más dolores y más enfermedades. Al final tu morirás, y ellos al verte morirán. Nadie pagará la factura. Y el presidente, el cambio climático, la cuantía de los servicios, las ofertas de trabajo, la crisis económica y tu cuenta bancaria seguirán siendo los mismos.

Nada merece tu estrés.

Todo merece tu amor. Con tu amor, se duerme, se sueña, se crea, se anima, se llena de paz, se atrae, se acaricia, se cree, se sana, se entiende, se espera, se es feliz.

Afuera puede que todo siga siendo igual, pero si dentro opera el amor, todo lo de fuera irá necesariamente cambiando.

lunes, 7 de febrero de 2011

Happy-Noticias


Si leemos detenidamente el periódico podemos llegar a tomar muchas decisiones erradas: irte del país porque morirás de hambre, dejar de buscar trabajo porque no lo encontrarás, dejar de trabajar con entusiasmo porque al final seguirás ganando lo mismo, dejar de pensar en que todo mejorará porque el Fondo Monetario Internacional amenaza con cerrar el grifo, comenzar a pensar en no tener hijos porque no podrán ir a la universidad, dejar tu carrera porque cuando la termines de estudiar te pagarán una miseria de sueldo, renunciar a tu trabajo e irte a China porque allá sí que pagan bien, llegar a china y darte cuenta de que si no hablas chino no te dan trabajo…

Muchas veces, cuando no reencontramos con alguien a quien tenemos mucho tiempo sin ver, sucede lo siguiente:

-¡Hola! Le saludo con todo el afecto que siempre le he tenido.

-¡Hola Gaby! Me responde ella.

-¡Pero qué bonita estas! ¿Cómo te ha ido? ¿Sigues trabajando en….? Pregunto todo lo que pueda haber cambiado desde la última vez que le haya visto.

-¡Ah! Si yo te contara….

Y, señores, se desencadenan las historias de telenovelas. Pero no cualquier telenovela. Sino esas que hacen ahora entre Miami, México y Venezuela. –Son una fusión mortífera con el perdón de mis amigos productores-. Durante una hora, me cuenta que ha denunciado a su anterior jefe por acoso sexual, que el actual no valora su trabajo, que se ha roto un tobillo y que estuvo 3 meses en cama, que la casa del pueblo donde solía ir a veranear se ha inundado, y pare de contar. Finalmente, cuando nos despedimos dice:

-¡Ah, por cierto! ¿Te dije que estoy embarazada?

- ¿…?

¿Por qué no habló de la buena noticia durante los 60 minutos que estuvimos reunidas? ¿Por qué centró toda su conversación-monólogo en situaciones negativas y oscuras? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Porque nos hemos olvidado de hablar de las cosas buenas, de los que nos gusta, de lo que soñamos…

Pareciera que ya no sucedieran cosas buenas en el mundo, que todo estuviese dominado por el señor oscuro, pero esto no es más que una ilusión. Es una ilusión porque en la realidad suceden muchas cosas buenas. Solo que, por alguna extraña razón, no está de moda hablar de lo bueno, sino de lo malo. Pero esto debe y tiene que cambiar. Mi misión, y tú misión, es imponer la moda.

Nunca pensé que los pantalones pitillo y los blazers con hombreras volverían ha estar de moda. Y ¿Qué ha pasado? Ahí están, expuestos en todas las tiendas.
Entonces, si algo tan escalofriante como los blazers con hombreras han vuelto a las pasarelas y a las calles del mundo ¿Por qué no podría volver el interés y la tertulia por las buenas noticias?

Es una cuestión de naturaleza. Si nos enfocamos en noticias buenas, y hablamos sobre ellas, éstas se multiplicarán. Así funciona nuestro universo.

Es por ello que hoy, me tomo el atrevimiento de contar con cada uno de Ustedes. Cada uno de Ustedes conoce una buena noticia, un milagro, un giro inesperado, una razón para sonreír, una muestra de amor. No tenemos que irnos lejos para buscar una noticia positiva porque los protagonistas somos cada uno de nosotros. Aunque creas que en tu vida no ha ocurrido nada bueno durante este mes, o este año, piénsalo y encontrarás no una, sino miles de buenas noticias que compartir con el mundo. Compártelas. Cuéntalas al universo. Aunque te parezca algo insignificante. Nada es insignificante –hasta el simple aleteo de una mariposa desencadena un efecto en el universo-.

Este blog ya va recibiendo varias decenas de visitas todas las semanas –muchísimas gracias a todos los lectores-, lo que quiere decir que, tras algunas semanas, muchas personas habrán leído y comentado una buena noticia.Lo mas importante: habrán sido conscientes de todo lo bueno que les sucede. Y así comenzará ha operar el cambio. Estas buenas noticias atraerán más y más milagros. Y, cuando menos lo esperemos, la noticia positiva acompañará a los pantalones pitillos, las hombreras y el rojo carmín en los labios.

Muchas gracias por formar parte de esta, ya imparable, cadena de Happy-Noticias

¡Cuéntale al mundo tu Happy-noticia!

domingo, 6 de febrero de 2011

No acepte imitaciones


Todas las tardes jugábamos a las escondidas. Durante esas horas éramos las personas más felices del mundo. No existía el tiempo ni el espacio. Todos nuestros pensamientos se enfocaban en encontrar ese lugar imposible de hallar. Debía ser un lugar en el que pudiéramos introducirnos y mantenernos en silencio para no poder ser capturados. La adrenalina se apoderaba de nosotros. Nuestro corazón latía con más fuerza mientras escuchábamos la voz de nuestro perseguidor llamándonos por nuestro nombre.

Un estornudo, una carcajada inesperada, un ataque de hipo nervioso o un movimiento incontrolado terminaban por dejarnos en evidencia ante nuestro adversario, y tras un último intento de escape éramos atrapados. Y esta secuencia se repetía una y otra vez.

En nuestro grupo, yo era de las más fáciles de hallar. Y, esto por dos razones fundamentales: siempre elegía el mismo lugar para esconderme –tenía un favoritismo inexplicable por los cestos de ropa sucia- y mi risa me delataba una y otra vez. Por tanto mi adversario solo tenía que hacer dos cosas: ir al cesto de la ropa sucia –en todas las casas había uno- y/o escuchar con atención por donde caminaba. Sin embargo, tuve el placer de jugar a las escondidas con artistas natos. Se mimetizaban con la naturaleza que les rodeaba. Recuerdo una tarde en la que nunca encontré a un niño –se llamaba Gaspar-. Grité durante 2 horas que saliera de donde estaba pues el juego había terminado. El nunca me creyó pues ésa era una técnica que solíamos emplear para hacer que la persona saliera de su escondrijo y luego atraparle. Esa tarde me fui a casa y nunca logramos saber donde había estado Gaspar.

A la mañana siguiente, la madre de Gaspar llamó a la mía y le informó que su hijo estaba en el hospital. Según le comentó, le había encontrado dentro de la nevera. No se trató de nada grave. Los médicos le diagnosticaron una hipotermia no muy severa y un catarro bastante respetable. Nada que una sopa de pollo y una buena mantita no pudiera solventar.

Nunca supimos a ciencia cierta cómo Gaspar logro vaciar la nevera para introducirse en ella en tan corto tiempo. ¿Dónde guardó los alimentos que había sacado? ¿Cómo pudo soportar durante tanto tiempo? Gaspar era un artista en este juego. Era de estos niños que no temían a nada. El se escondía dentro de lavadoras, chimeneas, y sobre los tejados. Razón tuvo su madre al prohibirle categóricamente que jugara a las escondidas durante los años que le quedaran de vida.

Me gustaría saber de Gaspar, ¿A que se dedicara? ¿Será policía? ¿Creativo? ¿Diseñador de interiores? ¿Analista financiero? Me gustaría saber si sigue escondiéndose…

A los 6 años, el juego de las escondidas era un reto, una aventura, un momento maravilloso en el que con toda la astucia que pudiésemos albergar en nuestro intelecto –muy poca en mi caso- poníamos a prueba la labor investigadora del adversario. No existía el miedo. No existía el mañana. No existía el hambre. No importaba si ganábamos o perdíamos pues, seguiríamos intentándolo.

Hoy, han pasado muchos años desde aquél momento. Y si pudiera volver a jugar a las escondidas volvería a elegir el cesto de la ropa sucia. Y es que, la mayoría de las decisiones que tomamos a los 6 años, siguen vigentes hasta que mueres. En ese momento ya somos nosotros y por tanto, lo que seremos en el transcurso de nuestras vidas. Somos ésa personita de 6 años con ciertos añadidos que vamos recopilando durante años. En mi caso, ambas situaciones siguen en vigor: el favoritismo por esconderme en cestos de ropa sucia, y la risa nerviosa que continúa delatándome ante cualquier intento de engaño.

Yo quisiera jugar a las escondidas otra vez. Pero a éste juego, el original. No al otro que juegan muchos adultos.

En varias ocasiones, acepté, bajo engaño, jugar a este mal llamado “las escondidas”. La dinámica del juego es bastante parecida, pero, sin embargo, la esencia es totalmente distinta. Es una imitación. Y es muy pero que muy peligroso.

-¡Juguemos a las escondidas! Dijo él.

Habían transcurrido más de 15 años desde la última vez que había jugado. Automáticamente regresé a aquellos momentos. La emoción me embargó casi instantáneamente. De forma inmediata comencé a pensar si habría un cesto de ropa sucia en aquella casa. “Tiene que haberlo” me dije.

-¡Sí! ¡Juguemos! Respondí. Ya mi corazón latía aceleradamente.

-Pero… Yo cuento y tú me buscas ¿Te parece? Dijo él.

-¡De acuerdo! ¡Comienzo a contar! Dije con entusiasmo. Me giré hacia la pared. Me cubrí los ojos con el antebrazo y me apoyé lentamente sobre él. Comencé a contar. Conté hasta 50 tal y como lo habíamos acordado.

- 48…49… y 50. El número cincuenta se gritaba, para que la persona supiera que ya comenzaría la búsqueda.

Se trataba de una vivienda de una sola planta. Dos habitaciones, un baño, el salón y la cocina. Sería fácil. Era un espacio reducido y mis años de práctica en este juego me daban cierta pericia en el arte de buscar. Comencé por el cesto de la ropa sucia. Busqué en armarios, debajo de las camas, dentro de la bañera, dentro de la nevera –en honor a Gaspar-, detrás de muebles, etc. Nada. Transcurrieron poco más de 2 horas. Ya comenzaba a desesperarme. ¡Sal de donde estés! ¡Ya no es divertido! ¡No quiero jugar más! Gritaba mientras deshacía el camino recorrido una y otra vez. Nunca recibí respuesta. Aquella tarde me fui de su casa sin saber donde se había escondido.

Cada tarde, decidí ir a casa de mi amigo. Le llamaba insistentemente. Busqué en los sitios más descabellados. Golpeaba con los nudillos en paredes, armarios y en el suelo en búsqueda de pasadizos secretos. “Si suena un vacío es que hay algo…” pensaba.

Pasaron muchos años. El decidió no salir nunca más de su escondrijo. Quizás, al principio, quiso salir, pero con el tiempo, se acostumbró a quedarse ahí, en ese lugar. ¡Sal de ahí! ¡Por favor! ¡Que ya no hay crisis en España! Nada funcionaba. Y nada funcionó. No volví a verle. El decidió no salir de ese lugar. Decidió apagarse y apartarse de todo lo que a su alrededor sucedía. Decidió abandonarnos y sumirse en el silencio de su propio ego.

Otras dos personas me engañaron de la misma manera. Me invitaron a jugar. Advirtieron que yo tenía que contar y que ellos se esconderían. Y nunca, jamás, pude encontrarles.

Ahora, cada vez que alguien me invita a jugar a las escondidas, solicito el sello de garantía. Pues me niego a aceptar la imitación.

Ese lugar en el que se encuentran acabará cediendo. Ese agujero se iluminará. Esa balda se romperá. Está bien esconderse alguna vez. Por algún tiempo. Probar un poco del lado oscuro para aprender a valorar la grandeza de la luz. Pero no permitas que pase mucho tiempo. Acabarás adaptándote y olvidando que aquí fuera, estamos buscándote.

Sé que a ellos les gusta estar informados. Y que donde están tienen conexión de internet. Y que, con casi total seguridad estarán leyendo esto.

Por una cuestión de protección de datos de carácter personal, no diré tu nombre, ni el tuyo, ni tampoco el tuyo. Solo quiero que sepan que aquí fuera, tenemos a todos los cuerpos de seguridad en alerta. Tus fotos tapizan las calles de la ciudad. Esa felicidad que buscabas está aquí y no ahí donde estas. Ahí no estás viendo todos los milagros que suceden cada día. Solo tienes que tomar la decisión. Hazlo. Estaremos aquí fuera esperándote. Siempre.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

XGames 2010




Un deporte extremo es aquel cuya práctica lleva inmersa una inminente peligrosidad. Es un deporte en el que por algún momento arriesgamos nuestras vidas, y que, durante su práctica genera una cantidad de adrenalina que provoca una especie de éxtasis en el ser humano. Este riesgo que arropa el deporte extremo, puede crear adicción, o, en mi caso, miedo. Mucho miedo. Tanto miedo que tras haber intentado practicar varios deportes de esta categoría, terminé entendiendo que nunca podría disfrutarlos. Claro, los llevaba a cabo, ¿Cómo no hacerlo? Una vez que estas arriba tienes que saltar ¿no?

La decisión de saltar o no desde un avión se toma en tierra, no en el avión. En el avión ya no hay vuelta atrás. Y así sucede en todos los deportes extremos. Una vez que estás arriba, saltas. Porque una característica primordial de estas actividades de riesgo es que siempre vas acompañado de tres, seis o más personas que te animan a seguir adelante, y si no lo haces, eres, en términos coloquiales, una gallina. Por tanto, si subes, saltas.

Después de saltar, zambullirme, hacer triples-mortales (que no llegaban a ser medio mortal), se desencadenaban en mí tres sentimientos: en primer lugar, el dolor de alguna parte del cuerpo que por antonomasia se lesionaba. En segundo lugar, y detonado por el dolor, sentía agradecimiento por no haber sucumbido segundos antes. Y, en tercer, y último lugar, sentía cansancio. Finalmente, mientras todos se decían el uno al otro quien era el más valiente, yo bostezaba y continuaba agradeciendo a Dios.

Eso fue el 2010. Un año de deporte extremo. Un año lleno de saltos al vacío, de caídas libres por varios kilómetros, de piruetas mortales, de andanzas en cuerdas flojas y de paseos sin brújulas.

Hasta aquél que no disfruta, en lo absoluto, de los deportes extremos los tuvo que vivir. Tuvo que experimentar el riesgo de pérdida, el extravío del control, el contacto directo con lo desconocido y la cercanía absoluta a un yo errante. Todos, durante este año extremo, nos vimos en situaciones realmente atemorizantes. Situaciones que nunca imaginamos vivir y que sin embargo las pudimos superar. Sin darnos cuenta, y cuando ya nos encontrábamos en el avión, a muchos pies de altura, dimos muchos saltos al vacío. A veces creímos que sabíamos exactamente el lugar donde íbamos a aterrizar, y sin embargo, no fue así. No tuvimos tiempo de pensar, o de analizar los movimientos. Fuimos destinados a un ejército sin entrenamiento. Estuvimos perdidos, vagando entre la maleza hasta ubicar nuestro norte. Pensamos que nunca divisaríamos el horizonte que buscábamos.

De pronto un horizonte borroso se perfila frente a nosotros, y nos destina ha seguir adelante. Y, aunque el cansancio ya hace mella en nuestros músculos, seguimos adelante. Seguimos, porque ahora, con los pies en la tierra, podemos sentirnos campeones. Campeón por haber saltado del avión cada vez que te viste en uno. Campeón por haber enfrentado a tantos demonios. Campeón por haberte hecho amigo de ti mismo. Campeones por haber superado todas las pruebas de preparación para un futuro maravilloso. Campeones por haber esperado hasta el final. Campeones por no haber desistido en la lucha. Campeones por haber soportado uno, dos y tres golpes. Campeones que, para el próximo año recibirán como recompensa un trofeo mágico.

El 2010 ha terminado. Durante 365 días hemos estado en una gran caída libre, pero ya hemos llegado a tierra. Ahora es momento de respirar normalmente, de regularizar las pulsaciones de nuestro corazón, de decirle a nuestros cuerpos que ya todo ha pasado. Ahora es momento de sentir esa relajación que sigue a la descarga de adrenalina y de agradecer a Dios por habernos mantenido con vida. Ahora es momento de brindar por todos los campeones que habitan el planeta tierra.

martes, 28 de diciembre de 2010

Herodes, te salió muy mal





Es indiscutible la capacidad que tienen los hombres de terminar celebrando los hechos que durante algunos años pudieron ser conmemorados con las banderas a media asta y ceremonias en silencio. El recordar año tras año un día específico, en el que sucedieron hechos cargados de tristeza, nos lleva, en algún momento, a su obligatoria conversión en un día cargado de fiestas y alegría. Pasa de ser un recuerdo desolado a uno que nos da la oportunidad de reír.

Y, eso fue, precisamente, lo que hicimos con el día de hoy. Del mismo modo ocurre con muchos recuerdos y acontecimientos. Paulatinamente y por mero sentido de supervivencia nos vemos en la imperiosa necesidad de convertir la hiel en miel. Puede que tengan que transcurrir algunos años, pero siempre, siempre operará esa transformación necesaria.

Hace muchos años –todos los de Cristo-, Herodes, un Señor que siempre me ha caído muy mal, decidió mandar ha asesinar a todos los niños varones menores de dos años nacidos en Belén, para acabar con la vida del recién nacido hijo de Dios y verdadero Rey de Reyes: Jesús. Herodes, mientras se comía una jugosa pata de pavo, recibió la visita de los Reyes Magos. Inocentemente –de allí el nombre de la festividad- los reyes magos tuvieron la genial idea de ir a contarle a Herodes que habían adorado al hijo de Dios hacía unos días en un pesebre. Y lo que sucedió después del chisme ya lo sabemos.

Es de suponer que durante muchos años este día significó rememorar a todas aquellas pequeñas vidas que fueron arrancadas de los brazos de sus madres. Puedo imaginar la tristeza que por mucho tiempo embargó al 28 de diciembre. Y, sin embargo, hoy, dos mil diez años después, este día es de algarabía.

Mas que de algarabía, yo diría que es de Alerta Roja.

El sentido del humor de las personas que me rodearon durante mi infancia y adolescencia era realmente extraño. Es decir, ¿Porqué decirle a una niña de 10 años que su tío a muerto? ¿Porqué decirle que su mejor amigo se ha cambiado de colegio? ¿Por qué decirle que el perro se ha comido a su hámster? ¿Porqué decirle que el presidente del país ha dimitido? ¿Porqué decirle 24 horas después que ha regresado al poder?... Y, mientras fui creciendo la intensidad y morbosidad de las mentiras fue en aumento. Año tras año fui temiendo más la llegada de este día. Y, en definitiva, eso fue lo que provocó que cada 28 de diciembre yo encendiera una luz de alerta ante cada noticia, mensaje, palabra dicha o no dicha, expresión, notita secreta, llamada telefónica, etc. La imaginación de las personas evoluciona, y no importa cuantas bromas te hayan gastado en tu vida porque siempre volverás a caer. Hoy no creo, con todo el respeto de mi Señor, ni el padre nuestro.

Pero la etapa crítica es la comprendida entre los 8 y 20 años. Ese es el momento mas alarmante porque durante esos años no existe el temor, ni se tiene conocimiento de la teoría Causa-Efecto. Nada importa y por tanto, las bromas pueden llegar a causar estragos en tu vida. Atentan contra tu integridad psicológica, tus amistades, tus relaciones de pareja, tu sexualidad. Para hacerlo mas trágico y mortíferamente dañino, quien cae en la broma siempre buscará VENDETTA, y durante todo un año, planificará la manera de hacer pagar a su verdugo. ¡Cuánto agradezco a Dios haber pasado por esa humillante etapa y haber salido ilesa!

Hoy leí las noticias del periódico matutino, y sin embargo no las creí, porque, seguramente, eran mentiras. La luz no subió en España, por tanto seguirá costando lo mismo en el 2011, y tampoco hará mas frío. Las temperaturas subirán y un sol radiante nos arropará durante lo que queda de año.

No puedo dejar de pensar en un amigo, y compañero, que cumple años hoy. Imagino a su padre llamando a los familiares:

-¡Que estamos en el hospital! ¡Ha nacido el Bebé!

Y todos respondiendo: “Si, Si, ya…”

-¡Que sí! ¡Que ya nació!

-Si… si… claro…

Al pobre bebe nadie lo visitó hasta el día siguiente.


Una vez más, el bien triunfa sobre el mal. Herodes no logró asesinar a nuestro Señor Jesucristo. Y hoy, en vez de llorar – que seguramente era lo que buscaba – reímos a mandíbula batiente de la inocencia propia y ajena. –Más de la ajena que de la propia-. Te salió mal Herodes. Te salió muy mal.

domingo, 26 de diciembre de 2010

La apertura de regalos


Quizás la imaginación de cuatro niñas de entre 5 y 7 años, sea realmente poderosa, pero de lo que sí estoy segura, y nadie, nunca, podrá hacerme dudar, es de que nosotras vimos a Santa. La noche del 24 de diciembre del año 1987 –si mi memoria no me falla-mientras nosotras jugábamos en la terraza de la casa de la abuela a detectar la presencia de un fantasma, los adultos debatían en la cocina, sobre el incremento del precio del barril de petróleo. En aquella casa, según se rumoreaba, habitaba el espíritu de un hombre con sombrero que aparecía por las noches. Así pues, y en aras de lograr detectar alguna señal de aquel alma en pena, nos sentamos mirando hacia el cielo. Inmóviles y en completo silencio. Y fue allí, mientras jugábamos a cazar a un fantasma, cuando vimos el trineo de Santa. Y no, no era una estrella fugaz ¡por Dios! En aquél momento ya sabíamos la diferencia entre un trineo, una estrella, un avión y Super Man.

En medio de nuestra estupefacción pudimos entender lo que había sucedido, y rápidamente nos dirigimos al árbol de navidad. Al llegar al sitio, nos embargó una alegría que no se puede explicar con palabras. Allí, junto al árbol, y las miradas expectantes de nuestros padres, tíos, y abuelos, se encontraban nuestros regalos.

Una niña puede que se haya equivocado, pero cuatro niñas no. Nosotras vimos el trineo de Santa.

¿Existe algo más hermoso que ese momento en el que los niños encuentran los regalos bajo el árbol? Es magia pura. No importa lo que este pasando en tu vida. Puede que te hayan despedido de tu trabajo, y que en tu cuenta bancaria esté en números rojos, o puede que estés lejos de los tuyos o que se te haya quemado el pavo en el horno. Pero si estás ahí, en ese momento, en el que un niño encuentra su regalo, y mira a su papa y a su mama enseñándole su tesoro, mientras sonríe y le brillan los ojos, todo se esfuma. No hay tristeza o melancolía que la apertura de regalo de un niño no pueda curar.

Si yo pudiera elegir una profesión en este preciso instante, sería la de “observadora internacional de apertura de regalos”. Me dedicaría a ir de casa en casa justo en el momento en el que los niños encuentran los regalos. Y luego les acompañaría al parque a estrenar la bicicleta y los patines, y les haría un video mientras intentan mantenerse en una pieza. Pero también captaría las caras de los padres. Esos padres que sin importar lo que sucede en sus vidas, disfrutan con sus hijos mientras se caen con los patines nuevos. Grabaría sus carcajadas para luego copiarlas en un CD. Luego, enviaría por correo las imágenes de aquel día. Así nunca olvidarían lo hermoso de aquel momento. Así nunca olvidarían que ese niño, es y siempre será la fuente de sus alegrías e ilusiones.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Cumpleaños Jesús


¡Todo el mundo está de fiesta! Mañana, se celebra el cumpleaños mas celebrado de todos los tiempos. Mañana, cumple años Jesús, y todo debe estar preparado. Todo debe quedar perfecto.

¡Cuánto me hubiese gustado vivir durante aquellos años! Me hubiese encantado conocerle en carne y hueso. Seguramente no hubiera tenido palabras para dirigirme a él. Sé que solo hubiese llorado. Pero después de un rato, o quizás en una segunda o tercera oportunidad, yo hubiera intentado hablar; Me hubiese dicho a mí misma: “¡Por favor! ¡Compórtate! ¡Es tu oportunidad! ¡No la desperdicies!... Él me hubiese secado mis lágrimas. Y con tan solo mirarme a los ojos, Él me hubiera limpiado el corazón.

Si Dios decidiera enviar nuevamente a su hijo ¿Qué pasaría en el mundo?

Si de pronto nos enterásemos que el hijo de Dios ha nacido, y que fue registrado bajo el nombre de Jesús Segundo, ¿Qué haríamos? ¿Quién le creería? ¿Quién intentaría matarle esta vez? ¿Quiénes le defenderían? Yo confío plenamente en mi mundo, y sé que, esta vez, sería diferente. Esta vez, le protegeríamos, y le enseñaríamos todo lo que hemos logrado con sus enseñanzas desde la última vez que vino a la tierra. ¡Sería maravilloso! Yo, particularmente, haría hasta lo imposible por convertirme en su niñera oficial. No pediría nada más. Le arrullaría, la daría el biberón, le cambiaría los pañales, dedicaría toda mi vida solo a cuidarle y a mirarle. Y, si sus padres decidieran que los mejores pañales son los de tela, yo seguiría cambiándole los pañales, y lavaría con ternura, el popó del hijo de Dios.

Me dedicaría a observarle. Esperaría a que diera su primer paso, a que dijera su primera palabra, y a que hiciera su primer milagro. También llevaría a mi madre a conocer al bebé. Ella es su fan. Seguramente, ella crearía el primer Club Oficial de Fans de Jesús Segundo.

Aprovecharía sus primeros años, porque sé que luego, el tomaría su camino. El tendría mucho por hacer fuera de casa. Pero yo le acompañaría mientras estuviera viva. Le compraría un blackberry para mantenerme siempre en contacto con él. Organizaría reuniones y llevaría su agenda. Seguramente iniciaríamos una empresa de coaching en la que él sería el protagonista. Le llevaría a comer jamón ibérico en Madrid, cachapas con queso de mano en Venezuela, pulpo en Galicia, pizza en Roma y perritos calientes en Manhattan. Además, pediría audiencia con algunos presidentes para que Él hablara con ellos, le diría “Por favor, Jesús, hazme este favor, habla con él, hazlo entrar en razón”.

Sé que Él iría a África, y pondría en sus tierras dos o tres ríos caudalosos. Irrigaría esas tierras para que las cosechas fueran prósperas. Multiplicaría 5 vacas en 10.000 millones de vacas para erradicar el hambre, y dividiría los 900 millones de armas entre su mismo número.

En América la pasaría genial. Bailaría salsa, merengue, cumbia, vallenato, reggeton, jazz, samba, rock y bachata. Allí sería donde daría sus mejores conferencias como coach. En América no pondría ríos porque ya tienen. En América, establecería un poco el orden, y también desaparecería varios millones de armas. Los Latin Kings, La Mara, Los Skin Heads, terminarían uniéndose a Él.

En Europa aprendería a hablar italiano, y multiplicaría un poco el producto interno bruto de algunos países para que dejaran de sufrir esa crisis. Pasearía por París, por la Europa del este, por los países bajos y por las islas canarias. De las Islas Canarias se llevaría varios botes de mojo picón. Luego, cuando hubiere perfeccionado su italiano, Él se hubiese acercado al Vaticano y allí, hubiesen tenido una muy, pero que muy larga conversación en secreto.

En Australia hubiese reparado un poco la Gran Barrera de Coral y hubiese buceado hasta agotar todas las botellas de oxígeno. También se hubiese maravillado con los canguros. Por ello, no hubiera comprado los testículos de canguro que venden como souvenir.

En Asia hubiese ampliado el territorio para que las personas se movieran con más comodidad. Además, hubiese creado un sistema de entradas y salidas de los metros con el cual las personas no saliera heridas cada vez que usaran ese medio de transporte. Allí no hubiera comido cucarachas ni ratas. Se hubiese decantado por los simples tallarines salteados con infinidad de ingredientes.

Si, yo creo que le gustaría este mundo… Yo creo que a nosotros nos gustaría tenerle aquí de nuevo.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Ley del Calcetín



De acuerdo al calendario gregoriano, hoy quedan 9 días para que se termine el año, lo que significa que dentro de unas 190 horas, tomaré un avión para reunirme con mi familia. Y,esto me ha hecho recordar, que debido a la macabra idea de un señor, ahora puedo andar en calcetines por cualquier aeropuerto del mundo.

En el año 2001, y con intenciones maléficas, un señor llamado Richard Reid –no el de Pretty Woman; otro Richard-, decidió darse unas vacaciones en Miami, llevando con él unos zapatos especiales. Richard, hijo de una señora inglesa y un señor jamaiquino, compró un billete para volar –en su sentido más explosivo- desde la ciudad de Paris hasta Miami. El 21 de diciembre de 2001, las autoridades aeroportuarias dilataron su abordaje, pues, les pareció extraño que para tan largo viaje, no hubiese facturado equipaje. Ese día, Richard no subió al avión. Sin embargo, al día siguiente, abordó el vuelo 63 de American Airlines.

Gracias al buen olfato de algunos pasajeros que ocupaban aquél avión, se descubrió que algo se estaba quemando. Al seguir el aroma, los pasajeros y tripulantes descubrieron a Richard, con un zapato en una mano, y una cerrilla encendida en la otra. Los zapatos no se queman, no en un vuelo aéreo, y menos aún en uno de American Airlines.

En estas situaciones, los seres humanos actúan con una coordinación realmente maravillosa. Inmediatamente, un pasajero cogió su botellita de agua y arrojó el contenido sobre el zapato de Richard. Otros dos lo inmovilizaron. Haciendo uso de los cinturones de seguridad le ataron de manos y pies. Una vez hecho esto, uno de los líderes de la operación hizo la pregunta de rigor: ¿Hay algún médico entre los pasajeros? Siempre hay un médico entre los pasajeros –gracias a Dios-. El médico, que iba de vacaciones a Miami, y había planificado no ejercer la medicina durante las siguientes dos semanas, levantó la mano y se acercó. Tras buscar en todos los mini-estuches de medicamentos que llevaban todas las mujeres del vuelo, se encontró con un tranquilizante. Finalmente, el galeno aplicó el tranquilizante a Richard, actualmente conocido como el “Shoe Bomber”.

El plan de Richard se vio burlado por la intervención heroica de los pasajeros del vuelo 63 de American Airlines. Personas que no se conocían entre ellas, pero que sin mirar atrás pusieron manos a la obra para detener al enemigo y salvar sus vidas y las de sus compañeros. Este tipo de intervenciones improvisadas de ciudadanos por una misma causa, nunca dejarán de maravillarme.

En el metro de Madrid, por ejemplo, lo he vivido en varias ocasiones. Todas han sido ocasionadas por la mala praxis de un carterista. Si algún pasajero ve a un carterista intentando hacerse con las pertenencias de alguien, da la alarma al resto de los ocupantes del vagón. Inmediatamente se coordinaran, le persiguen, y le esposan. Nunca sabré porque aquél señor llevaba esposas en su maletín, pero lo que nos importa es que en aquel momento, les dio el uso para el cual fueron creadas. Cuando llegó la Policía, ya se había reducido al ladrón, se le había esposado, y mientras yacía en suelo, con las manos en la espalda, se le habían leído sus Derechos.

Cuando veo actuaciones como estas, no puedo evitar emocionarme. En mi mente digo “¡Esa es mi gente!” “¡Esto es lo que somos!”

El hecho de que existan algunos Richards o Shoe Bombers en el mundo, no puede, de ninguna manera, contradecir la irrefutable bondad que en esencia nos caracteriza. La presencia de un Richard entre 200 pasajeros heróicos, no es prueba suficiente para dudar de nuestra propia naturaleza.

Lo que nunca pensó Richard, fue que, no solo no llevaría a cabo su retorcido plan, sino que, después de ese día, millones de personas podríamos andar libremente por todos los aeropuertos del mundo en calcetines. Nunca imaginó que justo después de aquél fallido plan, se promulgaría la Ley del Calcetín.

martes, 21 de diciembre de 2010

La noche de los millonarios





Puede que algunos hayan olvidado como soñar, o que se hayan visto coaccionados para dejar de hacerlo. Puede que incluso, al pasar de los años, hayan creído que no funcionaba, o que la desilusión de no ver ese sueño hecho realidad era peor que intentarlo. Pero hoy, 21 de diciembre, es un día en el que toda España sueña. Hoy, todos hacemos cálculos, invertimos, compramos casas, las alquilamos, vivimos de la renta, mientras se revalorizan las acciones que hemos adquirido, viajamos alrededor de todo el mundo, pagamos la hipoteca, montamos una empresa, le damos empleo a todos nuestros amigos, obligamos a nuestros padres a jubilarse, los enviamos en un crucero por dos meses con spa incluido, y nos compramos una cámara de las que usan los de National Geographic para inmortalizar todos estos momentos, pero sobre todo captar, y luego enmarcar, la fotografía en closeup de la cara de nuestros jefes.

Desde hace muchísimos años, los españoles sueñan esta noche.

Corría el año de 1812, cuando, mientras Napoleón vencía a los rusos, un terremoto destruía la ciudad de Caracas, se promulgaba la Constitución española, se creaba la bandera argentina y Estados Unidos declaraba la guerra a Reino Unido, en la ciudad de Cádiz, se celebró el primer sorteo de la Lotería de Navidad. El 18 de diciembre de 1812, resultó ganador el número 03604, con un premio de 8.000 pesos fuertes. (Peso fuerte o real de a ocho: moneda real, de plata, con valor de 8 reales). El ganador de aquel primer sorteo, seguramente aumentó la dote de su hija, compro dos caballos de raza y crines largas, pagó al recaudador de impuestos, encargó a un pintor hacer un cuadro familiar, adquirió 200 ovejas para iniciarse en el negocio de la lana, compró un burrito feo, y finalmente se pasó por las tierras en las que trabajaba por dos duros, montando su caballo nuevo de crines largas, las compró, montó a su jefe en el burrito feo, y lo mandó ha pastorear a las 200 ovejas.

El valor actual de esos 8.000 pesos lo desconozco, pero lo que si sé es que hoy, más de treinta millones de españoles están soñando al unísono. Las familias se sientan en las mesas a cenar mientras planifican el viaje y la compra de la casa nueva. Los jóvenes buscan en Internet el viaje al continente asiático. Los desempleados preparan el proyecto de la nueva empresa. Y de pronto, la ilusión vuelve… Si pudiera perpetuarse este momento… Si durante un mes o quizás tres, todos soñáramos como lo hacemos el día antes al sorteo de navidad, no volveríamos ha comprar lotería, porque ya seríamos, de hecho, millonarios. Y, quizás, mañana lo seamos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Hey Yu



Cuando te sientas como un bicho raro, piensa en los Beatles.

Actualmente, ellos son un ícono del rock and roll, pero llegar hasta donde lo hicieron no fue fácil. Nunca lo es. En cualquier biografía, de cualquier persona exitosa, podemos encontrar los mismos tropiezos, errores, intentos fallidos, engaños, desilusiones, y demás. Además, tienen en común el ingrediente secreto: todos han hecho lo que realmente les apasiona. Solo de esa manera, el sueño no les vence, las ganas no se agotan, la ilusión se mantiene intacta y la fuerza se renueva tras cada derrota.

Estos cuatro chicos, vestidos como tontos, con cortes de pelo de tonto, y haciendo bailecitos extraños, lograron acaparar al público inglés. Luego lo hicieron en Alemania, logrando enloquecer –literalmente- a todo aquél que les escuchaba. Y así, como un tsunami, fueron conquistando, con sus caras de tontos, todo el continente europeo.

De pronto, decidieron que era el momento de ir a Estados Unidos. Cuando las discográficas estadounidenses les escucharon no les pareció tan mal. Pero, cuando les vieron… Las discográficas creyeron que era una broma. Pensaron que iban disfrazados. Y durante mucho tiempo, les negaron la posibilidad de entrar al mercado norteamericano. Se burlaron de sus pelos, de sus ropas, de sus bailes, y de todo lo que hacían en escena. Posteriormente, un alma caritativa, sintió pena por aquellos cuatro bichos raros, y decidió hacer la obra de caridad del día, dándoles una oportunidad.

Lo que sucedió después, lo sabemos por nuestros padres. ¡Como bailaron sus canciones! En aquella época se bailaba el rock con estilo –a diferencia de ellos, mi generación no baila el rock, lo salta y sacude la cabeza haciendo cuernitos con los dedos de la mano-. Las cantaban sin saber inglés: “hey yu, don maiquibad…” “leribí, leribí, leribí” “yesterdei…ol mai trobles simsofaruguey”.

Lo mejor de todo era que se las dedicaban entre novios sin saber lo que significaba la letra. -¿Cuántas veces no hemos escuchado la frase de un papa diciendo con cara de Don Juan: “con esa canción enamoré a tu mama?”. Pero no importaba, lo que transmitía en realidad era la música, y no la letra.

A ellos les llamaron locos
A ellos les llamaron raros
A ellos les llamaron tontos con pelo de tonto
A ellos les llamaron tontos que visten como tontos… Y sin embargo, los que quedaron como tontos fueron quienes pronunciaron estas palabras.

De acuerdo a las estadísticas, la media de vida del ser humano en Europa es de 81 años. Las mujeres, vivimos diez años más que los hombres pues nos negamos a abandonar a nuestros hijos en la tierra –sin importar cuantos años tenga el hijo-, lo que arroja la cantidad de 91 años.

Si lo que nos apasiona es hacer empanadas de atún, hagamos empanadas de atún
Si lo que nos apasiona es limpiar cristales, limpiemos cristales
Te asegurará por una parte el éxito, y por la otra 91 años de felicidad.

Cuarenta años después de la disolución de la banda, nació este niño, y ahora canta para ustedes: Hey Jude (o en versión papá-mamá: Hey Yu )

domingo, 19 de diciembre de 2010

Este producto puede contener trazas de risa



El psiquiatra, al revisar la agenda del día, sabía a que hora llegaría su paciente. Así pues, se preparaba cada vez, para ejecutar el plan oculto. Debajo del sillón de “confesiones” donde la paciente relataba las más intrincadas situaciones que la habían llevado a dos intentos de suicidio, el psiquiatra colocaba, sesión tras sesión, un pequeño envase con cloro. Durante cuarenta sesiones de dos horas cada una, la paciente sin saberlo, tuvo a menos de treinta centímetros de distancia, a uno de sus peores enemigos. Los gases que emanaba el líquido contenido por el envase oculto, invadían sutilmente el aire que se respiraba en aquel consultorio psiquiátrico. Unos meses mas tarde, al finalizar la terapia, la paciente ya no era alérgica al cloro.

Los motivos que llevaron a la paciente a buscar su propia muerte en varias ocasiones, no guardaban relación alguna con el cloro o alguno de sus derivados. Sin embargo, el hecho de ver como su cuerpo ya no reaccionaba ante el olor del cloro, o el contacto físico de éste con su piel, le llevó a pensar que nada era inamovible, que todo podía cambiar, que así como sin siquiera saberlo, se había desensibilizado al cloro, podría suceder con cualquier otro agente externo o situación.

Esa tarde, acompañaba a una amiga de una amiga a su sesión, y el psiquiatra le contó esta historia, que posteriormente ella trasladó a su amiga, y ésta última a mí.

Al leer la información que recibimos en WikiDígalo, de una fuente fidedigna, sobre el porqué la frase “Este producto puede contener trazas de nueces, almendras, maní y/o trigo” aparecía en todos los envoltorios de chocolates y otras golosinas, no pude evitar recordar, aquella historia que me contó la amiga de una amiga.

La frase aparece porque las máquinas que fabrican el chocolate puro, o solo de leche, son también las que fabrican el chocolate con avellanas, con nueces, con maní, con frutas secas, entre otros. Por tanto, y en aras de evitar una demanda que les lleve a un concurso de acreedores, las empresas advierten esta posible existencia para quienes puedan ser alérgicos a algunos de estos ingredientes.


El método empleado por aquel psiquiatra, es conocido, si no me equivoco, como desensibilización sistemática. Que en todo caso, podrá confirmar mi hermana, que es psicóloga. Hasta entonces, continuaré llamándole Desensibilización Sistemática.

Este método, consiste, ni más ni menos, que en la aproximación sucesiva de la persona, a esa cosa, situación, objeto o conducta que le hace perder el control. Por ejemplo, si padeciera aracnofobia, ese psiquiatra me recibiría en su consultorio un par de veces; posteriormente colgaría en su pared la fotografía de una araña peluda; luego pondría como hilo musical el sonido de la selva amazónica; después pondría un terrario sobre su mesa; de pronto introduciría una araña dentro del terrario; y seguramente, después de cierto tiempo, yo jugaría con la araña peluda con mis manos como si de un conejillo se tratara.

Dudo realmente que, independientemente de cuan efectivo sea el trabajo de este psiquiatra, yo juegue a mano pelada con una araña, pero lo cierto es que, en cuanto a muchas otras situaciones, este método es maravilloso. Es decir, ese agente externo que nos puede producir taquicardias, pérdidas de la visión, estornudos, dificultad para respirar, enrojecimiento de la piel, inflamación de glotis, histeria, tos, desmayos, o todas las anteriores, puede ser presentado a nuestro cuerpo con cautela, con respeto:

-Cuerpo, te voy a presentar a Cucaracha
-Hola Cucaracha, un placer
-Hola Cuerpo, el placer es mío.


En pequeñas dosis, el cuerpo no nota la presencia de ese agente, y tras muchas de esas pequeñas dosis, termina aceptando con total normalidad a la cucaracha, al trigo, a la araña, a las nueces, a la gamba, a la nueva casa, a la pérdida de la pareja, a la pérdida del control, a lo desconocido, al reto, a la sonrisa, a la ilusión…

No hay cuerpo que se pueda resistir a este método. Pero hay que ser respetuosos con nuestros cuerpos. Muy comedidos. Amorosos. Con mucho cariño, como si se tratara de un bebé recién nacido. El cuerpo no puede enterarse de lo que estamos tramando.

Si nunca has consumido miel, no puedes desarrollar alergia a la miel. Si nunca has reído, no puedes desarrollar alergia a la risa. Es más probable que una persona nunca haya probado la miel a que nunca haya reído. Por tanto, es más factible que quien haya reído en algún momento, se haga alérgico a la risa.

-Cuerpo, esta es Risa
-Hola Cuerpo, un placer
-Hola Risa, el placer es mío


Para finalizar, y en aras de evitar posibles demandas, advertimos que “Este producto puede contener trazas de risa”

sábado, 18 de diciembre de 2010

WikiDígalo



Todo el revuelo mediático de la “filtración más grande de toda la historia”, me llevó a pensar que entre todos esos cables y comunicaciones encontraría información útil, o por lo menos novedosa. Creí que lograría responder preguntas tan importantes como: ¿De que esta hecha la carne de las hamburguesas del Mc Donalds? ¿Dónde guardan los cuerpos de los extraterrestres que han venido de visita a la tierra? ¿Cuántos años viven las tortugas marinas? ¿Es cierto que en la comida china se pueden encontrar trazas de carne de perro o de gato? , lo que nos lleva a otra ¿Por qué en los envoltorios de todos los chocolates, galletas, bollos, etc., aparece la inscripción “Este producto puede contener trazas de avellanas, nueces, y/o almendras”? ¿Alguna de las personas que asevera haber visto los criaderos de gatos y perros en el jardín trasero de la casa de un chino ha aportado fotografías o prueba suficiente sobre este hecho? ¿Es cierto que si comemos muy condimentado nuestro sudor huele a las especias que consumimos? ¿Había bombas o no en Irak? ¿Es cierto que el Día de la Madre fue inventado por los propietarios de El Corte Inglés? ¿Qué fue de El Chupacabras? ¿En que piensa un ateo cuando está a punto de caer por un precipicio? (…)


¡Que decepción! ¡Que gran decepción!

Esa es la frase que se repitió en mi mente tras leer, uno a uno, todos los cables –clasificados como ultra-secretos- enviados por el Departamento de Estado Norteamericano a sus distintas embajadas repartidas por todo el mundo.

Sin embargo, he de manifestar que, independientemente de lo irrelevante que me hayan podido parecer los comunicados objeto de debate internacional, me gusta Wikileaks y su fundador Julian Assange. Quizás sea por aquello de que produce cierto placer observar como el poderoso de hecho o solo de palabra recibe una ligera lección de humildad. Es evidente, que el revuelo de la filtración, está más ligada a su orígen que a su contenido.

El optimismo de Zapatero, ante la situación económica de España es desacertado”, “Estamos perplejos con la política de Zapatero para Venezuela”,-mi sobrino llegó a estas conclusiones cuando contaba con 9 años de edad-, “Morantinos teme quedar atrapado en el abrazo de oso Castro-Chávez” –de solo imaginarlo se me corta la respiración- “El presidente Hugo Chávez es un payaso”-el cielo es azul-, “Recomendamos no vender armas al gobierno Venezolano” –no creo que tengan espacio para guardar mas-, “las fiestas salvajes de Berlusconi pasarán factura a su salud” –creo que le envidian; yo le veo muy bien-, “La cantidad de disidentes del régimen cubano va en aumento” –nuevamente, el cielo es azul- “La presidenta de Argentina, Cristina Fernández le cuenta todo a su marido” –vamos a ver, política a parte, ¿no es lo normal en un matrimonio?-.

Y así fue como la decepción, y el hambre de información útil y novedosa, sobre innumerables materias que realmente albergan importancia para los ciudadanos de a pié, me llevó a pensar en que quería jugar un juego. Decidí llamar a Clara, para que, desde ese momento se convirtiera en mi socia.

-¡Juguemos a que somos como Julian Assange! No a ofender sexualmente a menores de edad, claro está, sino formando nuestra propia base de datos, con información privilegiada y que ¡por el amor de cristo! sea novedosa. ¡Hay tantas preguntas sin responder! Le dije.

Dicho esto, y aceptado el cargo por parte de Clara, nació WikiDígalo.

WikiDígalo Inc.

Si Usted posee información relevante a cerca de alguna de las interrogantes anteriormente citadas, o sobre cualquier otra que estime necesario compartir, contacte con nosotros y Wikidíganoslo. Nosotros no le wikidiremos a nadie que ha sido Usted. La confidencialidad es nuestro mejor sello de calidad.
¡Confíe en nosotros! Y venga a formar parte de esta organización que logrará desvelar grandes misterios.

WikiDígalo, en colaboración con HomoHappiness, les invita a que Usted WikiDiga todo. No se calle. No oculte nada.
Contacte con nosotros a través del formulario de comentarios de este blog.



Un ateo, cuando está a punto de caer por un precipicio, piensa en Dios.

viernes, 17 de diciembre de 2010

Así se amaba en 1800 y pico






Tal día como hoy, en el año de 1830, en la quinta “San Pedro Alejandrino”, cerca de Santa Marta (Colombia) murió, luego de haber dado libertad a millones de sudamericanos, Simón Bolívar. Su corazón quedó en Colombia, y sus restos, fueron trasladados a Caracas, donde hasta ahora se conservan. Últimamente, se les ha sacado de su sitio, para buscar no sé que hecho oculto por la historia o quizás solo haya sido para desviar las miradas de los observadores a otro lugar. Como en un show de magia. Si, seguramente se haya tratado de un show.

Pero no nos desviemos.

La vida de Simón Bolívar, cuyo nombre completo, nunca atiné a memorizar (Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco) es, sin lugar a dudas, la vida mas estudiada por cualquier venezolano – y boliviano, colombiano, ecuatoriano, panameño, peruano…-. En el colegio, desde el primer grado hasta el último, la asignatura Historia de Venezuela se divide en dos partes: Todo lo que sucedió durante la vida de Simón Bolívar, y Todo lo que sucedió después de Simón Bolívar. Y cada episodio se vuelve a repasar durante cada año escolar, asegurandose los maestros, de que hayas aprendido todo como debe ser. Aún así, yo, particularmente, nunca aprendí el nombre completo de Simón.

Pero lo que sí recuerdo, y muy bien, es la historia de amor que surgió entre Simón Bolívar y Manuela Sáenz. También aprendí algunos de sus pensamientos. Pero, el romanticismo que todos llevamos dentro, aunado a la cantidad de telenovelas que un venezolano puede llegar a seguir desde que nace hasta que muere, tiene un efecto mágico. Y, si hay una historia de amor de por medio, le inventamos un principio, un desarrollo y, por supuesto un final feliz; acompañado, claro está, de un par de tragedias que separan por algún tiempo a los amantes.

Manuela Sáenz, mujer de temple, nacida en Ecuador, fue dada en matrimonio por sus padres, a un señor inglés, llamado James Thorner. Como era costumbre en aquella época, ambas familias pactaron la boda, y la opinión de Manuela o de James, se la comieron con patatas.

En 1822, Simón Bolívar entra triunfante a Quito –Ecuador-, y en medio de un baile de bienvenida al Libertador, conoce a Manuela. Desde aquél momento, y hasta la muerte de Simón, fueron amantes. Y James, bueno, él no forma parte de esta novela.

Lo mas hermoso de esta historia, son, sin duda alguna, las cartas de amor que estos amantes se intercambiaron durante esos ocho años, mientras Simón viajaba de un lugar a otro librando guerras y batallas.


Ortuzco, Abril de 1824

A la Sra. Manuela Sáenz

Mi amor, estoy muy triste a pesar de hallarme entre lo que mas me agrada, entre los soldados y la guerra, porque sólo tu memoria ocupa mi alma, pues solo tú eres digna de ocupar mi atención particular.
Me dices que no te gustan mis cartas porque escribo con letras grandotas. Ahora verás que chiquitito te escribo para complacerte. No ves cuantas locuras me haces cometer por darte gusto. (…)

Siempre tuyo, Simón




Ica, Abril de 1825
A la Sra. Manuela Sáenz

Mi bella y buena Manuela,
Cada momento estoy pensando en ti y en el destino que te ha tocado. Yo veo que nada en el mundo puede unirnos bajo los auspicios de la inocencia y del amor.
Lo veo bien, y gimo de tan horrible situación por ti; porque te debes reconciliar con quien no amabas; y yo porque debo separarme de quien idolatro.
Si, te idolatro hoy más que nunca jamás. Al arrancarme de tu amor y de tu posesión se me ha multiplicado el sentimiento de todos los encantos de tu alma y de tu corazón divino, de ese corazón sin modelo. (…)
En lo futuro tú estarás sola aunque al lado de tu marido (James Thorner)
Yo estaré solo en medio del mundo.
Solo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo
El deber nos dice que ya no somos más culpables. No, no lo seremos más.

Siempre tuyo, Simón


A Simón Bolívar

Estoy muy boba y enferma. Cuan cierto es que las grandes ausencias matan el amor y aumentan las grandes pasiones. Usted me tendría muy poco amor, la gran separación lo acabó; pero yo por Usted tuve pasión, y quiero que sepa que la he conservado para poder conservar mi reposo y mi dicha, ella existe y existirá mientras viva. (…)

Siempre tuya, Manuela


Abril de 1825
Al Señor James Thorner

No, no y no; Por el amor de Dios, ¡basta! ¿Por qué te empeñas en que cambie de resolución? ¡Mil veces no! Señor mío, eres excelente, inimitable. Pero, mi amigo, no es grano de anís que te haya dejado por el General Bolívar; dejar a un marido sin sus méritos no sería nada. ¿Crees por un momento que después de haber sido amada por este hombre durante años, de tener la seguridad de que poseo su corazón, voy a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo, o de los tres juntos? Sé muy bien que no puedo unirme a él por las leyes del honor, como tú las llamas, pero ¿crees que me siento menos honrada porque sea mi amante y no mi marido? Déjame en paz, mi querido inglés. Amas sin placer, conversas sin gracia, caminas sin prisa, te sientas con cautela y no te ríes ni de tus propias bromas. Son atributos divinos, pero yo, miserable mortal, que puedo reírme de mí misma, me río de ti también, con toda esa seriedad inglesa. ¡Como padeceré en el cielo! Tanto como si me fuera a vivir a Inglaterra o a Constantinopla. Eres más celoso que un portugués. Por eso no te quiero. ¿Tengo mal gusto? Pero, basta de bromas. En serio, sin ligereza, con toda la escrupulosidad, la verdad y la pureza inglesa, nunca más volveré a tu lado…

Siempre tuya, Manuela


Plata, 26 de noviembre de 1825
A Manuela Sáenz

Mi amor,
¿Sabes que me ha dado mucho gusto tu hermosa carta?
El estilo de ella tiene mérito capaz de hacerte adorar por tu espíritu admirable. Lo que me dices de tu marido es doloroso y gracioso a la vez.
Deseo verte libre pero inocente juntamente, porque no puedo soportar la idea de ser el robador de un corazón que fue virtuoso, y no lo es por culpa mía. No sé que hacer para conciliar mi dicha y la tuya, con tu deber y el mío; no sé cortar ese nudo que Alexandro con su espada no haría mas que intrincar más y más; pues no se trata de espada ni de fuerza, sino de amor puro y de amor culpable; de deber y de falta; de mi amor, en fin, con Manuela La Bella. (…)

Siempre tuyo, Simón



En 1828, Manuela Sáenz, se interpone entre unos rebeldes que intentaban asesinar a Simón Bolívar, y le salva. Desde aquél entonces, él mismo le llamó: La libertadora del Libertador.

Dos años mas tarde, ante la muerte de su amado, Manuelita dijo: “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”